A veces pesa demasiado. Lo reconozco. Hay días en los que el debate público no me genera rabia ni ganas de discutir, sino un profundo y silencioso abatimiento. Una desazón gris que te empuja a apagar las pantallas, aislarte del ruido y asumir que quizás no vale la pena seguir intentando razonar en voz alta. Lo que me desgasta y me produce una tremenda soledad intelectual no es el goteo constante de noticias, titulares o sumarios; lo que de verdad me duele es ver cómo la sociedad, de manera voluntaria y perezosa, renuncia por completo a la complejidad del pensamiento.
Me asombra y me entristece ver a personas, tanto de mi entorno como de otros ámbitos más distantes, periodísticos, sociales, asociativos, etc..., —gente brillante, inteligente, capaz de analizar con criterio cualquier problema laboral o humano— entregarse sin resistencia al titular fácil. Personas que, en cuanto se cruza la política institucional, deciden silenciar su espíritu crítico para acabar comprando, incluso sin pretenderlo, los relatos enlatados de saldo a la venta en España en los últimos ocho años.
En ese tablero de blancos y negros, el matiz se ha convertido en un deporte de riesgo. Si intentas dar un paso atrás, encender las luces largas y pedir un análisis comparativo y riguroso sobre cómo reacciona cada organización ante la sospecha, o sobre cómo funcionan las garantías procesales en un Estado de Derecho, te lanzan el comodín del perezoso: «Ya estás con el “y tú más"».
Lo que más me duele de esta inercia es ver cómo incide en los ámbitos más cercanos. Me entristece cuando personas de mi entorno nos vemos atrapadas en este ruido ambiental que todo lo distorsiona. En cuanto el debate roza las siglas, parece que las identidades políticas se imponen sobre las complicidades habituales, y el análisis pasa a ser etiquetado automáticamente como la defensa a ultranza de una trinchera. Es una situación frustrante para todos. Personalmente no argumento para convencer a nadie, ni pretendo que se compren mis conclusiones por una cuestión de fe. Lo único que me gustaría que compartiéramos, con toda la humildad del mundo, es el intento de analizar las cosas con un mínimo de profundidad. Me conformo con que dudemos juntos y cuestionemos los titulares fáciles, en lugar de señalar automáticamente que es la inercia del bloque la que nos dicta lo que pensamos y opinamos.
La comodidad de la falsa equivalencia
El recurso del «y tú más» existe y es una falacia insoportable que busca diluir las culpas propias esparciendo basura sobre el rival. Pero el problema actual es que se utiliza esa etiqueta como un escudo para no tener que pensar. Es mucho más cómodo y requiere menos esfuerzo cognitivo decretar que «todos son iguales» o que «todo es fango». La equidistancia es la coartada perfecta para la apatía: si todos son idénticos, en el proceso de formarme una opinión me autoexcluyo de la responsabilidad de leer un auto judicial, o de comparar la gravedad de los hechos, o de evaluar la respuesta institucional de cada sigla. Me basta con que otros piensen por mí. En la sociedad de la inmediatez es más fácil comprar el relato que dedicar tiempo y capacidad a conformar mi propia opinión.
Esa renuncia al matiz del pensamiento es la que nos pone en riesgo. No es lo mismo la corrupción orgánica que el desvío de gestión; no es lo mismo un partido que corta por lo sano de inmediato que otro que obstruye la acción de la justicia. Y, por supuesto, no es lo mismo investigar un delito concreto que abrir una causa general basada en recortes de prensa para ver si se encuentra algo. Separar el grano de la paja no es defender a unas siglas; es higiene democrática básica.
Sin embargo, plantear esto hoy en día es predicar en el desierto. La respuesta automatizada no busca entender el argumento, sino etiquetar al mensajero. Si el dato que aportas no encaja en la narrativa de su bloque, tu interlocutor desconecta. Da igual la honestidad con la que condenes la podredumbre en tu propia casa; para ellos, si matizas, eres el abogado defensor de unos colores.
Una asimetría que preferimos no ver
Esa misma desconexión ocurre cuando intentas señalar las costuras del sistema. A menudo caemos en la tentación de usar hipótesis bienintencionadas: «Si esto se lo hicieran al rival, diríamos lo mismo». Pero la realidad es mucho más tozuda y amarga. En el fondo, sabemos que hay escenarios que nunca se van a dar porque las reglas del juego no se aplican con la misma geometría. Determinados resortes mediáticos y judiciales operan con una asimetría tan evidente que a ciertas familias políticas jamás se les someterá a las excepciones procesales que sufren otras.
Ver cómo mentes preclaras justifican o miran hacia otro lado ante estas anomalías por el simple hecho de que afectan al rival político es demoledor. Es la constatación de que la empatía democrática ha muerto, sepultada por el sectarismo.
Alimentando al monstruo
Al aplaudir el eslogan fácil y validar la demolición de los matices, estamos alimentando a un monstruo que tarde o temprano terminará por devorarnos a todos. Un monstruo ciego que sustituye el derecho por el linchamiento y la justicia por el interés de parte. A veces pienso en tirar la toalla.Y no por rendición o cobardía, Es un pensamiento que nace de una dolorosa lucidez: quizá ya es imposible convencer a nadie con razones. Quizá, como sociedad, hemos alcanzado un punto de intoxicación tal que la única pedagogía posible que nos queda es la del impacto. Tal vez necesitemos que ese monstruo crezca del todo, que las garantías procesales se rompan definitivamente y que el fango lo inunde todo para que, solo cuando empecemos a sufrir en carne propia las consecuencias de lo que hoy justificamos con alegría, volvamos a recordar el valor real de lo que estamos contribuyendo a demoler: nuestro sistema democrático. Hay lecciones que, desgraciadamente, solo se aprenden cuando el daño ya es irreparable.
El peligro de la rendición
Esta atmósfera hiperpolarizada consigue lo que busca: agotar a quienes intentan mantener un criterio propio. Nos arrastra a una fatiga crónica donde la opción más saludable parece ser la rendición. Dan ganas, efectivamente, de tirar la toalla, de dejar que se queden con sus eslóganes de tres segundos y sus verdades absolutas de X, TikTok o Instagram.
Pero la retirada también tiene un precio. Si quienes todavía creemos en el valor del matiz y en la honestidad del análisis nos callamos por puro agotamiento, el espacio público quedará definitivamente al albur de quienes llevan años cuestionando la legitimidad del sistema político para provocar su voladura desde dentro, voladura que algunos disfrazan de controlada, en un relato que la calle compra cada vez más. Cuando eso ocurra y los hooligans tengan su victoria, será bueno recordar las palabras de Churchill “en este momento, me parece que está muy bien disfrazada pero es la voluntad del pueblo”. Que el pueblo asuma su responsabilidad siempre. Ahora y en el futuro, porque en el pasado ya lo hizo.