miércoles, 8 de abril de 2026

CRISTIANISMO IDENTITARIO. CUANDO LA FE SE SIRVE EN BANDEJA DE PLATA

De las Bienaventuranzas a la trinchera política 

Cuando el estruendo de los tambores y el brillo de las galas termina silenciando el susurro, mucho más exigente y radical, del Evangelio, la fe corre el riesgo de convertirse en un simple marcador de identidad política. En este escenario, el rito se vuelve una trinchera y la devoción una cáscara vacía que se entrega en bandeja de plata al servicio nostálgico del mismo orden y exclusión que crucificó a Jesús. Porque, al terminar la procesión, la pregunta sigue siendo la misma que hace dos mil años: ¿hemos salido a la calle para defender nuestra herencia o para realmente encarnar Su Mensaje? Un cristianismo que abraza lo primero y vuelve la cara al vulnerable quizá sea una impecable tradición, pero ha dejado de ser Evangelio

Acaban de guardarse los capirotes y el olor a incienso en las calles se evapora, hasta el año que viene. España, aún sin saber que la Pascua continúa en estos cincuenta días que caminan hacia Pentecostes, respira tras las celebraciones de la Semana Santa con un alivio de orgullo satisfecho. Las plazas se llenaron, los jóvenes acudieron en masa y la jerarquía eclesial se regocija ante las estadísticas de una religiosidad popular que parece gozar de una salud de hierro. Sin embargo, tras las trompetas, los tambores y el aplauso a pasos, cofradías y desembarcos legionarios de buena muerte, se esconde una de las paradojas más amargas del siglo XXI: la consolidación de un "Jesusismo identitario", que supone la transformación de la fe en un marcador de identidad política y el abandono sistemático del fundamento de las Bienaventuranzas.

Este fenómeno sociopolítico ha convertido la figura de Jesús en un tótem cultural utilizado para marcar fronteras ideológicas. Bajo este barniz, la fe se ha vuelto líquida: se adapta con entusiasmo a la estética de las cofradías y al fervor de los ritos, pero se vacía del compromiso incómodo de las Bienaventuranzas. Es la religión convertida en patrimonio y trinchera; una cáscara que la jerarquía eclesiástica española, en un calculado error evangélico, entrega hoy en bandeja de plata —igual que la cabeza del Bautista a la voluntad de un poder caprichoso— como aval moral para el relato de la derecha y la ultraderecha. La Iglesia española, con una mezcla de aquiescencia y entusiasmo, ha permitido que la fe deje de ser un camino de seguimiento a un Jesús pobre y perseguido para convertirse en un estandarte de la batalla cultural.

El Cristo secuestrado por sus ejecutores

Una de las imágenes más icónicas y aplaudidas de la Semana Santa es tan poderosa como contradictoria: una multitud jalea a un cuerpo militar que, con paso marcial y fusil al hombro, traslada un crucificado. Hay una amnesia colectiva en este rito. Olvidamos que a Jesús lo crucificaron, precisamente, unos legionarios. Lo denunció el orden establecido y lo ejecutó el Imperio, Los inmóviles garantes de los privilegios y el orden social y la fuerza militar ocupante, no toleraban a un galileo que hablaba de que los últimos serían los primeros.

Hoy, en España, el relato se ha invertido. El crucificado ya no es el símbolo de las víctimas del sistema, sino el trofeo de un sistema que se autodenomina cristiano para excluir al diferente. El compromiso con las personas vulnerables —migrantes que llegan en patera, familias desahuciadas, mujeres que sufre violencia, jóvenes sin futuro— ha sido sustituido por un compromiso estético. Se puede llorar ante una talla de madera el Jueves Santo y, al día siguiente, votar o jalear discursos de exclusión que niegan el pan y la sal al otro, al extraño que no encaja en nuestra identidad nacional. Una identidad sin compromiso y una fe que no incomoda porque no exige fraternidad real.

Una fe líquida y una jerarquía en la trinchera

así es la fe líquida de la sociedad actual. Una religiosidad que se adapta al recipiente del sentimiento y la tradición, pero que no empapa la vida ni cuestiona la injusticia. Las y los jóvenes acuden a las cofradías buscando una pertenencia que la sociedad secularizada no les da, pero lo hacen sin el estorbo de las Bienaventuranzas.

Y en mitad de este escenario, los obispos han elegido la comodidad de la trinchera.  Ante cambios legislativos y decisiones ejecutivas sobre una amplia diversidad de cuestiones, la reacción de los obispos no es la del acompañamiento pastoral o la propuesta que empiece por la justicia social, tal como la Doctrina Social de la Iglesia promueve. Al contrario, han optado por el lenguaje de la confrontación política, a través de documentos pastorales, cartas en la prensa amiga e incluso homilías el Domingo de Resurrección, sirviendo los argumentos de la estrategia ultra reaccionaria en bandeja de plata. Al hacerlo, han optado por ser los guardianes de un relato cultural en lugar de los pastores de una comunidad profética. Han preferido el éxito de las formas a pesar de que el fondo evangélico se difumina en la alianza con el poder.

La resistencia en los márgenes

Pero en medio de este despliegue de banderas, ruido de tambores y procesiones, sobrevive una Iglesia silenciosa que se niega a ser moneda de cambio. Parroquias de barrio que no salen en los telediarios, comunidades religiosas que siguen abriendo sus puertas al migrante sin preguntar su procedencia, laicos y laicas, hombres y mujeres creyentes, que entienden que el Reino de Dios no se defiende con leyes, sino con gestos de ternura radical.

