miércoles, 29 de abril de 2026

DEL BIENESTAR PRIVADO A LA QUEJA PÚBLICA. LA DEMOCRACIA EN EL DESVÁN

El Informe Horizontes: Una radiografía de España, publicado en abril de 2026 por la consultora estratégica H/Advisors, nace con la ambición de ser mucho más que una encuesta de opinión. Pretende ser un mapa de navegación para entender el "cambio de época" que atraviesa el país. A través de una metodología que cruza datos macroeconómicos con el sentir de la calle, el documento disecciona las tensiones de una sociedad que navega entre la resiliencia económica y el agotamiento institucional. Un informe que se eleva por encima del análisis coyuntural con la participación de voces de referencia como Elena Pisonero, José María Lasalle o Belén Barreiro, que reflejan en sus diagnósticos las brechas de la desafección democrática y la polarización. De esa colisión entre la realidad que vivimos y el país que percibimos nace también esta reflexión personal. Una alerta sobre el riesgo de sacrificar lo común en el altar de nuestro confort particular.

Vivimos una época de esquizofrenia estadística. Si uno analiza los indicadores de micro-bienestar en España —niveles de consumo, resiliencia del ahorro privado, satisfacción con la vida familiar o el ocio— se encuentra con un país que resiste con una tenacidad asombrosa. Sin embargo, si uno abre el Informe Horizontes o cualquier termómetro de opinión, la imagen que devuelve el espejo es la de una nación en descomposición, sumida en una desafección que ya no es solo política, sino sistémica.

Esta brecha entre lo que vivimos en el salón de casa y lo que proyectamos sobre la plaza pública no es una simple curiosidad sociológica. Es una advertencia social de primer orden. Lo que está en riesgo no es solo la estabilidad de un gobierno o la credibilidad de una encuesta; lo que está en riesgo es la propia arquitectura de la convivencia democrática.

La gestión del bienestar al margen del Estado

El ciudadano contemporáneo ha realizado un aprendizaje silencioso pero radical: ha aprendido a gestionar su bienestar al margen de lo público. Tras años de crisis encadenadas, se ha instalado la idea de que el Estado es un ente paquidérmico, ruidoso y, en última instancia, ineficiente para garantizar la felicidad individual. La respuesta ha sido el refugio en la "burbuja privada".

Esta desconexión se manifiesta de forma dramática en el tema de la vivienda, que el informe revela como la preocupación número uno de los españoles. Existe una percepción generalizada de que la vivienda es un problema abandonado por la clase política, donde el individuo siente que debe batallar solo contra el mercado. Lo paradójico es que esta sensación de abandono persiste incluso cuando el Gobierno actual ha intentado situar la vivienda como "el quinto pilar del Estado de bienestar" a través de leyes estatales y legislaciones autonómicas allí donde gobierna la izquierda. El hecho de que estas políticas no calmen la ansiedad colectiva demuestra que el ciudadano ha dejado de "leer" la acción del Estado como una solución. El ruido de la desafección es tan alto que impide ver el andamiaje institucional que se intenta construir.

Pero aquí reside el gran error de interpretación de muchos analistas. Se tiende a pensar que este repliegue al ámbito privado conlleva un desentendimiento total del "relato de país". Nada más lejos de la realidad. Como bien advierte el análisis de figuras como José María Lassalle, el ciudadano no se desentiende; lo que hace es comprar un relato de país concreto. Cuando mi economía "resiste" y mi entorno es seguro, no me vuelvo apolítico. Me vuelvo protector de mi isla. Y es ahí donde el discurso de la polarización encuentra un terreno fértil. El ciudadano que siente que ha prosperado "a pesar" del sistema, y no gracias a él, es el cliente perfecto para quienes señalan culpables, para la ultraderecha que blanquea sus soflamas bajo el barniz del "sentido común" y para una derecha que, en su afán de poder, ha terminado por validar marcos mentales que antes eran marginales.

La compra del relato del miedo y la invención de problemas

La queja pública se ha convertido en un mecanismo de defensa. El individuo que disfruta de su bienestar privado siente una amenaza constante: la idea de que "los otros" (las instituciones, la inmigración, las políticas de igualdad, el adversario ideológico) vienen a saquear su refugio.

