Nos encontramos en pleno escenario de adelanto electoral de cara a las Elecciones Generales de 2026, y la ciudadanía asiste al tradicional bombardeo de consignas, promesas y, sobre todo, con cada vez más desconcierto, al baile de relatos económicos interesados que retuercen la realidad hasta el extremo. De entre todos los datos que la derecha y las patronales lanzan recurrentemente a la opinión pública, hay uno que se ha convertido en el auténtico mantra de la temporada: el "récord de absentismo laboral". Nos repiten con insistencia que más de un millón de personas faltan cada día a su puesto y que la factura de las bajas médicas asfixia la competitividad de las empresas. Sin embargo, más allá de que quienes políticamente utilizan ese relato sean quienes se opusieron a la reforma laboral que benefició a la clase trabajadora, tras la frialdad de estos titulares alarmistas se esconde una profunda trampa semántica, una manipulación interesada del lenguaje que busca moldear nuestra ideología a base de deshumanizar las estadísticas. Porque cuando nos detenemos a analizar qué meten realmente en ese concepto, descubrimos la cruda realidad: el verdadero absentismo no es el de quien enferma o ejerce un permiso legal, sino el de aquellas organizaciones que se abstienen de respetar la ley y la dignidad de las personas.
Para los departamentos de Recursos Humanos y las grandes consultoras, el absentismo se mide con una regla puramente numérica: horas que la empresa esperaba que trabajaras frente a horas reales trabajadas. Bajo esta lógica del Excel, se crea un "cajón de sastre estadístico" en el que se mezcla de forma deliberada e interesada el fraude laboral con realidades radicalmente opuestas, que van desde un tratamiento oncológico o una convalecencia por accidente hasta el ejercicio de permisos retribuidos o los periodos de conciliación familiar garantizados por el Estado. Llamar "absentismo" a cualquier ausencia autorizada y protegida por ley es una flagrante maniobra de deshumanización. La Real Academia Española define este término como la "abstención deliberada de acudir al trabajo", por lo que un empleado hospitalizado o alguien atendiendo a su familia no se abstienen de forma caprichosa; están lidiando con su salud o ejerciendo un derecho consolidado. Reducir la vulnerabilidad humana o el bienestar familiar a un simple porcentaje de pérdidas de productividad es el primer paso para estigmatizar y criminalizar al eslabón más débil de la cadena laboral.
El relato político de formaciones como el Partido Popular y Vox —muy alineado con las demandas de la patronal— insiste en que este incremento del coste de las bajas se debe a un abuso generalizado que debe combatirse endureciendo los controles. Las soluciones propuestas por las derechas pasan por dar mayor poder a las mutuas privadas para otorgar altas médicas o revisar los complementos salariales que garantizan el sueldo íntegro durante los días de ausencia. Pero lo que este discurso omite deliberadamente son las verdaderas causas estructurales que explican la realidad laboral en la España de 2026. Por un lado, nos encontramos ante una población activa progresivamente envejecida, cuyos cuerpos sufren el desgaste de décadas de actividad. Por otro lado, el incremento en la duración de algunas bajas no puede usarse como arma arrojadiza sin analizar el mapa político y la gestión ideológica de la salud; la realidad sanitaria es profundamente desigual según la Comunidad Autónoma, y en aquellas regiones donde se ejecutan políticas que detraen conscientemente recursos de la sanidad pública para beneficiar a la privada, los tiempos de diagnóstico se alargan de forma alarmante. Esto no es una justificación para las empresas, sino una consecuencia directa de un modelo que debilita el escudo social del trabajador en favor del rendimiento de las mutuas y clínicas privadas. A esto se suma que los periodos de descanso legalmente protegidos, como el nacimiento, no suponen un coste directo de salario para la empresa al ser cubiertos por la Seguridad Social, por lo que el malestar corporativo responde más a una resistencia hacia la flexibilidad organizativa que a una pérdida económica real.
Esta ideología del gráfico a toda costa encuentra su reflejo más injusto en sectores con culturas corporativas rígidas o fuertemente ideologizadas —como ocurre a menudo en la educación concertada o ciertas clínicas privadas—, donde las necesidades humanas se siguen viendo como una afrenta al rendimiento. Es aquí donde las empresas utilizan la trampa de la temporalidad para saltarse el espíritu de la ley. El modus operandi consiste simplemente en dejar morir los contratos aprovechando los fines de ciclo o las fechas de renovación, como el clásico primero de septiembre en los colegios. Si un trabajador resulta incómodo porque ha tenido que ausentarse debido a una enfermedad, un accidente o un proceso familiar, la empresa se limita a no renovarlo bajo la excusa de que el contrato ha expirado. Aunque judicialmente la legislación laboral protege al empleado frente a la discriminación, la realidad de la calle se aprovecha del desgaste psicológico y de la necesidad inmediata de ingresos de la persona afectada. Es en ese preciso instante donde se consuma el verdadero absentismo: el de la empresa que se abstiene por completo de su responsabilidad social.