lunes, 18 de mayo de 2026

AL FINAL, SALIÓ LÍO

Diagnóstico de un ciclo electoral y la paradoja del escudo social

"O me dais mayoría absoluta o el gobierno con VOX es el lío". Ese fue el mantra que Juanma Moreno Bonilla repitió de forma casi obsesiva durante la última campaña andaluza, un intento de apelar al voto útil moderado que ha terminado volviéndose en su contra. El Partido Popular activó el modo electoral a gran escala desde finales de 2025 con un objetivo nítido: forzar una retahíla de adelantos territoriales para utilizarlos como arietes y hacer tambalear a Pedro Sánchez en la Moncloa. Sin embargo, la estrategia de Génova ha desembocado en una ironía mayúscula. En su afán por desgastar al Gobierno central, el PP ha terminado atrapado en el "lío" que pretendía evitar, consolidando una dependencia estructural de la ultraderecha a lo largo y ancho del mapa autonómico.

Esta realidad se hace evidente incluso allí donde no se han abierto las urnas. En la Comunitat Valenciana, el relevo tras la dimisión de Carlos Mazón y la configuración del Consell de Pérez Llorca demostraron que, aun sin elecciones de por medio, VOX sigue marcando el paso y tutelando la estabilidad del Ejecutivo popular. El escenario valenciano no es una excepción, sino el reflejo de un patrón ya consolidado: el PP ha completado su póker de poder territorial en Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía, pero en todas y cada una de estas comunidades avanza atado a la muleta de la extrema derecha. Lejos de debilitar al Ejecutivo central, la ofensiva del PP ha terminado por blanquear e institucionalizar las exigencias de VOX en la gobernabilidad autonómica.

Ante este panorama de dependencia de la derecha, el mapa político surgido de estos comicios deja al socialismo ante un espejo incómodo. El resultado no es un mero tropiezo coyuntural, sino el síntoma de una desconexión profunda entre la acción de gobierno y la percepción ciudadana. Al final, en el cruce entre la gestión burocrática del Boletín Oficial del Estado y la batalla de las emociones a pie de calle, a nosotros también nos "salió lío". El electorado ha empezado a consumir las conquistas sociales como un paisaje inalterable, mientras compra el relato de quienes amenazan con desmontarlas. Para entender cómo se ha llegado a este punto de saturación y revertir la inercia de cara a 2027, es imprescindible un diagnóstico frío basado en los síntomas reales detectados en las urnas.

1. El modelo de candidatura y la asfixia del territorio

El contraste entre las debacles del sur y el resistencialismo del norte ofrece la primera lección orgánica. Las candidaturas tuteladas o proyectadas desde el Consejo de Ministros como delegaciones de Madrid (Andalucía y Aragón) han sufrido el castigo del electorado, que penaliza la falta de autonomía discursiva. Por contra, el modelo de Castilla y León demuestra que un liderazgo fuertemente arraigado en el territorio y de corte municipalista logra actuar como cortafuegos, movilizar el voto útil y frenar las fugas locales. El PSOE actual sufre de un hiperliderazgo centralizado que, al absorber todo el foco mediático, desprotege y debilita las estructuras orgánicas de las federaciones.

2. El comportamiento dual del votante progresista

El recuerdo del verano de 2023 evidencia una alarmante asimetría en la movilización de la izquierda. En las citas autonómicas ordinarias, el votante progresista tiende a la abstención o al voto de advertencia, desmovilizándose al dar por sentados sus derechos locales. Solo reacciona e inunda las urnas bajo una lógica de "pánico institucional" cuando percibe de forma inminente el riesgo de un cambio de gobierno a nivel estatal. Sin embargo, fiar la supervivencia del partido a la épica de la resistencia in extremis destruye paulatinamente el poder territorial, dejando a los alcaldes y barones desarmados ante las olas plebiscitarias nacionales de la derecha.

3. La normalización del marco cultural de la extrema derecha

El escenario actual ya no se rige por el miedo a la ultraderecha. La salida de VOX de los gobiernos autonómicos en su día los inmunizó contra el desgaste de la gestión ordinaria, permitiéndoles colonizar ideológicamente al Partido Popular desde la oposición. El verdadero peligro actual es la asimilación del discurso: la ciudadanía ha comprado el marco de la "prioridad nacional". Los problemas estructurales de la sanidad, la educación o la dependencia ya no se debaten en clave presupuestaria o de recortes, sino bajo la lógica xenófoba del chivo expiatorio, que culpa al eslabón más débil de la escasez de recursos públicos.

4. El quid de la cuestión: La disociación del beneficio social

Esta es la madre de todas las batallas que el progresismo está perdiendo: el ciudadano valora y utiliza las medidas sociales del Gobierno central, pero ni las asocia con las siglas del PSOE ni es consciente de que el ideario del PP y VOX atenta directamente contra ellas. Esta anomalía se sustenta en tres factores:

· La frialdad burocrática: Las medidas de Moncloa llegan de forma técnica, limpia y administrativa. Se perciben como derechos impersonales, carentes de épica política. Frente a esto, la derecha no ofrece datos, sino relatos emocionales crudos (miedo, inseguridad, identidad).