Aquí es donde el sesgo se vuelve peligroso: el relato de la ultraderecha y de una derecha mimetizada a menudo no se alinea con la realidad social, sino que intenta crear una nueva. Un ejemplo flagrante es el mantra de la "prioridad nacional" que VOX y sectores del PP han colocado en el centro del tablero. Mientras el discurso político insiste en presentar la inmigración como una amenaza existencial para el bienestar de los españoles, el Informe Horizontes arroja un dato revelador: la migración aparece sistemáticamente como una de las preocupaciones con menor índice en la inquietud real de los ciudadanos.

Existe, por tanto, un esfuerzo deliberado por "importar" un conflicto que el ciudadano no vive en su cotidianeidad, pero que acaba comprando en el plano retórico. Al carecer de un compromiso personal crítico para discernir que gran parte de ese pesimismo es una construcción mediática y política, el ciudadano acaba creyendo que la única forma de salvar su bienestar privado es dinamitar el espacio público para protegerse de "problemas" que las propias encuestas sitúan en la periferia de su interés real. Se compra el relato del "caos" porque el miedo es el único pegamento que une al individuo aislado con la política de trinchera.

La erosión del respaldo a la democracia

La advertencia es clara: la desafección hacia la democracia no nace de la pobreza extrema, sino de la pérdida de un proyecto compartido. Si el bienestar es privado y la queja es pública, la democracia deja de ser el tablero de juego para convertirse en el enemigo.

Cuando el Informe refleja que los españoles ven el futuro con una oscuridad que no se corresponde con sus hábitos de gasto o su estabilidad personal, lo que nos está diciendo es que hemos dejado de creer en la democracia como un sistema capaz de articular una esperanza común. La democracia requiere una dosis mínima de optimismo colectivo para funcionar. Sin ella, el ciudadano prefiere al "señalador", al líder fuerte que promete proteger su burbuja privada frente a ese desastre imaginario (pero percibido como real) que ocurre fuera de sus cuatro paredes.

Conclusión: La profecía autocumplida

El peligro real es que este sesgo de percepción termine por convertirse en una profecía autocumplida. Si seguimos alimentando una queja pública incendiaria mientras nos refugiamos en un bienestar privado egoísta, terminaremos por destruir las instituciones que, aunque no las sintamos presentes en nuestro día a día, son las únicas que garantizan que esa burbuja no estalle.

La democracia está en riesgo porque estamos dejando que el relato del odio sea el único puente entre nuestra vida privada y la realidad del país. Si no somos capaces de ejercer una higiene democrática individual, de entender que nuestra resistencia personal es la base para una reconstrucción colectiva, acabaremos entregando las llaves de nuestra casa a quienes prometen protegernos de un monstruo que ellos mismos han inventado. 

El bienestar privado sin compromiso público no es libertad; es solo la antesala de una servidumbre voluntaria bajo el mando de quienes han hecho de la queja y la polarización su mayor industria. En última instancia, la verdadera salud de una democracia no se mide solo en el PIB o en la capacidad de consumo de sus hogares, sino en la calidad del hilo que une nuestra vida privada con el destino del vecino. El Informe Horizontes nos ha puesto frente a un espejo incómodo: el de una sociedad que, mientras asegura sus ventanas, deja que la estructura del edificio se pudra por falta de atención.

No podemos permitir que el "bienestar" sea el sedante que nos haga aceptar relatos de odio o prioridades inventadas. El compromiso con lo público empieza por el esfuerzo individual de no comprar el apocalipsis ajeno cuando nuestra propia realidad nos dicta otra cosa. Al final, la democracia no es algo que nos dan hecho; es algo que protegemos cada vez que decidimos que el bienestar del otro nos importa tanto como el propio. Es hora de bajar del desván, sacudir el polvo de nuestra desafección por lo común y volver a habitar la plaza pública con una mirada crítica, sí, pero también honesta. Porque ninguna habitación puede mantenerse segura si permitimos que se desmorone el edificio entero.

 

jueves, 23 de abril de 2026

DE LA GESTIÓN A LA EXCLUSIÓN. LA "PRIORIDAD NACIONAL" COMO ANTESALA TOTALITARIA

La historia política enseña que los cambios sistémicos no suelen ocurrir de forma súbita, sino mediante la erosión gradual de los consensos éticos. La tesis que aquí se plantea sostiene que el concepto de "prioridad nacional", tal como lo formula VOX, no es simplemente una medida de ahorro administrativo, sino la reconstrucción del marco mental que permitió el ascenso del nacionalsocialismo: la idea de que el derecho individual debe supeditarse a una identidad nacional excluyente.

