Hubo un tiempo en que en el PSOE no hacía falta pronunciar su nombre completo. Bastaba con decir Felipe y el aire se volvía denso, casi reverencial. Ahora, cuando ese mismo hombre anuncia que votará en blanco, la frase cae como un tañido de campana que no llama a funeral, sino a examen de conciencia. No es solo una decisión personal: es un símbolo que obliga a preguntarnos qué ocurre cuando los "dioses" de ayer deciden descender a la urna con las manos vacías.
Un voto en blanco y una memoria que empieza a doler
Hay una tristeza que no hace ruido. No es el estruendo de la
ruptura ni el portazo del traidor. Es algo más sutil: el instante en que uno
descubre que el referente que ayudó a levantar la casa ahora observa desde la
acera de enfrente, con gesto severo, cómo otros la siguen construyendo.
Felipe González ha anunciado que votará en blanco si Pedro
Sánchez es el candidato del PSOE. La frase, en apariencia aséptica, tiene una
potencia simbólica devastadora. No es solo un gesto electoral: es un
posicionamiento político, histórico y emocional. Y para la militancia no es
indiferente. Porque no habla un comentarista cualquiera. Habla el hombre que
durante catorce años encarnó el cambio, la modernización, la entrada en Europa,
la reconversión dolorosa y la hegemonía indiscutida del socialismo democrático
en España. Habla quien fue acusado de autoritario, de cesarista, de dominar el
partido con puño de hierro. Habla el mismo a cuyo mandato la derecha llamó “felipismo”
con el mismo desprecio con el que hoy pronuncia “sanchismo”. Y ahí empieza el
nudo de esta historia.
El laboratorio del desprestigio
Conviene refrescar la memoria, ahora que algunos la
administran con generosa amnesia. En los años ochenta y noventa, la derecha
política y mediática convirtió el término “felipismo” en un arma arrojadiza. No
era una descripción: era una descalificación. Se hablaba de personalismo, de
asalto institucional, de control férreo del partido, de rodillo parlamentario.
Se denunciaba una supuesta degradación democrática bajo el liderazgo de
González. El lenguaje era casi calcado al que hoy escuchamos contra Sánchez. Cambian
los nombres. Permanece la estrategia.
Lo de “sanchismo” no es un concepto académico ni una
categoría política neutral. Es un señalamiento, una etiqueta diseñada para
reducir un proyecto colectivo a la voluntad caprichosa de un solo hombre. Es la
misma técnica que convierte la política en psicología barata: no se debaten
leyes, se caricaturiza al líder. Que esa terminología sea hoy asumida —sin
matices— por quien fue víctima de la misma operación resulta, como poco,
paradójico.
Felipe González supo entonces que gobernar significaba
incomodar. Que ampliar derechos, reordenar el poder territorial, redefinir
alianzas internacionales o enfrentarse a intereses consolidados tenía costes.
Supo que la derecha no le combatiría solo en las urnas, sino en el relato. Lo
soportó. Lo resistió. Y lo ganó. Por eso desconcierta que ahora valide el mismo
mecanismo contra su propio partido.
Militancia y legitimidad
Hay algo más profundo que la discrepancia política: la
legitimidad. Pedro Sánchez no es el producto de un dedazo ni de una conjura
palaciega. Ha sido elegido reiteradamente por la militancia en procesos
internos abiertos, algunos de ellos dramáticos. Ha ganado primarias, ha perdido
el poder interno y lo ha recuperado desde la base. Ha gobernado en minoría, en
coalición y en condiciones parlamentarias complejas. Y ha vuelto a ganar
elecciones cuando muchos le daban por amortizado.
Se puede discrepar de su estrategia territorial. Se pueden
discutir sus pactos. Se puede criticar su estilo. Eso es política. Lo que no
parece razonable es cuestionar su legitimidad democrática desde una
superioridad moral autodefinida de manera implícita en cada palabra que dios
pronuncia. Porque si algo caracteriza al PSOE contemporáneo es que ha
interiorizado un principio que en los años ochenta era más discutible: el
liderazgo no es carismático por designación histórica, sino por refrendo
interno.
La militancia no es una corte ni un coro de siervos. Es una
estructura viva que debate, vota y decide. Y ha decidido. Cuando González
sugiere que votará en blanco, el mensaje que se filtra no es solo una
discrepancia con una candidatura concreta. Es una desautorización simbólica de
esa voluntad colectiva. Y eso duele más que la crítica.
La España del cambio… y la que después cambió
Felipe gobernó una España que salía de la Transición, con un
bipartidismo emergente y una derecha aún en proceso de homologación
democrática. El PSOE de los ochenta construyó el Estado del bienestar,
consolidó la sanidad pública, universalizó la educación, ancló el país en
Europa y redefinió la relación civil-militar.
Pero esa España ya no existe. Hoy el tablero es otro. La
fragmentación parlamentaria es estructural. La pluralidad territorial se
expresa con mayor intensidad. La ultraderecha ha entrado en las instituciones
con normalidad inquietante. El Partido Popular ha asumido dinámicas de confrontación
permanente y ha integrado en su estrategia a quienes cuestionan consensos
básicos. Gobernar en este contexto no es administrar mayorías absolutas, sino
tejer alianzas inestables. No es pactar desde la hegemonía, sino desde la
aritmética compleja. Exige pragmatismo, sí, pero también una comprensión
distinta de la pluralidad española.