· La trampa de la descentralización: En el Estado autonómico, el Gobierno central inyecta una financiación récord, pero la comunidad autónoma (gestionada por la derecha) ejecuta, inaugura y personaliza el servicio. El PP capitaliza la cercanía de la gestión directa mientras oculta su modelo privatizador, utilizando el colchón financiero de Moncloa para camuflar sus recortes.

· El sesgo del ecosistema mediático: El marco digital de la derecha desvía de inmediato cualquier logro material hacia el ruido político o el debate territorial. El ciudadano consume el servicio blindado por el PSOE, pero asume la explicación de la derecha de que las cosas funcionan pese al Gobierno de España.

Conclusión: Pasar de la resistencia a la ofensiva material

El diagnóstico clínico advierte que el discurso del miedo al adversario está agotado y que la pedagogía del dato macroeconómico no llena las urnas. Para desarmar el relato de la "prioridad nacional" y el odio identitario, la única alternativa real de la socialdemocracia es la pedagogía a través de la acción directa.

No se trata de esperar a que la sociedad sufra un gobierno de la derecha para valorar lo perdido, sino de pasar a la ofensiva social con medidas bandera, rotundas, rápidas y audaces que la gente pueda tocar en su día a día (especialmente en sectores críticos como la vivienda). Solo haciendo pedagogía explícita y sin complejos sobre el valor de lo público, y devolviendo la voz y el arraigo a los liderazgos territoriales, el partido podrá romper el lío discursivo en el que está atrapado y blindar su proyecto de país.

martes, 12 de mayo de 2026

NEOS Y EL ARZOBISPO SANZ MONTES: ¿HUMANISMO CRISTIANO O IDEOLOGÍA A MEDIDA?

El mito de la Europa cristiana y lo que Sanz Montes y NEOS callan sobre nuestra historia compartida. 

Este punto de partida me lleva a la consideración del necesario análisis de la última carta pastoral del arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, titulada "Verdad incómoda". En ella, el prelado no solo hace una glosa casi providencialista del libro de Jaime Mayor Oreja, que él mismo presentó la pasada semana en Asturias, sino que eleva a la Fundación NEOS a la categoría de brújula moral para una Europa que, según él, ha apostatado de sí misma". Sin embargo, tras la retórica de la "batalla cultural", asoman omisiones históricas y eclesiales que merecen ser analizadas.

1. Una Europa idealizada y monocromática
El arzobispo apela a los "Padres de Europa" —Schuman, Adenauer y De Gasperi— como un bloque monolítico de fe. Pero la historia es más compleja. Olvida las tensiones políticas entre ellos y, sobre todo, silencia que la Europa que hoy disfrutamos no se construyó solo con rosarios, sino con el pacto entre la democracia cristiana y la socialdemocracia. Sin el impulso de la izquierda europea por los derechos sociales y la redistribución, el Estado del Bienestar que hoy defendemos simplemente no existiría.

2. Una Doctrina Social de la Iglesia "a la carta"
Lo más revelador de la proclama de Sanz Montes es el uso sesgado que hace de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). Aunque la cita como fundamento, realiza una lectura selectiva: resalta la defensa de la vida o la libertad educativa, pero silencia las exigencias de justicia social, la crítica al capitalismo desenfrenado o la opción por los pobres que recorren desde la Rerum Novarum hasta el magisterio actual.

Es un silencio clamoroso respecto al Papa actual León XIV y al anterior Francisco. Parece que el arzobispo prefiere rescatar solo la parte de la DSI que encaja en la "batalla cultural" de NEOS, ignorando la Iglesia "hospital de campaña" que predica Roma. Mientras León XIV apuesta por la fraternidad universal, la ecología integral y el diálogo con la modernidad, Sanz Montes se atrinchera en una interpretación de la doctrina que sirve más para confrontar con la Agenda 2030 que para construir puentes en una sociedad plural.

3. La religión al servicio de la política
Al final, uno se pregunta si estamos ante una propuesta religiosa o ante un modelo de Iglesia puesto al servicio de una opción política muy concreta. Cuando el púlpito se utiliza para validar exclusivamente a una fundación de clara ideología de derechas, se corre el riesgo de convertir la fe en un mero complemento identitario. ¿Es NEOS la respuesta a esa crisis de valores que algunos sectores de la iglesia no se cansan de denunciar, o es simplemente el brazo articulado de un conservadurismo que se siente huérfano de poder y busca en la religión, con la complicidad de esos mismos sectores, su última legitimidad?

