En el relato ¿Cómo crece tu jardín?, Agatha Christie
describe un lugar impecable. Las plantas crecen rectas, los tiempos cuadran, el
paisaje transmite una sensación casi pedagógica de orden. Demasiado orden.
Poirot no sospecha por lo que ve, sino por lo que no debería ser posible. Un
jardín tan perfecto tiene algo de impostura. Alguien fuerza lo que se ve.
La política, como los jardines, también puede manipularse. No
hace falta mentir de forma burda: basta con podar las preguntas incómodas, abonar
el relato conveniente y ridiculizar a quien se atreve a señalar lo que no
encaja. Eso fue lo que ocurrió cuando Alfonso Serrano, portavoz del PP
madrileño, respondió con un “¿y tú cómo ligas?” a una pregunta sobre la
gestión de una denuncia por acoso contra el alcalde de Móstoles. No fue una
broma desafortunada. Fue una señal.
Utilizar esa pregunta como respuesta no es ni ingenioso ni
espontáneo. Es una técnica. La contrapregunta como cortina de humo, como
mecanismo para desplazar el foco y convertir al mensajero en sospechoso. En
lugar de explicar cómo actúa un partido ante una denuncia grave, se cuestiona
la legitimidad del periodista. El problema deja de ser el acoso y pasa a ser el
tono de quien pregunta. El jardín vuelve a parecer ordenado.
Este recurso no es nuevo ni aislado. Miguel Tellado lo ha
convertido en estilo: “¿Quién le escribe las preguntas, sra. Intxaurrondo?”
como forma de desacreditar a la prensa cuando las cuestiones apuntan a la
corrupción o a la falta de explicaciones. Isabel Díaz Ayuso ha perfeccionado la
pregunta retórica como arma de distracción masiva: ante un problema concreto de
su gestión, la respuesta suele ser otra pregunta dirigida al Gobierno central. ¿Y
Sánchez? ¿Y el PSOE? ¿Y los demás?
La constante es clara: cuando el hecho es incómodo, no se
responde; se contraataca.
Pero en el caso de Móstoles hay un elemento adicional que
agrava el problema: el machismo. Porque trivializar una denuncia de acoso no es
solo una maniobra política, es un mensaje cultural. Convertir la cuestión en un
chascarrillo —“¿y tú cómo ligas?”— implica reducir una acusación grave a
una broma de barra de bar, y trasladar la idea de que el problema no es el
comportamiento denunciado, sino la susceptibilidad de quien lo señala.
Ese gesto, aparentemente ligero, tiene consecuencias
profundas. Refuerza la idea de que denunciar tiene un coste: el descrédito, la
burla, la sospecha. Y envía un aviso claro a otras posibles denunciantes: mejor
callar que exponerse al escarnio público. No es una cuestión ideológica; es una
cuestión de poder.
Todos los partidos, en todos los niveles y territorios,
pueden enfrentarse a casos de acoso. Ninguna organización está blindada contra
comportamientos abusivos individuales. La diferencia no está en que surjan
denuncias, sino en cómo se reacciona cuando surgen. Ahí es donde se mide la
cultura democrática de una organización.
Y ahí es donde el PP muestra una doble vara de medir difícil
de disimular.
Cuando los casos afectan a adversarios políticos, el discurso
es contundente: exigencia de dimisiones inmediatas, condenas morales sin
matices, apelaciones constantes al feminismo y a la ejemplaridad. Cuando el
foco se acerca a casa, el tono cambia: se habla de “disputas laborales”, se
pone en duda la intención de la denunciante, se ironiza, se desvía la
conversación. El jardín vuelve a arreglarse a toda prisa.
En ¿Cómo crece tu jardín?, el error de quien comete el
crimen fatal es la confianza excesiva en que nadie mirará con atención. Que el
decorado bastará. En política ocurre algo parecido: se confía en que el ruido,
la polarización y la velocidad del debate impidan detenerse en los detalles.
Pero los detalles importan. Importa cómo se responde. Importa qué se dice
cuando se podría haber callado. Importa, sobre todo, qué se decide no decir.
La democracia no se degrada solo con leyes injustas o
decisiones autoritarias. También se erosiona cuando la rendición de cuentas se
convierte en espectáculo y la responsabilidad en sarcasmo. Cuando un
representante público responde con una burla a una pregunta legítima, no está
siendo ingenioso: está renunciando a su función.
El problema, en última instancia, no es Alfonso Serrano ni
una frase concreta. El problema es un modelo de comunicación que normaliza la
frivolización de la violencia machista, que convierte las denuncias en material
para el combate partidista y que utiliza la ironía como coartada para no asumir
responsabilidades.
Como en el jardín de Christie, todo parece crecer con
normalidad hasta que alguien se detiene y observa. Hasta que alguien se
pregunta por qué las flores están demasiado alineadas, por qué los tiempos no
cuadran, por qué siempre se responde con otra pregunta. Y entonces el engaño
empieza a resquebrajarse porque los jardines manipulados acaban delatándose. Y
las culturas políticas que banalizan el acoso, también.
La pregunta, al final, no es cómo liga nadie. La pregunta es cómo
responde un partido cuando tiene que elegir entre proteger a la víctima o
proteger su relato.