Estos sectores, hoy arrinconados por una jerarquía que prefiere el aplauso de la plaza pública al "olor a oveja", representan la verdadera resistencia. Son el recordatorio constante de que, frente al Jesusismo identitario, siempre habrá un Jesús real que camina fuera de la procesión. Su evidente soledad institucional es, seguramente, la prueba más clara de su fidelidad a un Maestro que nunca quiso ser bandera, sino refugio.

En este tiempo de Pascua, la verdadera pregunta no es cuántas personas salieron a la calle, sino cuántos de esos corazones están dispuestos a reconocer al Resucitado en el rostro del vulnerable. Mientras la jerarquía siga celebrando el éxito de las formas mientras el fondo evangélico se pudre en la alianza con el poder político, la Iglesia española seguirá ganando batallas culturales, pero perdiendo, irremediablemente, su autoridad moral y su fidelidad al Maestro. Es hora de decidir si la Cruz sigue siendo el instrumento de un ajusticiado que nos llama a la fraternidad universal, o si ha quedado reducida a un accesorio de gala en el desfile de una identidad que ya no sabe —ni quiere— reconocer a quien sufre, al vulnerable.

Cuando las imágenes regresan a la penumbra de sus templos y el silencio recupera su sitio en las plazas, queda al descubierto la verdad de lo que somos. El Evangelio no es un patrimonio que se hereda ni un trofeo que se exhibe para marcar territorio al lado de los heraldos de la identidad excluyente; es una fraternidad vivida, casi siempre sin aplausos, en los rincones donde nadie quiere mirar ni mucho menos ir. Si la Iglesia española no es capaz de romper su idilio con los privilegios y recuperar el olor a oveja que reclamaba Francisco, seguirá siendo una imponente cáscara cultural en una sociedad que ya no busca en ella ni consuelo ni sentido.

Al final, nuestro legado no se va a medir por la altura o el peso de los pasos cofrades ni por la pureza de los dogmas de trinchera, sino por nuestra capacidad de reconocer el rostro del Crucificado en los heridos de nuestra propia orilla. Porque donde se abraza el privilegio y se olvida la justicia, Cristo ya no está allí; se ha marchado con las personas más vulnerables a esperar el amanecer de una Pascua que no entiende de bandejas de plata.

viernes, 27 de marzo de 2026

NO MÁS JUICIOS MORALES A COSTA DEL SUFRIMIENTO AJENO

 ¿Dónde termina el dogma y empieza la compasión? El caso de Noelia Castillo Ramos ha sacudido los cimientos de una sociedad que prefiere juzgar el dolor ajeno antes que comprenderlo. Entre el ruido mediático de los platós y las batallas judiciales, surge una pregunta que el teólogo Antonio Monclús ya anticipó: ¿puede ser la eutanasia un acto de coherencia cristiana? En estas líneas, intento explorar en la dignidad del discernimiento íntimo frente a la dictadura del juicio moral externo


La historia de Noelia Castillo Ramos no es solo un relato de dolor y tribunales; es el testimonio de una voluntad frente al estruendo de un mundo que pretendía decidir por ella. Su caso nos sitúa ante una frontera ética donde el ruido exterior —dogmas, leyes y presiones familiares— choca frontalmente con el yo interior, ese sagrario donde solo habita la verdad del que sufre.

Como bien plantea Antonio Monclús en su obra sobre la eutanasia como opción cristiana, la fe no puede ser una cadena que obligue al tormento. El cristianismo, en su esencia más pura, es una invitación a la compasión y a la libertad. Por ello, más que de "autonomía individual", debemos hablar de discernimiento. El discernimiento es ese proceso espiritual donde la persona, en diálogo con su propia trascendencia, comprende que la vida es un don del cual es administradora responsable, no esclava.

En este camino hacia el centro de uno mismo, resuena la "soledad sonora" de San Juan de la Cruz. Noelia habitó esa soledad durante meses de batalla judicial, encontrando en su interior la "música callada" que el resto del mundo, perdido en juicios morales, era incapaz de oír. Su decisión no fue un impulso ante el trauma, sino un acto de fidelidad a su propia conciencia, ese lugar donde, según Edith Stein, el ser humano ejerce su libertad más radical. Stein nos enseñó que el valor de la persona reside en su centro íntimo, un "castillo del alma" que ni siquiera Dios invade, y que debe ser respetado por encima de cualquier estructura social o religiosa.

Es, sin embargo, en medio de este discernimiento sagrado donde emerge con crudeza el ruido oportunista. Resulta profundamente violento observar cómo el drama íntimo de Noelia ha sido colonizado por colectivos como abogados cristianos, tertulias y el espectáculo mediático de programas como el de Sonsoles Ónega, que convierten el lecho de muerte en un plató de debate. Este ruido no busca la verdad ni el consuelo, sino la autoafirmación ideológica y el índice de audiencia a costa del desgarro ajeno. Utilizar el sufrimiento de una mujer rota para alimentar guerras culturales o vender titulares es la antítesis de la caridad cristiana. Frente a quienes instrumentalizan el dolor para imponer su propia agenda moral, los “castillos interiores”, la “morada” de Santa Teresa, se levantan como un acto de resistencia: una denuncia contra la pornografía del sentimiento que olvida que, tras la noticia, hay un ser humano, como Noelia, ejerciendo su derecho más sagrado a la paz.

No hay cristianismo posible allí donde el juicio mediático se impone sobre la compasión, ni hay ética alguna en quien utiliza la cruz ajena como pedestal para su propia vanidad. Imponer la continuidad de un calvario irreversible bajo el pretexto de la moralidad es, en realidad, un acto de soberbia externa. El sufrimiento ajeno no puede ser el escenario de nuestras convicciones ideológicas, de ninguna. Cuando una persona como Noelia dice: "Solo quiero dejar de sufrir y estar en paz", está expresando un discernimiento maduro que se ha despojado de toda máscara.