La quiebra de la igualdad universal

En Mein Kampf, Adolf Hitler sostiene que "el derecho personal a la vida solo puede estar en relación con la utilidad que el individuo representa para la nación". Esta premisa rompe con la idea de derechos humanos universales. En la actualidad, este postulado encuentra su eco en declaraciones de Santiago Abascal: “Los españoles primero en las ayudas sociales, en el acceso a la vivienda y en la sanidad. No es racismo, es justicia elemental”. Al establecer categorías de seres humanos donde la protección del Estado no depende de la necesidad, sino del origen, se reactiva lo que el sociólogo Herbert Kitschelt define como "chovinismo del bienestar", un pilar fundamental en la transición hacia regímenes autoritarios identitarios.

La construcción del enemigo interno y el "globalismo"

El nacionalsocialismo necesitaba de un enemigo invisible que conspirara contra la esencia del pueblo. Hoy, ese papel lo ocupa el concepto de "globalismo". Jorge Buxadé ha declarado: “Estamos en una guerra cultural contra las élites globalistas que quieren destruir nuestras naciones”. Esta retórica es identificada por expertos como Steven Levitsky como un síntoma de "polarización perniciosa", donde el adversario no es un rival político, sino una amenaza existencial que debe ser erradicada.

El señalamiento y la deshumanización estadística

La antesala de la exclusión física es la estigmatización pública. En Mi Lucha, se vincula a los grupos "ajenos" con la degradación social. VOX ha replicado esta estrategia con campañas sobre los Menores No Acompañados: "Un Mena, 4.700 euros al mes; tu abuela, 426 euros de pensión". Al reducir a seres humanos a un coste económico, se desactiva la empatía social. Autores como Cas Mudde señalan que este discurso prepara el terreno para que la sociedad acepte la privación de derechos fundamentales en nombre de la "salvaguarda" económica nacional.

La normalización: El papel del conservadurismo tradicional (PP)

El peligro más inmediato para la democracia no reside solo en la formulación de estos principios, sino en su validación por parte del Partido Popular (PP). Por puro interés electoral, el PP ha comenzado a normalizar la "prioridad nacional" integrándola en acuerdos de gobierno. Un ejemplo claro se observa en los pactos alcanzados en Extremadura y Aragón, donde se han incluido cláusulas que condicionan el acceso a ayudas sociales y vivienda a criterios de "arraigo" y "prioridad para los nacionales".

Cuando el PP asume estos términos y acepta estos pactos para asegurar mayorías, está legitimando el marco mental de la exclusión. Según la teoría de la "ventana de Overton", el papel del PP actúa aquí como el validador institucional: al hacer suyas estas propuestas para no perder terreno, desplaza el centro político hacia el autoritarismo. El riesgo es que, al normalizar la idea de que los derechos pueden ser fragmentados por origen, el PP está eliminando los diques de contención democráticos, convirtiendo una propuesta radical en una opción de gobierno respetable.

La nación como organismo sagrado

Finalmente, la visión de la nación como un ente místico es el nexo definitivo. Abascal afirma que "España es una realidad histórica que no puede ser sometida al voto de los vivos". Esta deslegitimación de las instituciones democráticas cuando no sirven a la "unidad" establece la estructura mental necesaria para un poder sin contrapesos. Como advierte el historiador Robert Paxton, el fascismo comienza con la convicción de que el grupo nacional es una víctima a la que cualquier acción le está permitida para sobrevivir.

Una responsabilidad compartida

La "prioridad nacional" funciona como un virus ideológico. Su adopción por parte de la derecha liberal-conservadora por mero cálculo táctico es la señal de alarma definitiva. Si el nacionalsocialismo fue la culminación de la exclusión, el actual ecosistema político español —donde lo radical se vuelve mainstream a través de los partidos tradicionales— podría estar construyendo la infraestructura intelectual para una regresión democrática sin precedentes.

Como bien señala Anne Applebaum en El ocaso de la democracia, la democracia no es un estado permanente de la naturaleza ni un sistema garantizado por las instituciones, sino una construcción frágil que depende de las decisiones diarias de cada ciudadano. Applebaum nos recuerda que la deriva autoritaria cuenta con la complicidad de quienes, por ambición o apatía, deciden mirar hacia otro lado mientras se degradan los valores universales.