En definitiva, el texto de Sanz Montes es algo más que una recomendación literaria, es un manifiesto que busca estrechar los márgenes del cristianismo hasta hacerlo coincidir con las siglas de una plataforma política. Al ignorar al actual Papa, silenciar el legado socialdemócrata y podar la Doctrina Social de la Iglesia, el arzobispo no está defendiendo una civilización, está construyendo un gueto ideológico. La fe no debería ser el uniforme de una facción, sino el aliento de una comunidad que, lejos de añorar panteones del pasado, se atreva a caminar con la Europa diversa y plural, y compleja,  de hoy. Todo lo que no sea eso no es evangelización, es simplemente política de trinchera con rancio olor a incienso.

lunes, 11 de mayo de 2026

DEL FLAUTISTA DE HAMELÍN AL DELIRIO DE CLAVIJO. CUANDO SE PREFIERE EL MIEDO A LA EVIDENCIA

Los cuentos infantiles son los primeros mapas que recibimos para entender el mundo. En la leyenda del Flautista de Hamelín, el agua del río Weser era el punto final: un límite físico y narrativo donde el peligro (las ratas) terminaba y la ciudad quedaba a salvo. El agua no mentía; era el muro de seguridad entre la plaga y el hogar.

Sin embargo, algo está mutando en nuestra geografía política. Recientemente, en las costas de Canarias, hemos descubierto que para ciertos sectores de la derecha, las ratas ya no se ahogan. Ahora, según el delirio digital esgrimido por el presidente regional Fernando Clavijo y los discursos de mitin de la ultraderecha, las ratas nadan, recorren distancias imposibles y portan virus diseñados en laboratorios monclovitas. Lo que podría parecer una anécdota ridícula o un desliz tecnológico es, en realidad, la metáfora perfecta del tiempo que vivimos: la era donde la política del frentismo hackea la realidad para que nada, ni siquiera el agua, nos dé paz.

Resulta una ironía casi literaria que el apellido del presidente canario coincida con el título de la famosa tragedia de Goethe. En aquella obra, el personaje de Clavijo traicionaba su palabra y su compromiso por ambición, sucumbiendo a una debilidad de carácter que terminaba en tragedia. Hoy, el Clavijo de nuestra realidad parece traicionar algo más sagrado: el legado de la razón que otros ilustrados canarios defendieron con orgullo, sustituyendo el compromiso con la verdad por un guion de frentismo donde las ratas nadan y la lógica naufraga.

El MV Hondius: Un ejemplo de gestión frente al ruido

Frente a este "cuento de terror" de ratas nadadoras y virus conspiranoicos, la realidad ha seguido un camino muy distinto. La crisis del buque MV Hondius, afectado por un brote de hantavirus, no ha sido la catástrofe biológica que algunos vaticinaban para alimentar el miedo, sino un ejemplo de gestión técnica, humanitaria y ejemplar por parte del Gobierno de España.

Mientras el frentismo se dedicaba a señalar y a sembrar la desconfianza, España ha coordinado un operativo internacional sin precedentes bajo la supervisión de la OMS. Se ha priorizado la seguridad de la población sin renunciar al sentimiento de humanidad y a la responsabilidad internacional. Se han salvado vidas y se ha demostrado que la ciencia y la logística son los mejores antídotos contra la histeria colectiva.

La deslealtad como estrategia

Es aquí donde el matiz es doloroso. No es que la política haya fallado; es que una forma muy concreta de entenderla —la del señalamiento y la deslealtad— ha intentado boicotear esta gestión. Es desolador ver a representantes públicos utilizar la mentira para generar pánico, sugiriendo que una emergencia sanitaria es un plan deliberado del Ejecutivo.

Cuando la derecha y la ultraderecha optan por la pseudociencia y el enfrentamiento institucional en lugar de la colaboración, están rompiendo el pacto de confianza que sostiene a una sociedad sana. Prefieren que el barco sea una amenaza antes que reconocer el éxito de un Estado que funciona.

El precio de seguir la flauta

Nos hemos vuelto peligrosamente inmunes al engaño. Hemos aceptado la posverdad como una herramienta legítima de combate y, al hacerlo, permitimos que el flautista moderno gane: no porque se lleve a las ratas, sino porque nos ha convencido de que están en todas partes.

Si permitimos que el delirio de Clavijo y el frentismo de Abascal dicten nuestras emociones, el final del cuento será inevitable: terminaremos siguiendo la melodía de la polarización hasta que el agua acabe por cubrirnos a todos. Porque la verdadera plaga no son los roedores, sino la pérdida de nuestra lealtad a la verdad y el abandono de nuestra propia humanidad.

miércoles, 29 de abril de 2026

DEL BIENESTAR PRIVADO A LA QUEJA PÚBLICA. LA DEMOCRACIA EN EL DESVÁN

El Informe Horizontes: Una radiografía de España, publicado en abril de 2026 por la consultora estratégica H/Advisors, nace con la ambición de ser mucho más que una encuesta de opinión. Pretende ser un mapa de navegación para entender el "cambio de época" que atraviesa el país. A través de una metodología que cruza datos macroeconómicos con el sentir de la calle, el documento disecciona las tensiones de una sociedad que navega entre la resiliencia económica y el agotamiento institucional. Un informe que se eleva por encima del análisis coyuntural con la participación de voces de referencia como Elena Pisonero, José María Lasalle o Belén Barreiro, que reflejan en sus diagnósticos las brechas de la desafección democrática y la polarización. De esa colisión entre la realidad que vivimos y el país que percibimos nace también esta reflexión personal. Una alerta sobre el riesgo de sacrificar lo común en el altar de nuestro confort particular.