Como concluye Monclús, el Evangelio es liberación, no una condena al suplicio biológico. Reconocer la eutanasia como una opción cristiana es admitir que el Dios de la Vida es, ante todo, un Dios de Amor que no desea el sacrificio inútil de sus hijos, de sus hijas, sino su descanso final en dignidad. Es hora de entender que la misericordia consiste en acompañar el silencio del otro, no en llenarlo con nuestras sentencias. Que las decisiones que afectan al final de la vida nazcan siempre de ese yo interior que busca la luz, y que el respeto sea la única respuesta ante quien, tras mucho luchar, decide entregar su carga. Porque, al final de la jornada, nadie tiene derecho a juzgar una cruz que no ha cargado sobre sus propios hombros. 

lunes, 16 de marzo de 2026

LA PARADOJA DE LA HORIZONTALIDAD

En tiempos de ruido y asamblearismo líquido, creo que es vital reivindicar la arquitectura representativa del PSOE como la única herramienta útil para afianzarnos como alternativa de gobierno en Castrillón y transformar la realidad de nuestras vecinas y nuestros vecinos.

Existe una fascinación contemporánea por lo asambleario, una suerte de romanticismo que identifica la salud democrática de un partido con la votación constante de su base. Sin embargo, la experiencia reciente de formaciones que nacieron para "asaltar los cielos" y terminaron en la irrelevancia parlamentaria nos dicta una lección clara: la horizontalidad absoluta es, a menudo, la antesala de la parálisis o del autoritarismo sin contrapesos.

El espejo de Podemos es hoy una advertencia histórica. Lo que comenzó como una impugnación total a los "viejos partidos" y sus estructuras representativas, acabó convertido en un hiper liderazgo plebiscitario donde la falta de órganos intermedios sólidos impidió el debate crítico. Sin una arquitectura orgánica que filtrara el ruido, la formación se consumió en su propia asamblea permanente, pasando de la hegemonía a la marginalidad extraparlamentaria. Mientras se discutía la pureza del método, la realidad seguía su curso sin esperarles.

Para el socialismo histórico, la democracia interna nunca fue un fin en sí mismo, sino la herramienta para engrasar una maquinaria capaz de gestionar la realidad. Como bien recordaba Ramón Rubial, la verdadera revolución se hace desde el BOE. Esta premisa no es una renuncia ideológica, sino una declaración de principios sobre la eficacia. Para cambiar la vida de la gente, no basta con levantar la mano en una plaza; hay que ganar elecciones, formar gobiernos, legislar y gestionar con rigor.

El modelo representativo del PSOE, lejos de ser un vestigio del pasado, es el que permite esa acción institucional. Los órganos representativos no son muros que separan a la dirección de la militancia, sino fusibles democráticos. Garantizan que el debate sea pausado y que las decisiones no dependan de estados de ánimo personales en un muro de redes sociales.

Sin embargo, asistimos con frecuencia a una curiosa metamorfosis del militante. Es habitual observar cómo la reivindicación de "más asamblea" y "democracia directa" florece con fuerza en quienes se encuentran fuera de los órganos de decisión. La horizontalidad se convierte entonces en el refugio de la minoría, en una bandera que se agita para cuestionar la legitimidad de las mayorías representativas. Lo paradójico es que, en cuanto esos mismos críticos acceden a los puestos de representación, la mística asamblearia suele evaporarse. La participación no puede ser un recurso táctico de quien pierde una votación, sino un compromiso con las normas que nos hemos dado.

Esta tensión se vuelve especialmente tóxica en la política municipal, más aún cuando nos toca ejercer la labor de oposición. No es raro encontrar al militante que, desde la comodidad del ego, exige someter a votación asamblearia cada posicionamiento político o cada fiscalización técnica que realiza el Grupo Municipal. Es el perfil que pone en duda permanente la labor de sus concejales y de su ejecutiva local, bajo el pretexto de una "pureza participativa" que, en la práctica, solo busca tutelar o debilitar la estrategia de fiscalización al gobierno de turno. Quien exige que el grupo municipal sea un mero transmisor de asambleas semanales olvida que la oposición requiere agilidad, unidad de mensaje y confianza en los equipos elegidos. Lo contrario no es democracia directa, es una fiscalización interna paralizante que solo beneficia a quienes hoy gobiernan nuestro ayuntamiento desde la acera de enfrente.

Esta contradicción se palpa en el día a día de las agrupaciones. No es extraño ver al militante que exige que "todo se vote" cuando su tesis es minoritaria, pero que apela al "respeto a las siglas" en el momento en que le toca gestionar un proyecto o formar parte de una ejecutiva. En la práctica, el asamblearismo se usa a menudo como un ariete contra la estructura, pero se abandona en cuanto surge la necesidad de tomar decisiones pragmáticas. Ser la alternativa de gobierno no permite el lujo de la asamblea perpetua; requiere una cohesión clara que demuestre a los vecinos que somos una organización seria y preparada para recuperar el mando.

Cuando un partido se despoja de su arquitectura representativa en favor de un asamblearismo líquido, ocurre la paradoja: el líder se encuentra solo ante una masa desarticulada, eliminando los cuadros críticos que deberían servir de contrapeso. Se confunde la participación con el plebiscito. Se confunde el liderazgo con la dominación.