Cada día debemos ser más conscientes de que el futuro de la convivencia democrática depende de nuestra capacidad individual para rechazar estos marcos de exclusión. La democracia es, en última instancia, lo que nosotros decidimos hacer con ella cada día. De nuestras decisiones —y de nuestras renuncias— también depende que la "antesala totalitaria" no se convierta, de nuevo, en el salón principal de nuestra historia. 

viernes, 17 de abril de 2026

FUI FORASTERO, Y ME ACOGISTEIS

 Frente a los discursos del miedo y la exclusión que intentan fracturar nuestra convivencia, hoy quiero compartir una reflexión sobre la regularización de personas migrantes desde una doble convicción: la radicalidad del Evangelio y el compromiso político con la justicia social. No podemos dar la espalda al sufrimiento de quienes ya forman parte de nuestra comunidad; la política debe ser la herramienta que transforme la invisibilidad en dignidad y derechos.

En la vida política, como en la vida de fe, llega un momento en que las palabras deben encarnarse para no quedar en huecas promesas. Hoy, cuando el discurso del odio y la exclusión gana terreno en las instituciones y, lamentablemente, se infiltra en comunidades de creyentes, es más necesario que nunca volver a la raíz de nuestras convicciones. Para quienes entendemos la política como una herramienta de transformación y la fe como un impulso de compromiso y entrega universal, la acogida no es una opción; es un mandato que define nuestra integridad moral.

La fe como motor de la justicia social

"Fui forastero, y me acogisteis" (Mateo, 25-35). Estas palabras de Jesús no son una sugerencia poética; son una interpelación directa a nuestra forma de organizar la convivencia. Desde una mirada creyente, el Evangelio nos exige una radicalidad que no admite fronteras. No hay "nosotr@s" contra "ell@s" cuando reconocemos que cada persona, sin importar su origen, es portadora de una dignidad sagrada.

Sin embargo, asistimos con dolor a cómo sectores de la ultraderecha política —y voces ultras dentro de la propia Iglesia— pretenden secuestrar el nombre de Dios para levantar muros. Usar la cruz para justificar el rechazo al migrante no solo es una contradicción política, es una profanación de la fe. Quien busca proteger una supuesta "identidad" a costa del sufrimiento del hermano, ha olvidado que el Reino de Dios se construye precisamente desde los márgenes, con los desheredados, con aquellos que la “sociedad del descarte" intenta invisibilizar.

La política como ejercicio de fraternidad y servicio público

Desde la realidad cotidiana de nuestros municipios y concejos, la política deja de ser una abstracción para convertirse en rostros y nombres propios. Es en la cercanía de lo local donde comprendemos que la gestión política de lo común es, en su esencia más profunda, la traducción institucional del amor al prójimo y del compromiso con la justicia social que no puede dar la espalda al sufrimiento. Por eso, la regularización de las personas migrantes no debe entenderse como un simple trámite burocrático o una concesión graciosa del Estado, sino como una medida de justicia política absolutamente imprescindible para la salud de nuestra democracia.

Mantener a miles de vecin@s en el limbo de la irregularidad es una anomalía que un proyecto progresista y humanista no puede tolerar, pues solo sirve para alimentar la precariedad y permitir que la economía sumergida se convierta en un nicho de explotación. Al regularizar, estamos dignificando el trabajo y fortaleciendo el sistema público que nos sostiene a todos, permitiendo que quienes ya contribuyen con su esfuerzo diario lo hagan con plenos derechos y deberes. No hay mayor seguridad jurídica que la que nace de reconocer la existencia de quien ya vive y trabaja en la comunidad, eliminando de paso esos espacios de sombra donde hoy operan impunemente las mafias del abuso laboral.

Al final, la verdadera cohesión de nuestros barrios no se construye con muros ni con la persecución del diferente, sino con la inclusión real. Como decía Churchill, “la democracia no es solo votar, es el bienestar de tu vecino”. Pues esa democracia se debilita cuando permitimos que con quienes convivimos puerta con puerta carezcan de los derechos más básicos. Una sociedad fuerte es aquella que transforma la presencia invisible en pertenencia ciudadana, garantizando que las personas que tenemos al lado no sean vecindad desamparada, sino compañeras y compañeros en la construcción del bien común. Defender este paso es, por tanto, una cuestión de coherencia: es la traducción política del compromiso de no dejar a nadie atrás, asegurando que la dignidad humana sea el eje sobre el que gire toda nuestra acción institucional.

Un compromiso innegociable por encima de siglas

Este no es un debate sobre ideologías cerradas, sino sobre la defensa de la vida en todas sus etapas y condiciones. Mi compromiso político y mi convicción religiosa beben de la misma fuente: la creencia de que nadie sobra, de que la fraternidad no es un eslogan, sino una tarea diaria.