Vivimos una época de esquizofrenia estadística. Si uno analiza los indicadores de micro-bienestar en España —niveles de consumo, resiliencia del ahorro privado, satisfacción con la vida familiar o el ocio— se encuentra con un país que resiste con una tenacidad asombrosa. Sin embargo, si uno abre el Informe Horizontes o cualquier termómetro de opinión, la imagen que devuelve el espejo es la de una nación en descomposición, sumida en una desafección que ya no es solo política, sino sistémica.

Esta brecha entre lo que vivimos en el salón de casa y lo que proyectamos sobre la plaza pública no es una simple curiosidad sociológica. Es una advertencia social de primer orden. Lo que está en riesgo no es solo la estabilidad de un gobierno o la credibilidad de una encuesta; lo que está en riesgo es la propia arquitectura de la convivencia democrática.

La gestión del bienestar al margen del Estado

El ciudadano contemporáneo ha realizado un aprendizaje silencioso pero radical: ha aprendido a gestionar su bienestar al margen de lo público. Tras años de crisis encadenadas, se ha instalado la idea de que el Estado es un ente paquidérmico, ruidoso y, en última instancia, ineficiente para garantizar la felicidad individual. La respuesta ha sido el refugio en la "burbuja privada".

Esta desconexión se manifiesta de forma dramática en el tema de la vivienda, que el informe revela como la preocupación número uno de los españoles. Existe una percepción generalizada de que la vivienda es un problema abandonado por la clase política, donde el individuo siente que debe batallar solo contra el mercado. Lo paradójico es que esta sensación de abandono persiste incluso cuando el Gobierno actual ha intentado situar la vivienda como "el quinto pilar del Estado de bienestar" a través de leyes estatales y legislaciones autonómicas allí donde gobierna la izquierda. El hecho de que estas políticas no calmen la ansiedad colectiva demuestra que el ciudadano ha dejado de "leer" la acción del Estado como una solución. El ruido de la desafección es tan alto que impide ver el andamiaje institucional que se intenta construir.

Pero aquí reside el gran error de interpretación de muchos analistas. Se tiende a pensar que este repliegue al ámbito privado conlleva un desentendimiento total del "relato de país". Nada más lejos de la realidad. Como bien advierte el análisis de figuras como José María Lassalle, el ciudadano no se desentiende; lo que hace es comprar un relato de país concreto. Cuando mi economía "resiste" y mi entorno es seguro, no me vuelvo apolítico. Me vuelvo protector de mi isla. Y es ahí donde el discurso de la polarización encuentra un terreno fértil. El ciudadano que siente que ha prosperado "a pesar" del sistema, y no gracias a él, es el cliente perfecto para quienes señalan culpables, para la ultraderecha que blanquea sus soflamas bajo el barniz del "sentido común" y para una derecha que, en su afán de poder, ha terminado por validar marcos mentales que antes eran marginales.

La compra del relato del miedo y la invención de problemas

La queja pública se ha convertido en un mecanismo de defensa. El individuo que disfruta de su bienestar privado siente una amenaza constante: la idea de que "los otros" (las instituciones, la inmigración, las políticas de igualdad, el adversario ideológico) vienen a saquear su refugio.

Aquí es donde el sesgo se vuelve peligroso: el relato de la ultraderecha y de una derecha mimetizada a menudo no se alinea con la realidad social, sino que intenta crear una nueva. Un ejemplo flagrante es el mantra de la "prioridad nacional" que VOX y sectores del PP han colocado en el centro del tablero. Mientras el discurso político insiste en presentar la inmigración como una amenaza existencial para el bienestar de los españoles, el Informe Horizontes arroja un dato revelador: la migración aparece sistemáticamente como una de las preocupaciones con menor índice en la inquietud real de los ciudadanos.

Existe, por tanto, un esfuerzo deliberado por "importar" un conflicto que el ciudadano no vive en su cotidianeidad, pero que acaba comprando en el plano retórico. Al carecer de un compromiso personal crítico para discernir que gran parte de ese pesimismo es una construcción mediática y política, el ciudadano acaba creyendo que la única forma de salvar su bienestar privado es dinamitar el espacio público para protegerse de "problemas" que las propias encuestas sitúan en la periferia de su interés real. Se compra el relato del "caos" porque el miedo es el único pegamento que une al individuo aislado con la política de trinchera.

La erosión del respaldo a la democracia

La advertencia es clara: la desafección hacia la democracia no nace de la pobreza extrema, sino de la pérdida de un proyecto compartido. Si el bienestar es privado y la queja es pública, la democracia deja de ser el tablero de juego para convertirse en el enemigo.

Cuando el Informe refleja que los españoles ven el futuro con una oscuridad que no se corresponde con sus hábitos de gasto o su estabilidad personal, lo que nos está diciendo es que hemos dejado de creer en la democracia como un sistema capaz de articular una esperanza común. La democracia requiere una dosis mínima de optimismo colectivo para funcionar. Sin ella, el ciudadano prefiere al "señalador", al líder fuerte que promete proteger su burbuja privada frente a ese desastre imaginario (pero percibido como real) que ocurre fuera de sus cuatro paredes.