La militancia socialista debe tener voz, y las primarias han sido un avance en legitimidad, pero el partido no puede convertirse en un foro de debate perpetuo que olvide su vocación de poder. El socialismo que transforma es el que entiende que la asamblea termina donde empieza la responsabilidad de la representación institucional, estatal, autonómica o local. Por todo ello, el debate sobre nuestro modelo no es una cuestión de fontanería orgánica, sino de pura supervivencia política. Como militantes, debemos entender que la mayor cota de participación no es la que nos permite fiscalizar obsesivamente a nuestros propios compañeros en cada asamblea, sino la que nos permite volver a ver nuestras ideas convertidas en derechos y en proyectos que mejoran la vida de la gente. Caer en la paradoja de la horizontalidad es elegir el narcisismo del debate perpetuo frente al objetivo colectivo compartido de recuperar la alcaldía. Nuestra fuerza reside en ser una organización que, respetando sus cauces de representación, se levanta con una única prioridad: que la democracia interna sea el motor para ganar y no el cómodo refugio de quien, desde la división, le hace el trabajo sucio a quienes hoy nos gobiernan. Sin unidad estratégica y respeto a nuestros equipos, la capacidad de transformar la realidad desde las instituciones seguirá siendo la quimera de un objetivo inalcanzable y no la utopía cotidiana que, tal como Lionel Jospin la definió, debe ser el día a día de la política de cercanía. 

lunes, 23 de febrero de 2026

23-F, 45 AÑOS DESPUÉS ALGUNOS VUELVEN A QUERER QUE ESPAÑA BAJE LA VOZ

Hay recuerdos que no se archivan en la memoria: se quedan viviendo en el cuerpo. El 23 de febrero de 1981 no lo entendí. Lo sentí.

Tenía trece años. Estaba en el salón de casa, con los deberes abiertos sobre la mesa camilla y el murmullo de la radio acompañando la tarde como un electrodoméstico más. Mi madre planchaba. Atardecía. La luz era amarilla, de invierno. Y entonces la voz del locutor se quebró.

Después, el ruido. Los disparos no sonaban como en las películas. Sonaban huecos. Secos. Reales. Y tras ellos, el silencio más largo que he escuchado nunca. Mi madre bajó la voz. Bajó la radio. Bajó el gesto. Igual que bajó el país entero.

Yo no sabía exactamente qué estaba pasando en el Congreso, pero entendí algo esencial: mi madre tenía miedo. Y cuando una madre, cuando un padre tiene miedo, el mundo se vuelve pequeño. Y esa noche España se acostó con miedo. No el miedo teatral que hoy se agita en redes sociales como si fuera un accesorio ideológico. No el miedo impostado que se sobreactúa en tertulias. Hablo del miedo antiguo. Del miedo que mis padres habían conocido de sus padres y que se empeñaron en no transmitirnos a nosotros. Del miedo que huele a silencio forzado y a persianas bajadas antes de tiempo.

Aquella generación —la de mis padres, la anterior de mis abuelos— no hablaba de la democracia como un concepto. La vivía como una conquista reciente, casi frágil. La habían visto nacer con cautela, prácticamente sin saber lo que era, tras la muerte de Franco. La protegían con una mezcla de esperanza y escepticismo, porque ni siquiera estaban seguros de que fuera definitiva. Para ellos, la dictadura no era un capítulo de libro de texto. Era una experiencia biográfica. Por eso aquella noche del 23-F no fue solo un golpe de Estado retransmitido por la radio. Fue el fantasma del pasado sentándose otra vez en la mesa camilla.

Yo seguí fingiendo que hacía los deberes. Pero miraba a mi madre. Ella no lloraba. No dramatizaba. Solo escuchaba en silencio, con esa dignidad callada de quienes han aprendido que el ruido nunca trae nada bueno. Recuerdo que el día finalizó tarde y que, seguramente, la noche de mis padres fue la prolongación del día sin fin que fue aquel 23-F. No lo recuerdo, pero seguramente pensé —con la lógica limitada de un adolescente—, que si los mayores estaban asustados, algo verdaderamente serio estaba ocurriendo. Y ocurrió.

Cuando al día siguiente amaneció y supimos que la intentona había fracasado, el país respiró como quien sale a la superficie después de haber estado demasiado tiempo bajo el agua. España amaneció agradecida. No eufórica. No vengativa. Agradecida.

Agradecida porque la democracia —esa palabra entonces joven— seguía en pie. Agradecida porque el ruido de los sables no había vuelto a ordenar nuestras vidas. Agradecida porque, por una vez en nuestra historia contemporánea, el futuro no se había escrito con botas.

Y en esa gratitud hubo algo profundamente colectivo. La sociedad callada. La que no sale en los libros. La que no toma el Congreso ni lo defiende con discursos épicos. La que simplemente quiere vivir en paz, trabajar, criar a sus hijos y votar cada cuatro años sin miedo. A pesar de que aquella mayoría social, tal como señala Javier Cercas, se acostó esperando que el golpe fracase, o que triunfase, esa mayoría silenciosa fue la verdadera protagonista de aquella noche. Lo digo así porque con el tiempo entendí lo que entonces no comprendía, que la democracia no es un punto de llegada. Es un equilibrio inestable. Un pacto diario entre diferentes. Un ejercicio de contención. Un acuerdo imperfecto que exige renuncias.

Con el paso de los años la convicción democrática se ha ido afianzando en mí antes que la identidad partidista. Lo digo con toda rotundidad porque creo en la política como una herramienta de modernización, de derechos, de dignidad colectiva. Lo digo porque mi lealtad última no es a un partido: es al sistema que permite que los partidos existan y se alternen sin tiros en el techo.

Eso, que parece obvio, hoy en día, desgraciadamente, no lo es. Hoy, cuando escucho banalizar el autoritarismo, cuando veo normalizar discursos que desacreditan las instituciones, cuando se juega con el desprestigio del Parlamento como si fuera un deporte de sobremesa, recuerdo aquella tarde de febrero y la voz quebrada del locutor. Lo conquistado puede perderse. Y perderlo cuesta poco.

