Hay recuerdos que no se archivan en la memoria: se quedan
viviendo en el cuerpo. El 23 de febrero de 1981 no lo entendí. Lo sentí.
Tenía trece años. Estaba en el salón de casa, con los deberes
abiertos sobre la mesa camilla y el murmullo de la radio acompañando la tarde
como un electrodoméstico más. Mi madre planchaba. Atardecía. La luz era
amarilla, de invierno. Y entonces la voz del locutor se quebró.
Después, el ruido. Los disparos no sonaban como en las
películas. Sonaban huecos. Secos. Reales. Y tras ellos, el silencio más largo
que he escuchado nunca. Mi madre bajó la voz. Bajó la radio. Bajó el gesto. Igual
que bajó el país entero.
Yo no sabía exactamente qué estaba pasando en el Congreso,
pero entendí algo esencial: mi madre tenía miedo. Y cuando una madre, cuando un
padre tiene miedo, el mundo se vuelve pequeño. Y esa noche España se acostó con
miedo. No el miedo teatral que hoy se agita en redes sociales como si fuera un
accesorio ideológico. No el miedo impostado que se sobreactúa en tertulias.
Hablo del miedo antiguo. Del miedo que mis padres habían conocido de sus padres
y que se empeñaron en no transmitirnos a nosotros. Del miedo que huele a
silencio forzado y a persianas bajadas antes de tiempo.
Aquella generación —la de mis padres, la anterior de mis
abuelos— no hablaba de la democracia como un concepto. La vivía como una
conquista reciente, casi frágil. La habían visto nacer con cautela, prácticamente
sin saber lo que era, tras la muerte de Franco. La protegían con una mezcla de
esperanza y escepticismo, porque ni siquiera estaban seguros de que fuera
definitiva. Para ellos, la dictadura no era un capítulo de libro de texto. Era
una experiencia biográfica. Por eso aquella noche del 23-F no fue solo un golpe
de Estado retransmitido por la radio. Fue el fantasma del pasado sentándose
otra vez en la mesa camilla.
Yo seguí fingiendo que hacía los deberes. Pero miraba a mi
madre. Ella no lloraba. No dramatizaba. Solo escuchaba en silencio, con esa
dignidad callada de quienes han aprendido que el ruido nunca trae nada bueno. Recuerdo
que el día finalizó tarde y que, seguramente, la noche de mis padres fue la
prolongación del día sin fin que fue aquel 23-F. No lo recuerdo, pero
seguramente pensé —con la lógica limitada de un adolescente—, que si los
mayores estaban asustados, algo verdaderamente serio estaba ocurriendo. Y
ocurrió.
Cuando al día siguiente amaneció y supimos que la intentona
había fracasado, el país respiró como quien sale a la superficie después de
haber estado demasiado tiempo bajo el agua. España amaneció agradecida. No
eufórica. No vengativa. Agradecida.
Agradecida porque la democracia —esa palabra entonces joven—
seguía en pie. Agradecida porque el ruido de los sables no había vuelto a
ordenar nuestras vidas. Agradecida porque, por una vez en nuestra historia
contemporánea, el futuro no se había escrito con botas.
Y en esa gratitud hubo algo profundamente colectivo. La
sociedad callada. La que no sale en los libros. La que no toma el Congreso ni
lo defiende con discursos épicos. La que simplemente quiere vivir en paz,
trabajar, criar a sus hijos y votar cada cuatro años sin miedo. A pesar de que
aquella mayoría social, tal como señala Javier Cercas, se acostó esperando que
el golpe fracase, o que triunfase, esa mayoría silenciosa fue la verdadera
protagonista de aquella noche. Lo digo así porque con el tiempo entendí lo que
entonces no comprendía, que la democracia no es un punto de llegada. Es un
equilibrio inestable. Un pacto diario entre diferentes. Un ejercicio de
contención. Un acuerdo imperfecto que exige renuncias.