Conclusión: La profecía autocumplida

El peligro real es que este sesgo de percepción termine por convertirse en una profecía autocumplida. Si seguimos alimentando una queja pública incendiaria mientras nos refugiamos en un bienestar privado egoísta, terminaremos por destruir las instituciones que, aunque no las sintamos presentes en nuestro día a día, son las únicas que garantizan que esa burbuja no estalle.

La democracia está en riesgo porque estamos dejando que el relato del odio sea el único puente entre nuestra vida privada y la realidad del país. Si no somos capaces de ejercer una higiene democrática individual, de entender que nuestra resistencia personal es la base para una reconstrucción colectiva, acabaremos entregando las llaves de nuestra casa a quienes prometen protegernos de un monstruo que ellos mismos han inventado. 

El bienestar privado sin compromiso público no es libertad; es solo la antesala de una servidumbre voluntaria bajo el mando de quienes han hecho de la queja y la polarización su mayor industria. En última instancia, la verdadera salud de una democracia no se mide solo en el PIB o en la capacidad de consumo de sus hogares, sino en la calidad del hilo que une nuestra vida privada con el destino del vecino. El Informe Horizontes nos ha puesto frente a un espejo incómodo: el de una sociedad que, mientras asegura sus ventanas, deja que la estructura del edificio se pudra por falta de atención.

No podemos permitir que el "bienestar" sea el sedante que nos haga aceptar relatos de odio o prioridades inventadas. El compromiso con lo público empieza por el esfuerzo individual de no comprar el apocalipsis ajeno cuando nuestra propia realidad nos dicta otra cosa. Al final, la democracia no es algo que nos dan hecho; es algo que protegemos cada vez que decidimos que el bienestar del otro nos importa tanto como el propio. Es hora de bajar del desván, sacudir el polvo de nuestra desafección por lo común y volver a habitar la plaza pública con una mirada crítica, sí, pero también honesta. Porque ninguna habitación puede mantenerse segura si permitimos que se desmorone el edificio entero.

 

jueves, 23 de abril de 2026

DE LA GESTIÓN A LA EXCLUSIÓN. LA "PRIORIDAD NACIONAL" COMO ANTESALA TOTALITARIA

La historia política enseña que los cambios sistémicos no suelen ocurrir de forma súbita, sino mediante la erosión gradual de los consensos éticos. La tesis que aquí se plantea sostiene que el concepto de "prioridad nacional", tal como lo formula VOX, no es simplemente una medida de ahorro administrativo, sino la reconstrucción del marco mental que permitió el ascenso del nacionalsocialismo: la idea de que el derecho individual debe supeditarse a una identidad nacional excluyente.

La quiebra de la igualdad universal

En Mein Kampf, Adolf Hitler sostiene que "el derecho personal a la vida solo puede estar en relación con la utilidad que el individuo representa para la nación". Esta premisa rompe con la idea de derechos humanos universales. En la actualidad, este postulado encuentra su eco en declaraciones de Santiago Abascal: “Los españoles primero en las ayudas sociales, en el acceso a la vivienda y en la sanidad. No es racismo, es justicia elemental”. Al establecer categorías de seres humanos donde la protección del Estado no depende de la necesidad, sino del origen, se reactiva lo que el sociólogo Herbert Kitschelt define como "chovinismo del bienestar", un pilar fundamental en la transición hacia regímenes autoritarios identitarios.

La construcción del enemigo interno y el "globalismo"

El nacionalsocialismo necesitaba de un enemigo invisible que conspirara contra la esencia del pueblo. Hoy, ese papel lo ocupa el concepto de "globalismo". Jorge Buxadé ha declarado: “Estamos en una guerra cultural contra las élites globalistas que quieren destruir nuestras naciones”. Esta retórica es identificada por expertos como Steven Levitsky como un síntoma de "polarización perniciosa", donde el adversario no es un rival político, sino una amenaza existencial que debe ser erradicada.

El señalamiento y la deshumanización estadística

La antesala de la exclusión física es la estigmatización pública. En Mi Lucha, se vincula a los grupos "ajenos" con la degradación social. VOX ha replicado esta estrategia con campañas sobre los Menores No Acompañados: "Un Mena, 4.700 euros al mes; tu abuela, 426 euros de pensión". Al reducir a seres humanos a un coste económico, se desactiva la empatía social. Autores como Cas Mudde señalan que este discurso prepara el terreno para que la sociedad acepte la privación de derechos fundamentales en nombre de la "salvaguarda" económica nacional.

La normalización: El papel del conservadurismo tradicional (PP)

El peligro más inmediato para la democracia no reside solo en la formulación de estos principios, sino en su validación por parte del Partido Popular (PP). Por puro interés electoral, el PP ha comenzado a normalizar la "prioridad nacional" integrándola en acuerdos de gobierno. Un ejemplo claro se observa en los pactos alcanzados en Extremadura y Aragón, donde se han incluido cláusulas que condicionan el acceso a ayudas sociales y vivienda a criterios de "arraigo" y "prioridad para los nacionales".