Basta con erosionar la confianza en el adversario. Basta con convertir al discrepante en enemigo. Basta con repetir que el sistema no sirve hasta que alguien decida que hay que sustituirlo por algo “más eficaz”.

La historia europea del siglo XX está llena de democracias que murieron con aplausos.

Lo difícil no fue solo derrotar un golpe de Estado aquella noche. Lo difícil fue llegar hasta 1978. Lo difícil fue que una generación marcada por la guerra civil y la dictadura apostara por la reconciliación en lugar de por el ajuste de cuentas. Lo difícil fue sentarse con quien pensaba distinto y firmar un pacto constitucional que no era perfecto para nadie, pero aceptable para todos.

Eso costó décadas. Costó exilio. Costó cárcel. Costó silencio obligado. Costó renuncias personales que hoy nos parecerían inasumibles. La democracia española no nació de una moda. Nació del cansancio del dolor. Y, sin embargo, qué fácil es hoy despreciarla. Qué rápido se olvida que los sistemas democráticos no se desploman siempre con un estruendo. A veces se vacían por dentro. Se erosionan. Se ridiculizan. Se polarizan hasta el punto de hacer inviable la convivencia. No necesitamos tanques para perder libertades. Basta con acostumbrarnos al insulto. Basta con asumir que la verdad es relativa. Basta con creer que el adversario es ilegítimo.

Aquella noche del 23-F aprendí algo sin saberlo: la democracia no es irreversible. Lo supe en el silencio de mi madre. Lo confirmé al ver a tanta gente votar con una mezcla de responsabilidad y orgullo en cada elección. Lo entiendo ahora, como adulto, cuando veo a jóvenes que dan por descontados derechos que costaron generaciones enteras.

No escribo esto desde la nostalgia. Lo escribo desde la advertencia. No para dramatizar el presente. Pero sí para recordar que ningún sistema está blindado contra la indiferencia. La generación de mis abuelos tardó décadas en recuperar lo que perdió en unos meses. La de mis padres aprendió a protegerlo con prudencia. La nuestra tiene la tentación de darlo por garantizado. Y ahí reside el peligro.

El 23 de febrero de 1981 fue una noche larga. Pero al día siguiente amaneció. No porque la democracia fuera fuerte por naturaleza, sino porque una sociedad —con sus defectos, sus contradicciones y sus silencios— decidió que no quería volver atrás. La democracia no se defiende solo en los parlamentos. Se defiende en las casas. En los salones. En las conversaciones en voz baja. En la conciencia cívica de quienes, sin hacer ruido, sostienen el edificio común.

Aquella tarde yo era un niño que escuchaba disparos por la radio. Hoy soy un adulto que escucha otras formas de ruido. Y sé que lo verdaderamente peligroso no es el estruendo. Es acostumbrarse a él. Porque lo que costó medio siglo conquistar puede perderse en una generación distraída. Y entonces volveremos a bajar la voz.

Y ya no bastará con encender la radio para recuperar la esperanza. 

martes, 17 de febrero de 2026

REFLEXIÓN DE UN CREYENTE ANTE EL MURO DEL PASTOR

Pertenezco a una generación que forjó su fe en aquella Iglesia de la Transición que nos enseñó que el Evangelio no era un rito de espaldas al mundo, sino un compromiso de manos abiertas. Crecí y me formé en una comunidad que entendía la dimensión social de la fe como un imperativo moral. Ya en la década de los ochenta, junto a más jóvenes en grupos parroquiales y arciprestales, orienté mis años de juventud a seguir sembrando esa visión de una Iglesia encarnada, libre y valiente. Ese es mi motivo, mi cuna espiritual y la razón por la que, junto a más hermanos y hermanas en la fe, decidí firmar una carta de petición de rectificación al Arzobispo de Oviedo por sus vergonzosas afirmaciones contra la regularización de personas migrantes. No lo hice por ningún tipo de disidencia sino por lealtad a la Iglesia a la que pertenezco. La mismo que, desgraciadamente, hoy veo desdibujarse en manos de quien debería ser su guía respecto de aquella en la que crecí como creyente.

La respuesta del arzobispo a aquel escrito, en forma de carta semanal publicada en la prensa, lejos de ser el diálogo fraterno que se espera de un pastor, ha supuesto una decepción. Una más de las que como creyentes llevamos padeciendo los últimos 17 años en nuestra Iglesia de Asturias. Una frustración que es la constatación de un retroceso profundo en la capacidad de escucha y en la aplicación del mensaje de Cristo.

Lo que más duele de la respuesta episcopal es el tono de descalificación hacia quienes, con el Evangelio en la mano, planteamos una discrepancia. Al tildar nuestra crítica de "ataque despiadado" o de fruto de "fobias y filias" y "fracasos personales", el arzobispo Sanz Montes rompe el principio básico de la comunión. En lugar de acoger la inquietud de sus fieles como una oportunidad de discernimiento, opta por la trinchera. Para quien creció en la fe en la Iglesia del diálogo y la apertura, ver al pastor utilizar términos como "disidencias eclesiales conocidas" es asistir a una purga ideológica que nos expulsa del corazón de la diócesis.

La respuesta del arzobispo reincide en un discurso que sitúa el límite y la sospecha por encima de la acogida. Al insistir en que "todos no caben" o en la presencia de "delitos de sangre" e "intenciones terroristas" entre quienes llegan a nuestras fronteras, Sanz Montes se alinea con una retórica de exclusión que contradice la trayectoria de hospitalidad que nos enseña a ver a Cristo en el vulnerable. La “Iglesia hospital de campaña” de Francisco y León XIV que acoge, protege, promueve e integra, se transforma, en manos de Sanz Montes, en una institución que gestiona el miedo.