Defender hoy la regularización de las personas migrantes es la forma más coherente de decir "me acogisteis", es la respuesta política a un imperativo ético. Porque si la fe nos enseña nuestra hermandad universal, la política debe garantizarnos nuestra ciudadanía universal. Es hora de dejar atrás los miedos estériles y las alarmas interesadas para construir, con valentía, una sociedad donde la dignidad humana sea la única bandera que nadie pueda pisotear. 

miércoles, 8 de abril de 2026

CRISTIANISMO IDENTITARIO. CUANDO LA FE SE SIRVE EN BANDEJA DE PLATA

De las Bienaventuranzas a la trinchera política 

Cuando el estruendo de los tambores y el brillo de las galas termina silenciando el susurro, mucho más exigente y radical, del Evangelio, la fe corre el riesgo de convertirse en un simple marcador de identidad política. En este escenario, el rito se vuelve una trinchera y la devoción una cáscara vacía que se entrega en bandeja de plata al servicio nostálgico del mismo orden y exclusión que crucificó a Jesús. Porque, al terminar la procesión, la pregunta sigue siendo la misma que hace dos mil años: ¿hemos salido a la calle para defender nuestra herencia o para realmente encarnar Su Mensaje? Un cristianismo que abraza lo primero y evita la mirada al vulnerable quizá sea una impecable tradición, pero ha dejado de ser Evangelio

Acaban de guardarse los capirotes y el olor a incienso en las calles se evapora, hasta el año que viene. España, aún sin saber que la Pascua continúa en estos cincuenta días que caminan hacia Pentecostes, respira tras las celebraciones de la Semana Santa con un alivio de orgullo satisfecho. Las plazas se llenaron, los jóvenes acudieron en masa y la jerarquía eclesial se regocija ante las estadísticas de una religiosidad popular que parece gozar de una salud de hierro. Sin embargo, tras las trompetas, los tambores y el aplauso a pasos, cofradías y desembarcos legionarios de buena muerte, se esconde una de las paradojas más amargas del siglo XXI: la consolidación de un "cristianismo identitario", que supone la transformación de la fe en un marcador de identidad política y el abandono sistemático del fundamento de las Bienaventuranzas.

Este fenómeno sociopolítico ha convertido la figura de Jesús en un tótem cultural utilizado para marcar fronteras ideológicas. Bajo este barniz, la fe se ha vuelto de escaparatelíquida: se adapta con entusiasmo a la estética de las cofradías y al fervor de los ritos, pero se vacía del compromiso incómodo de las Bienaventuranzas. Es la religión convertida en patrimonio y trinchera; una cáscara que la jerarquía eclesiástica española, en un calculado error evangélico, entrega hoy en bandeja de plata —igual que la cabeza del Bautista a la voluntad de un poder caprichoso— como aval moral para el relato de la derecha y la ultraderecha. La Iglesia española, con una mezcla de aquiescencia y entusiasmo, ha permitido que la fe deje de ser un camino de seguimiento a un Jesús pobre y perseguido para convertirse en un estandarte de la batalla cultural.

El Cristo secuestrado por sus ejecutores

Una de las imágenes más icónicas y aplaudidas de la Semana Santa es tan poderosa como contradictoria: una multitud jalea a un cuerpo militar que, con paso marcial y fusil al hombro, traslada un crucificado. Hay una amnesia colectiva en este rito. Olvidamos que a Jesús lo crucificaron, precisamente, unos legionarios. Lo denunció el orden establecido y lo ejecutó el Imperio, Los inmóviles garantes de los privilegios y el orden social y la fuerza militar ocupante, no toleraban a un galileo que hablaba de que los últimos serían los primeros.

Hoy, en España, el relato se ha invertido. El crucificado ya no es el símbolo de las víctimas del sistema, sino el trofeo de un sistema que se autodenomina cristiano para excluir al diferente. El compromiso con las personas vulnerables —migrantes que llegan en patera, familias desahuciadas, mujeres que sufre violencia, jóvenes sin futuro— ha sido sustituido por un compromiso estético. Se puede llorar ante una talla de madera el Jueves Santo y, al día siguiente, votar o jalear discursos de exclusión que niegan el pan y la sal al otro, al extraño que no encaja en nuestra identidad nacional

Una fe líquida y una jerarquía en la trinchera

Una identidad sin compromiso y una fe que no incomoda porque no exige fraternidad real, así es la fe líquida de la sociedad actualUna religiosidad que se adapta al recipiente del sentimiento y la tradición, pero que no empapa la vida ni cuestiona la injusticia. Las y los jóvenes acuden a las cofradías buscando una pertenencia que la sociedad secularizada no les da, pero lo hacen sin el estorbo de las Bienaventuranzas.