Cuando el PP asume estos términos y acepta estos pactos para asegurar mayorías, está legitimando el marco mental de la exclusión. Según la teoría de la "ventana de Overton", el papel del PP actúa aquí como el validador institucional: al hacer suyas estas propuestas para no perder terreno, desplaza el centro político hacia el autoritarismo. El riesgo es que, al normalizar la idea de que los derechos pueden ser fragmentados por origen, el PP está eliminando los diques de contención democráticos, convirtiendo una propuesta radical en una opción de gobierno respetable.

La nación como organismo sagrado

Finalmente, la visión de la nación como un ente místico es el nexo definitivo. Abascal afirma que "España es una realidad histórica que no puede ser sometida al voto de los vivos". Esta deslegitimación de las instituciones democráticas cuando no sirven a la "unidad" establece la estructura mental necesaria para un poder sin contrapesos. Como advierte el historiador Robert Paxton, el fascismo comienza con la convicción de que el grupo nacional es una víctima a la que cualquier acción le está permitida para sobrevivir.

Una responsabilidad compartida

La "prioridad nacional" funciona como un virus ideológico. Su adopción por parte de la derecha liberal-conservadora por mero cálculo táctico es la señal de alarma definitiva. Si el nacionalsocialismo fue la culminación de la exclusión, el actual ecosistema político español —donde lo radical se vuelve mainstream a través de los partidos tradicionales— podría estar construyendo la infraestructura intelectual para una regresión democrática sin precedentes.

Como bien señala Anne Applebaum en El ocaso de la democracia, la democracia no es un estado permanente de la naturaleza ni un sistema garantizado por las instituciones, sino una construcción frágil que depende de las decisiones diarias de cada ciudadano. Applebaum nos recuerda que la deriva autoritaria cuenta con la complicidad de quienes, por ambición o apatía, deciden mirar hacia otro lado mientras se degradan los valores universales.

Cada día debemos ser más conscientes de que el futuro de la convivencia democrática depende de nuestra capacidad individual para rechazar estos marcos de exclusión. La democracia es, en última instancia, lo que nosotros decidimos hacer con ella cada día. De nuestras decisiones —y de nuestras renuncias— también depende que la "antesala totalitaria" no se convierta, de nuevo, en el salón principal de nuestra historia. 

viernes, 17 de abril de 2026

FUI FORASTERO, Y ME ACOGISTEIS

 Frente a los discursos del miedo y la exclusión que intentan fracturar nuestra convivencia, hoy quiero compartir una reflexión sobre la regularización de personas migrantes desde una doble convicción: la radicalidad del Evangelio y el compromiso político con la justicia social. No podemos dar la espalda al sufrimiento de quienes ya forman parte de nuestra comunidad; la política debe ser la herramienta que transforme la invisibilidad en dignidad y derechos.

En la vida política, como en la vida de fe, llega un momento en que las palabras deben encarnarse para no quedar en huecas promesas. Hoy, cuando el discurso del odio y la exclusión gana terreno en las instituciones y, lamentablemente, se infiltra en comunidades de creyentes, es más necesario que nunca volver a la raíz de nuestras convicciones. Para quienes entendemos la política como una herramienta de transformación y la fe como un impulso de compromiso y entrega universal, la acogida no es una opción; es un mandato que define nuestra integridad moral.

La fe como motor de la justicia social

"Fui forastero, y me acogisteis" (Mateo, 25-35). Estas palabras de Jesús no son una sugerencia poética; son una interpelación directa a nuestra forma de organizar la convivencia. Desde una mirada creyente, el Evangelio nos exige una radicalidad que no admite fronteras. No hay "nosotr@s" contra "ell@s" cuando reconocemos que cada persona, sin importar su origen, es portadora de una dignidad sagrada.

Sin embargo, asistimos con dolor a cómo sectores de la ultraderecha política —y voces ultras dentro de la propia Iglesia— pretenden secuestrar el nombre de Dios para levantar muros. Usar la cruz para justificar el rechazo al migrante no solo es una contradicción política, es una profanación de la fe. Quien busca proteger una supuesta "identidad" a costa del sufrimiento del hermano, ha olvidado que el Reino de Dios se construye precisamente desde los márgenes, con los desheredados, con aquellos que la “sociedad del descarte" intenta invisibilizar.

La política como ejercicio de fraternidad y servicio público

Desde la realidad cotidiana de nuestros municipios y concejos, la política deja de ser una abstracción para convertirse en rostros y nombres propios. Es en la cercanía de lo local donde comprendemos que la gestión política de lo común es, en su esencia más profunda, la traducción institucional del amor al prójimo y del compromiso con la justicia social que no puede dar la espalda al sufrimiento. Por eso, la regularización de las personas migrantes no debe entenderse como un simple trámite burocrático o una concesión graciosa del Estado, sino como una medida de justicia política absolutamente imprescindible para la salud de nuestra democracia.