La desafección que esto provoca en no pocas personas creyentes es total: es el sentimiento de que el mensaje universal del Evangelio ha sido secuestrado por una visión sectaria que prefiere levantar muros dialécticos antes que tender puentes de misericordia.

Cincuenta años después de aquella primavera eclesial en la que tantas personas crecimos en la fe, el sentimiento actual es de un invierno gélido. La respuesta del arzobispo Sanz Montes no solo no rectifica, sino que profundiza en la división. Al presentarse como víctima de una "polémica de diseño" y despreciar la voz de creyentes que claman por coherencia evangélica, demuestra que ha dejado de ser el pastor de todos para convertirse en un maestro de la separación.

Ante este escenario de desolación pastoral, cabe preguntarse qué queda de aquella siembra en la que tantos crecimos en la fe. La respuesta del arzobispo evidencia la clausura final de una etapa para instaurar una Iglesia de fronteras y miedos. Sin embargo, la verdadera Iglesia nunca ha sido propiedad de sus jerarcas, sino del Espíritu que sopla donde quiere. Quizá este tiempo de desierto y desafección sirva para recordarnos que nuestra fidelidad no es hacia una estructura que nos ignora, sino hacia una Verdad que nos libera. Aunque los muros de la curia se vuelvan sordos y el pastor olvide su oficio de consuelo, la fe que vivimos nos sigue empujando a los márgenes, allí donde la acogida no sabe de cupos ni sospechas. Al final, la historia no juzgará a la Iglesia por la firmeza de sus dogmas excluyentes, sino por la anchura de su abrazo, porque fuera de ese abrazo el Evangelio es solo una campana que suena a vacío. 

jueves, 12 de febrero de 2026

FELIPE, CUANDO "DIOS" VOTA EN BLANCO

 Hubo un tiempo en que en el PSOE no hacía falta pronunciar su nombre completo. Bastaba con decir Felipe y el aire se volvía denso, casi reverencial. Ahora, cuando ese mismo hombre anuncia que votará en blanco, la frase cae como un tañido de campana que no llama a funeral, sino a examen de conciencia. No es solo una decisión personal: es un símbolo que obliga a preguntarnos qué ocurre cuando los "dioses" de ayer deciden descender a la urna con las manos vacías.


 Un voto en blanco y una memoria que empieza a doler

Hay una tristeza que no hace ruido. No es el estruendo de la ruptura ni el portazo del traidor. Es algo más sutil: el instante en que uno descubre que el referente que ayudó a levantar la casa ahora observa desde la acera de enfrente, con gesto severo, cómo otros la siguen construyendo.

Felipe González ha anunciado que votará en blanco si Pedro Sánchez es el candidato del PSOE. La frase, en apariencia aséptica, tiene una potencia simbólica devastadora. No es solo un gesto electoral: es un posicionamiento político, histórico y emocional. Y para la militancia no es indiferente. Porque no habla un comentarista cualquiera. Habla el hombre que durante catorce años encarnó el cambio, la modernización, la entrada en Europa, la reconversión dolorosa y la hegemonía indiscutida del socialismo democrático en España. Habla quien fue acusado de autoritario, de cesarista, de dominar el partido con puño de hierro. Habla el mismo a cuyo mandato la derecha llamó “felipismo” con el mismo desprecio con el que hoy pronuncia “sanchismo”. Y ahí empieza el nudo de esta historia.

El laboratorio del desprestigio

Conviene refrescar la memoria, ahora que algunos la administran con generosa amnesia. En los años ochenta y noventa, la derecha política y mediática convirtió el término “felipismo” en un arma arrojadiza. No era una descripción: era una descalificación. Se hablaba de personalismo, de asalto institucional, de control férreo del partido, de rodillo parlamentario. Se denunciaba una supuesta degradación democrática bajo el liderazgo de González. El lenguaje era casi calcado al que hoy escuchamos contra Sánchez. Cambian los nombres. Permanece la estrategia.

Lo de “sanchismo” no es un concepto académico ni una categoría política neutral. Es un señalamiento, una etiqueta diseñada para reducir un proyecto colectivo a la voluntad caprichosa de un solo hombre. Es la misma técnica que convierte la política en psicología barata: no se debaten leyes, se caricaturiza al líder. Que esa terminología sea hoy asumida —sin matices— por quien fue víctima de la misma operación resulta, como poco, paradójico.

Felipe González supo entonces que gobernar significaba incomodar. Que ampliar derechos, reordenar el poder territorial, redefinir alianzas internacionales o enfrentarse a intereses consolidados tenía costes. Supo que la derecha no le combatiría solo en las urnas, sino en el relato. Lo soportó. Lo resistió. Y lo ganó. Por eso desconcierta que ahora valide el mismo mecanismo contra su propio partido.

Militancia y legitimidad

Hay algo más profundo que la discrepancia política: la legitimidad. Pedro Sánchez no es el producto de un dedazo ni de una conjura palaciega. Ha sido elegido reiteradamente por la militancia en procesos internos abiertos, algunos de ellos dramáticos. Ha ganado primarias, ha perdido el poder interno y lo ha recuperado desde la base. Ha gobernado en minoría, en coalición y en condiciones parlamentarias complejas. Y ha vuelto a ganar elecciones cuando muchos le daban por amortizado.

Se puede discrepar de su estrategia territorial. Se pueden discutir sus pactos. Se puede criticar su estilo. Eso es política. Lo que no parece razonable es cuestionar su legitimidad democrática desde una superioridad moral autodefinida de manera implícita en cada palabra que dios pronuncia. Porque si algo caracteriza al PSOE contemporáneo es que ha interiorizado un principio que en los años ochenta era más discutible: el liderazgo no es carismático por designación histórica, sino por refrendo interno.