Acusar al actual PSOE de romper España por negociar con
fuerzas periféricas ignora una evidencia histórica: el propio González pactó
con nacionalistas cuando lo necesitó. Lo hizo desde su contexto y con sus
reglas. Hoy el contexto es otro, pero la lógica parlamentaria sigue siendo la
misma: quien no suma, no gobierna. La diferencia es que ahora el adversario no
es solo una derecha conservadora, sino una derecha radicalizada que ha
normalizado discursos que cuestionan derechos ya conquistados.
El abrazo incómodo
Hay una imagen que resume la incomodidad de la militancia: ver a Felipe González aplaudido con entusiasmo en los mismos foros
mediáticos que durante años lo denostaron. Cuando el antiguo líder socialista es
utilizado como ariete contra el PSOE actual, el gesto adquiere una dimensión frustrante. No
se trata de exigir adhesión acrítica. Se trata de comprender el impacto
político de las palabras. En un clima de polarización, cada declaración es
munición. Y el voto en blanco de un expresidente no es un gesto íntimo: es un
mensaje público con efectos estratégicos.
La derecha ha encontrado en González una validación
inesperada. No porque compartan su trayectoria histórica, sino porque les
resulta útil su desacuerdo presente. Y ahí es donde el análisis político debe
imponerse a la nostalgia.
Determinación frente a melancolía
Es legítimo sentir decepción. La política no es una religión,
pero sí genera lealtades emocionales. Cuando una figura histórica toma
distancia, el desconcierto es humano. Sin
embargo, la socialdemocracia no puede instalarse en la melancolía. El PSOE no puede
convertirse en un partido que mira constantemente por el retrovisor buscando la
foto de 1982. La legitimidad del proyecto socialista, antes y ahora, no descansa en la comparación
sentimental con cualquier pasado, sino en su capacidad para responder a los desafíos
presentes: transición ecológica, desigualdad, feminismo, derechos LGTBI,
cohesión territorial, digitalización, defensa del Estado social frente al
avance reaccionario.
El proyecto socialista no pertenece a una generación ni a un
liderazgo concreto. Es una corriente histórica que ha sabido mutar sin perder
su eje: ampliar derechos y proteger a las mayorías sociales. Si en los
ochenta el adversario era el atraso estructural, hoy lo es la regresión
democrática. Si entonces se trataba de entrar en Europa, hoy se trata de
defender la Europa social frente a los populismos identitarios. No es el mismo
combate. Pero sigue siendo combate.
De los nombres a las ideas
Quizá el mayor error del debate actual sea reducirlo a nombres propios. Felipe. Pedro. Antes “felipismo”. Ahora “sanchismo”. La política madura cuando supera el personalismo y se centra en proyectos. El PSOE no es la biografía de sus líderes, sino la suma de sus decisiones colectivas. La pregunta relevante no es qué papeleta depositará González en la urna. La pregunta es qué modelo de país está en juego. Uno en el que el Estado del bienestar se fortalece, la diversidad territorial se gestiona desde la política y no desde el choque, y los derechos civiles se amplían. O uno en el que la recentralización, el cuestionamiento de consensos básicos y la involución social encuentran espacio institucional. El voto en blanco, en ese contexto, no es neutral. Es una posición que influye en el equilibrio.
Una reflexión necesaria
Tal vez el problema no sea que Felipe haya cambiado. Tal vez
el problema es que el tiempo ha cambiado a todos, y no todos lo aceptan igual. La
historia tiene algo cruel: convierte en pasado incluso a quienes la
escribieron. Y no hay liderazgo eterno ni contexto inmutable. Lo que ayer fue
audacia hoy puede parecer exceso. Lo que ayer fue pragmatismo hoy puede verse
como concesión.
Pero la legitimidad democrática no es hereditaria. Se renueva
en cada elección, en cada congreso, en cada voto militante. El socialismo
español sobrevivió a clandestinidad, exilio, escisiones, derrotas y mayorías
absolutas. Sobrevivirá también a las discrepancias de sus figuras históricas. Porque
un partido no es su pasado glorioso, sino su capacidad de seguir siendo útil. Y
quizá ahí resida la lección más incómoda: la política no es un monumento de
bronce o un jarrón chino, es un organismo vivo. Quien la concibe como estatua
termina hablando desde el pedestal o desde la esquina en la que depositamos ciertas
nostalgias para que no se nos rompan. Quien la entiende como proceso acepta que
otros continúen la obra.
Felipe González forma parte indeleble de la historia del PSOE
y de España. Eso no lo borra un voto en blanco. Pero tampoco un voto en blanco
detiene el curso de un proyecto que ha decidido seguir caminando. La cuestión
no es si los referentes se detienen. La cuestión es si las ideas que
defendieron siguen avanzando. Y en tiempos de incertidumbre democrática,
avanzar no es una opción estética. Es una responsabilidad histórica.