Mantener a miles de vecin@s en el limbo de la irregularidad es una anomalía que un proyecto progresista y humanista no puede tolerar, pues solo sirve para alimentar la precariedad y permitir que la economía sumergida se convierta en un nicho de explotación. Al regularizar, estamos dignificando el trabajo y fortaleciendo el sistema público que nos sostiene a todos, permitiendo que quienes ya contribuyen con su esfuerzo diario lo hagan con plenos derechos y deberes. No hay mayor seguridad jurídica que la que nace de reconocer la existencia de quien ya vive y trabaja en la comunidad, eliminando de paso esos espacios de sombra donde hoy operan impunemente las mafias del abuso laboral.

Al final, la verdadera cohesión de nuestros barrios no se construye con muros ni con la persecución del diferente, sino con la inclusión real. Como decía Churchill, “la democracia no es solo votar, es el bienestar de tu vecino”. Pues esa democracia se debilita cuando permitimos que con quienes convivimos puerta con puerta carezcan de los derechos más básicos. Una sociedad fuerte es aquella que transforma la presencia invisible en pertenencia ciudadana, garantizando que las personas que tenemos al lado no sean vecindad desamparada, sino compañeras y compañeros en la construcción del bien común. Defender este paso es, por tanto, una cuestión de coherencia: es la traducción política del compromiso de no dejar a nadie atrás, asegurando que la dignidad humana sea el eje sobre el que gire toda nuestra acción institucional.

Un compromiso innegociable por encima de siglas

Este no es un debate sobre ideologías cerradas, sino sobre la defensa de la vida en todas sus etapas y condiciones. Mi compromiso político y mi convicción religiosa beben de la misma fuente: la creencia de que nadie sobra, de que la fraternidad no es un eslogan, sino una tarea diaria.

Defender hoy la regularización de las personas migrantes es la forma más coherente de decir "me acogisteis", es la respuesta política a un imperativo ético. Porque si la fe nos enseña nuestra hermandad universal, la política debe garantizarnos nuestra ciudadanía universal. Es hora de dejar atrás los miedos estériles y las alarmas interesadas para construir, con valentía, una sociedad donde la dignidad humana sea la única bandera que nadie pueda pisotear. 

miércoles, 8 de abril de 2026

CRISTIANISMO IDENTITARIO. CUANDO LA FE SE SIRVE EN BANDEJA DE PLATA

De las Bienaventuranzas a la trinchera política 

Cuando el estruendo de los tambores y el brillo de las galas termina silenciando el susurro, mucho más exigente y radical, del Evangelio, la fe corre el riesgo de convertirse en un simple marcador de identidad política. En este escenario, el rito se vuelve una trinchera y la devoción una cáscara vacía que se entrega en bandeja de plata al servicio nostálgico del mismo orden y exclusión que crucificó a Jesús. Porque, al terminar la procesión, la pregunta sigue siendo la misma que hace dos mil años: ¿hemos salido a la calle para defender nuestra herencia o para realmente encarnar Su Mensaje? Un cristianismo que abraza lo primero y evita la mirada al vulnerable quizá sea una impecable tradición, pero ha dejado de ser Evangelio

Acaban de guardarse los capirotes y el olor a incienso en las calles se evapora, hasta el año que viene. España, aún sin saber que la Pascua continúa en estos cincuenta días que caminan hacia Pentecostes, respira tras las celebraciones de la Semana Santa con un alivio de orgullo satisfecho. Las plazas se llenaron, los jóvenes acudieron en masa y la jerarquía eclesial se regocija ante las estadísticas de una religiosidad popular que parece gozar de una salud de hierro. Sin embargo, tras las trompetas, los tambores y el aplauso a pasos, cofradías y desembarcos legionarios de buena muerte, se esconde una de las paradojas más amargas del siglo XXI: la consolidación de un "cristianismo identitario", que supone la transformación de la fe en un marcador de identidad política y el abandono sistemático del fundamento de las Bienaventuranzas.

Este fenómeno sociopolítico ha convertido la figura de Jesús en un tótem cultural utilizado para marcar fronteras ideológicas. Bajo este barniz, la fe se ha vuelto de escaparatelíquida: se adapta con entusiasmo a la estética de las cofradías y al fervor de los ritos, pero se vacía del compromiso incómodo de las Bienaventuranzas. Es la religión convertida en patrimonio y trinchera; una cáscara que la jerarquía eclesiástica española, en un calculado error evangélico, entrega hoy en bandeja de plata —igual que la cabeza del Bautista a la voluntad de un poder caprichoso— como aval moral para el relato de la derecha y la ultraderecha. La Iglesia española, con una mezcla de aquiescencia y entusiasmo, ha permitido que la fe deje de ser un camino de seguimiento a un Jesús pobre y perseguido para convertirse en un estandarte de la batalla cultural.