Con el paso de los años la convicción democrática se ha ido
afianzando en mí antes que la identidad partidista. Lo digo con toda rotundidad
porque creo en la política como una herramienta de modernización, de derechos,
de dignidad colectiva. Lo digo porque mi lealtad última no es a un partido: es
al sistema que permite que los partidos existan y se alternen sin tiros en el
techo.
Eso, que parece obvio, hoy en día, desgraciadamente, no lo
es. Hoy, cuando escucho banalizar el autoritarismo, cuando veo normalizar
discursos que desacreditan las instituciones, cuando se juega con el
desprestigio del Parlamento como si fuera un deporte de sobremesa, recuerdo
aquella tarde de febrero y la voz quebrada del locutor. Lo conquistado puede
perderse. Y perderlo cuesta poco.
Basta con erosionar la confianza en el adversario. Basta con
convertir al discrepante en enemigo. Basta con repetir que el sistema no sirve
hasta que alguien decida que hay que sustituirlo por algo “más eficaz”.
La historia europea del siglo XX está llena de democracias
que murieron con aplausos.
Lo difícil no fue solo derrotar un golpe de Estado aquella
noche. Lo difícil fue llegar hasta 1978. Lo difícil fue que una generación
marcada por la guerra civil y la dictadura apostara por la reconciliación en
lugar de por el ajuste de cuentas. Lo difícil fue sentarse con quien pensaba
distinto y firmar un pacto constitucional que no era perfecto para nadie, pero
aceptable para todos.
Eso costó décadas. Costó exilio. Costó cárcel. Costó silencio
obligado. Costó renuncias personales que hoy nos parecerían inasumibles. La
democracia española no nació de una moda. Nació del cansancio del dolor. Y, sin
embargo, qué fácil es hoy despreciarla. Qué rápido se olvida que los sistemas
democráticos no se desploman siempre con un estruendo. A veces se vacían por
dentro. Se erosionan. Se ridiculizan. Se polarizan hasta el punto de hacer
inviable la convivencia. No necesitamos tanques para perder libertades. Basta
con acostumbrarnos al insulto. Basta con asumir que la verdad es relativa.
Basta con creer que el adversario es ilegítimo.
Aquella noche del 23-F aprendí algo sin saberlo: la
democracia no es irreversible. Lo supe en el silencio de mi madre. Lo confirmé
al ver a tanta gente votar con una mezcla de responsabilidad y orgullo en cada
elección. Lo entiendo ahora, como adulto, cuando veo a jóvenes que dan por
descontados derechos que costaron generaciones enteras.
No escribo esto desde la nostalgia. Lo escribo desde la
advertencia. No para dramatizar el presente. Pero sí para recordar que ningún
sistema está blindado contra la indiferencia. La generación de mis abuelos
tardó décadas en recuperar lo que perdió en unos meses. La de mis padres
aprendió a protegerlo con prudencia. La nuestra tiene la tentación de darlo por
garantizado. Y ahí reside el peligro.
El 23 de febrero de 1981 fue una noche larga. Pero al día
siguiente amaneció. No porque la democracia fuera fuerte por naturaleza, sino
porque una sociedad —con sus defectos, sus contradicciones y sus silencios—
decidió que no quería volver atrás. La democracia no se defiende solo en los
parlamentos. Se defiende en las casas. En los salones. En las conversaciones en
voz baja. En la conciencia cívica de quienes, sin hacer ruido, sostienen el
edificio común.
Aquella tarde yo era un niño que escuchaba disparos por la
radio. Hoy soy un adulto que escucha otras formas de ruido. Y sé que lo
verdaderamente peligroso no es el estruendo. Es acostumbrarse a él. Porque lo
que costó medio siglo conquistar puede perderse en una generación distraída. Y
entonces volveremos a bajar la voz.
Y ya no bastará con encender la radio para recuperar la esperanza.