La militancia no es una corte ni un coro de siervos. Es una estructura viva que debate, vota y decide. Y ha decidido. Cuando González sugiere que votará en blanco, el mensaje que se filtra no es solo una discrepancia con una candidatura concreta. Es una desautorización simbólica de esa voluntad colectiva. Y eso duele más que la crítica.

La España del cambio… y la que después cambió

Felipe gobernó una España que salía de la Transición, con un bipartidismo emergente y una derecha aún en proceso de homologación democrática. El PSOE de los ochenta construyó el Estado del bienestar, consolidó la sanidad pública, universalizó la educación, ancló el país en Europa y redefinió la relación civil-militar.

Pero esa España ya no existe. Hoy el tablero es otro. La fragmentación parlamentaria es estructural. La pluralidad territorial se expresa con mayor intensidad. La ultraderecha ha entrado en las instituciones con normalidad inquietante. El Partido Popular ha asumido dinámicas de confrontación permanente y ha integrado en su estrategia a quienes cuestionan consensos básicos. Gobernar en este contexto no es administrar mayorías absolutas, sino tejer alianzas inestables. No es pactar desde la hegemonía, sino desde la aritmética compleja. Exige pragmatismo, sí, pero también una comprensión distinta de la pluralidad española.

Acusar al actual PSOE de romper España por negociar con fuerzas periféricas ignora una evidencia histórica: el propio González pactó con nacionalistas cuando lo necesitó. Lo hizo desde su contexto y con sus reglas. Hoy el contexto es otro, pero la lógica parlamentaria sigue siendo la misma: quien no suma, no gobierna. La diferencia es que ahora el adversario no es solo una derecha conservadora, sino una derecha radicalizada que ha normalizado discursos que cuestionan derechos ya conquistados.

El abrazo incómodo

Hay una imagen que resume la incomodidad de la militancia: ver a Felipe González aplaudido con entusiasmo en los mismos foros mediáticos que durante años lo denostaron. Cuando el antiguo líder socialista es utilizado como ariete contra el PSOE actual, el gesto adquiere una dimensión frustrante. No se trata de exigir adhesión acrítica. Se trata de comprender el impacto político de las palabras. En un clima de polarización, cada declaración es munición. Y el voto en blanco de un expresidente no es un gesto íntimo: es un mensaje público con efectos estratégicos.

La derecha ha encontrado en González una validación inesperada. No porque compartan su trayectoria histórica, sino porque les resulta útil su desacuerdo presente. Y ahí es donde el análisis político debe imponerse a la nostalgia.

Determinación frente a melancolía

Es legítimo sentir decepción. La política no es una religión, pero sí genera lealtades emocionales. Cuando una figura histórica toma distancia, el desconcierto es humano. Sin embargo, la socialdemocracia no puede instalarse en la melancolía. El PSOE no puede convertirse en un partido que mira constantemente por el retrovisor buscando la foto de 1982.  La legitimidad del proyecto socialista, antes y ahora, no descansa en la comparación sentimental con cualquier pasado, sino en su capacidad para responder a los desafíos presentes: transición ecológica, desigualdad, feminismo, derechos LGTBI, cohesión territorial, digitalización, defensa del Estado social frente al avance reaccionario.

El proyecto socialista no pertenece a una generación ni a un liderazgo concreto. Es una corriente histórica que ha sabido mutar sin perder su eje: ampliar derechos y proteger a las mayorías sociales. Si en los ochenta el adversario era el atraso estructural, hoy lo es la regresión democrática. Si entonces se trataba de entrar en Europa, hoy se trata de defender la Europa social frente a los populismos identitarios. No es el mismo combate. Pero sigue siendo combate.

De los nombres a las ideas

Quizá el mayor error del debate actual sea reducirlo a nombres propios. Felipe. Pedro. Antes “felipismo”. Ahora “sanchismo”. La política madura cuando supera el personalismo y se centra en proyectos. El PSOE no es la biografía de sus líderes, sino la suma de sus decisiones colectivas. La pregunta relevante no es qué papeleta depositará González en la urna. La pregunta es qué modelo de país está en juego. Uno en el que el Estado del bienestar se fortalece, la diversidad territorial se gestiona desde la política y no desde el choque, y los derechos civiles se amplían. O uno en el que la recentralización, el cuestionamiento de consensos básicos y la involución social encuentran espacio institucional. El voto en blanco, en ese contexto, no es neutral. Es una posición que influye en el equilibrio.

Una reflexión necesaria

Tal vez el problema no sea que Felipe haya cambiado. Tal vez el problema es que el tiempo ha cambiado a todos, y no todos lo aceptan igual. La historia tiene algo cruel: convierte en pasado incluso a quienes la escribieron. Y no hay liderazgo eterno ni contexto inmutable. Lo que ayer fue audacia hoy puede parecer exceso. Lo que ayer fue pragmatismo hoy puede verse como concesión.

Pero la legitimidad democrática no es hereditaria. Se renueva en cada elección, en cada congreso, en cada voto militante. El socialismo español sobrevivió a clandestinidad, exilio, escisiones, derrotas y mayorías absolutas. Sobrevivirá también a las discrepancias de sus figuras históricas. Porque un partido no es su pasado glorioso, sino su capacidad de seguir siendo útil. Y quizá ahí resida la lección más incómoda: la política no es un monumento de bronce o un jarrón chino, es un organismo vivo. Quien la concibe como estatua termina hablando desde el pedestal o desde la esquina en la que depositamos ciertas nostalgias para que no se nos rompan. Quien la entiende como proceso acepta que otros continúen la obra.