El Cristo secuestrado por sus ejecutores

Una de las imágenes más icónicas y aplaudidas de la Semana Santa es tan poderosa como contradictoria: una multitud jalea a un cuerpo militar que, con paso marcial y fusil al hombro, traslada un crucificado. Hay una amnesia colectiva en este rito. Olvidamos que a Jesús lo crucificaron, precisamente, unos legionarios. Lo denunció el orden establecido y lo ejecutó el Imperio, Los inmóviles garantes de los privilegios y el orden social y la fuerza militar ocupante, no toleraban a un galileo que hablaba de que los últimos serían los primeros.

Hoy, en España, el relato se ha invertido. El crucificado ya no es el símbolo de las víctimas del sistema, sino el trofeo de un sistema que se autodenomina cristiano para excluir al diferente. El compromiso con las personas vulnerables —migrantes que llegan en patera, familias desahuciadas, mujeres que sufre violencia, jóvenes sin futuro— ha sido sustituido por un compromiso estético. Se puede llorar ante una talla de madera el Jueves Santo y, al día siguiente, votar o jalear discursos de exclusión que niegan el pan y la sal al otro, al extraño que no encaja en nuestra identidad nacional

Una fe líquida y una jerarquía en la trinchera

Una identidad sin compromiso y una fe que no incomoda porque no exige fraternidad real, así es la fe líquida de la sociedad actualUna religiosidad que se adapta al recipiente del sentimiento y la tradición, pero que no empapa la vida ni cuestiona la injusticia. Las y los jóvenes acuden a las cofradías buscando una pertenencia que la sociedad secularizada no les da, pero lo hacen sin el estorbo de las Bienaventuranzas.

Y en mitad de este escenario, los obispos han elegido la comodidad de la trinchera.  Ante cambios legislativos y decisiones ejecutivas sobre una amplia diversidad de cuestiones, la reacción de los obispos no es la del acompañamiento pastoral o la propuesta que empiece por la justicia social, tal como la Doctrina Social de la Iglesia promueve. Al contrario, han optado por el lenguaje de la confrontación política, a través de documentos pastorales, cartas en la prensa amiga e incluso homilías el Domingo de Resurrección, sirviendo los argumentos de la estrategia ultra reaccionaria en bandeja de plata. Al hacerlo, han optado por ser los guardianes de un relato cultural en lugar de los pastores de una comunidad profética. Han preferido el éxito de las formas a pesar de que el fondo evangélico se difumina en la alianza con el poder.

La resistencia en los márgenes

Pero en medio de este despliegue de banderas, ruido de tambores y procesiones, sobrevive una Iglesia silenciosa que se niega a ser moneda de cambio. Parroquias de barrio que no salen en los telediarios, comunidades religiosas que siguen abriendo sus puertas al migrante sin preguntar su procedencia, laicos y laicas, hombres y mujeres creyentes, que entienden que el Reino de Dios no se defiende con leyes, sino con gestos de ternura radical.

Estos sectores, hoy arrinconados por una jerarquía que prefiere el aplauso de la plaza pública al "olor a oveja", representan la verdadera resistencia. Son el recordatorio constante de que, frente al cristianismo identitario, siempre habrá un Jesús real que camina fuera de la procesión. Su evidente soledad institucional es, seguramente, la prueba más clara de su fidelidad a un Maestro que nunca quiso ser bandera, sino refugio.

En este tiempo de Pascua, la verdadera pregunta no es cuántas personas salieron a la calle, sino cuántos de esos corazones están dispuestos a reconocer al Resucitado en el rostro del vulnerable. Mientras la jerarquía siga celebrando el éxito de las formas mientras el fondo evangélico se pudre en la alianza con el poder político, la Iglesia española seguirá ganando batallas culturales, pero perdiendo, irremediablemente, su autoridad moral y su fidelidad al Maestro. Es hora de decidir si la Cruz sigue siendo el instrumento de un ajusticiado que nos llama a la fraternidad universal, o si ha quedado reducida a un accesorio de gala en el desfile de una identidad que ya no sabe —ni quiere— reconocer a quien sufre, al vulnerable.

Cuando las imágenes regresan a la penumbra de sus templos y el silencio recupera su sitio en las plazas, queda al descubierto la verdad de lo que somos. El Evangelio no es un patrimonio que se hereda ni un trofeo que se exhibe para marcar territorio al lado de los heraldos de la identidad excluyente; es una fraternidad vivida, casi siempre sin aplausos, en los rincones donde nadie quiere mirar ni mucho menos ir. Si la Iglesia española no es capaz de romper su idilio con los privilegios y recuperar el olor a oveja que reclamaba Francisco, seguirá siendo una imponente cáscara cultural en una sociedad que ya no busca en ella ni consuelo ni sentido.

Al final, nuestro legado no se va a medir por la altura o el peso de los pasos cofrades ni por la pureza de los dogmas de trinchera, sino por nuestra capacidad de reconocer el rostro del Crucificado en los heridos de nuestra propia orilla. Porque donde se abraza el privilegio y se olvida la justicia, Cristo ya no está allí; se ha marchado con las personas más vulnerables a esperar el amanecer de una Pascua que no entiende de bandejas de plata.