Felipe González forma parte indeleble de la historia del PSOE y de España. Eso no lo borra un voto en blanco. Pero tampoco un voto en blanco detiene el curso de un proyecto que ha decidido seguir caminando. La cuestión no es si los referentes se detienen. La cuestión es si las ideas que defendieron siguen avanzando. Y en tiempos de incertidumbre democrática, avanzar no es una opción estética. Es una responsabilidad histórica.

lunes, 9 de febrero de 2026

¿CÓMO CRECE TU JARDÍN, ALFONSO SERRANO?

 

En el relato ¿Cómo crece tu jardín?, Agatha Christie describe un lugar impecable. Las plantas crecen rectas, los tiempos cuadran, el paisaje transmite una sensación casi pedagógica de orden. Demasiado orden. Poirot no sospecha por lo que ve, sino por lo que no debería ser posible. Un jardín tan perfecto tiene algo de impostura. Alguien fuerza lo que se ve.

La política, como los jardines, también puede manipularse. No hace falta mentir de forma burda: basta con podar las preguntas incómodas, abonar el relato conveniente y ridiculizar a quien se atreve a señalar lo que no encaja. Eso fue lo que ocurrió cuando Alfonso Serrano, portavoz del PP madrileño, respondió con un “¿y tú cómo ligas?” a una pregunta sobre la gestión de una denuncia por acoso contra el alcalde de Móstoles. No fue una broma desafortunada. Fue una señal.

Utilizar esa pregunta como respuesta no es ni ingenioso ni espontáneo. Es una técnica. La contrapregunta como cortina de humo, como mecanismo para desplazar el foco y convertir al mensajero en sospechoso. En lugar de explicar cómo actúa un partido ante una denuncia grave, se cuestiona la legitimidad del periodista. El problema deja de ser el acoso y pasa a ser el tono de quien pregunta. El jardín vuelve a parecer ordenado.

Este recurso no es nuevo ni aislado. Miguel Tellado lo ha convertido en estilo: “¿Quién le escribe las preguntas, sra. Intxaurrondo?” como forma de desacreditar a la prensa cuando las cuestiones apuntan a la corrupción o a la falta de explicaciones. Isabel Díaz Ayuso ha perfeccionado la pregunta retórica como arma de distracción masiva: ante un problema concreto de su gestión, la respuesta suele ser otra pregunta dirigida al Gobierno central. ¿Y Sánchez? ¿Y el PSOE? ¿Y los demás?

La constante es clara: cuando el hecho es incómodo, no se responde; se contraataca.

Pero en el caso de Móstoles hay un elemento adicional que agrava el problema: el machismo. Porque trivializar una denuncia de acoso no es solo una maniobra política, es un mensaje cultural. Convertir la cuestión en un chascarrillo —“¿y tú cómo ligas?”— implica reducir una acusación grave a una broma de barra de bar, y trasladar la idea de que el problema no es el comportamiento denunciado, sino la susceptibilidad de quien lo señala.

Ese gesto, aparentemente ligero, tiene consecuencias profundas. Refuerza la idea de que denunciar tiene un coste: el descrédito, la burla, la sospecha. Y envía un aviso claro a otras posibles denunciantes: mejor callar que exponerse al escarnio público. No es una cuestión ideológica; es una cuestión de poder.

Todos los partidos, en todos los niveles y territorios, pueden enfrentarse a casos de acoso. Ninguna organización está blindada contra comportamientos abusivos individuales. La diferencia no está en que surjan denuncias, sino en cómo se reacciona cuando surgen. Ahí es donde se mide la cultura democrática de una organización.

Y ahí es donde el PP muestra una doble vara de medir difícil de disimular.

Cuando los casos afectan a adversarios políticos, el discurso es contundente: exigencia de dimisiones inmediatas, condenas morales sin matices, apelaciones constantes al feminismo y a la ejemplaridad. Cuando el foco se acerca a casa, el tono cambia: se habla de “disputas laborales”, se pone en duda la intención de la denunciante, se ironiza, se desvía la conversación. El jardín vuelve a arreglarse a toda prisa.

En ¿Cómo crece tu jardín?, el error de quien comete el crimen fatal es la confianza excesiva en que nadie mirará con atención. Que el decorado bastará. En política ocurre algo parecido: se confía en que el ruido, la polarización y la velocidad del debate impidan detenerse en los detalles. Pero los detalles importan. Importa cómo se responde. Importa qué se dice cuando se podría haber callado. Importa, sobre todo, qué se decide no decir.

La democracia no se degrada solo con leyes injustas o decisiones autoritarias. También se erosiona cuando la rendición de cuentas se convierte en espectáculo y la responsabilidad en sarcasmo. Cuando un representante público responde con una burla a una pregunta legítima, no está siendo ingenioso: está renunciando a su función.

El problema, en última instancia, no es Alfonso Serrano ni una frase concreta. El problema es un modelo de comunicación que normaliza la frivolización de la violencia machista, que convierte las denuncias en material para el combate partidista y que utiliza la ironía como coartada para no asumir responsabilidades.

Como en el jardín de Christie, todo parece crecer con normalidad hasta que alguien se detiene y observa. Hasta que alguien se pregunta por qué las flores están demasiado alineadas, por qué los tiempos no cuadran, por qué siempre se responde con otra pregunta. Y entonces el engaño empieza a resquebrajarse porque los jardines manipulados acaban delatándose. Y las culturas políticas que banalizan el acoso, también.

La pregunta, al final, no es cómo liga nadie. La pregunta es cómo responde un partido cuando tiene que elegir entre proteger a la víctima o proteger su relato.