Y en mitad de este escenario, los obispos han elegido la comodidad de la trinchera.  Ante cambios legislativos y decisiones ejecutivas sobre una amplia diversidad de cuestiones, la reacción de los obispos no es la del acompañamiento pastoral o la propuesta que empiece por la justicia social, tal como la Doctrina Social de la Iglesia promueve. Al contrario, han optado por el lenguaje de la confrontación política, a través de documentos pastorales, cartas en la prensa amiga e incluso homilías el Domingo de Resurrección, sirviendo los argumentos de la estrategia ultra reaccionaria en bandeja de plata. Al hacerlo, han optado por ser los guardianes de un relato cultural en lugar de los pastores de una comunidad profética. Han preferido el éxito de las formas a pesar de que el fondo evangélico se difumina en la alianza con el poder.

La resistencia en los márgenes

Pero en medio de este despliegue de banderas, ruido de tambores y procesiones, sobrevive una Iglesia silenciosa que se niega a ser moneda de cambio. Parroquias de barrio que no salen en los telediarios, comunidades religiosas que siguen abriendo sus puertas al migrante sin preguntar su procedencia, laicos y laicas, hombres y mujeres creyentes, que entienden que el Reino de Dios no se defiende con leyes, sino con gestos de ternura radical.

Estos sectores, hoy arrinconados por una jerarquía que prefiere el aplauso de la plaza pública al "olor a oveja", representan la verdadera resistencia. Son el recordatorio constante de que, frente al cristianismo identitario, siempre habrá un Jesús real que camina fuera de la procesión. Su evidente soledad institucional es, seguramente, la prueba más clara de su fidelidad a un Maestro que nunca quiso ser bandera, sino refugio.

En este tiempo de Pascua, la verdadera pregunta no es cuántas personas salieron a la calle, sino cuántos de esos corazones están dispuestos a reconocer al Resucitado en el rostro del vulnerable. Mientras la jerarquía siga celebrando el éxito de las formas mientras el fondo evangélico se pudre en la alianza con el poder político, la Iglesia española seguirá ganando batallas culturales, pero perdiendo, irremediablemente, su autoridad moral y su fidelidad al Maestro. Es hora de decidir si la Cruz sigue siendo el instrumento de un ajusticiado que nos llama a la fraternidad universal, o si ha quedado reducida a un accesorio de gala en el desfile de una identidad que ya no sabe —ni quiere— reconocer a quien sufre, al vulnerable.

Cuando las imágenes regresan a la penumbra de sus templos y el silencio recupera su sitio en las plazas, queda al descubierto la verdad de lo que somos. El Evangelio no es un patrimonio que se hereda ni un trofeo que se exhibe para marcar territorio al lado de los heraldos de la identidad excluyente; es una fraternidad vivida, casi siempre sin aplausos, en los rincones donde nadie quiere mirar ni mucho menos ir. Si la Iglesia española no es capaz de romper su idilio con los privilegios y recuperar el olor a oveja que reclamaba Francisco, seguirá siendo una imponente cáscara cultural en una sociedad que ya no busca en ella ni consuelo ni sentido.

Al final, nuestro legado no se va a medir por la altura o el peso de los pasos cofrades ni por la pureza de los dogmas de trinchera, sino por nuestra capacidad de reconocer el rostro del Crucificado en los heridos de nuestra propia orilla. Porque donde se abraza el privilegio y se olvida la justicia, Cristo ya no está allí; se ha marchado con las personas más vulnerables a esperar el amanecer de una Pascua que no entiende de bandejas de plata.

viernes, 27 de marzo de 2026

NO MÁS JUICIOS MORALES A COSTA DEL SUFRIMIENTO AJENO

 ¿Dónde termina el dogma y empieza la compasión? El caso de Noelia Castillo Ramos ha sacudido los cimientos de una sociedad que prefiere juzgar el dolor ajeno antes que comprenderlo. Entre el ruido mediático de los platós y las batallas judiciales, surge una pregunta que el teólogo Antonio Monclús ya anticipó: ¿puede ser la eutanasia un acto de coherencia cristiana? En estas líneas, intento explorar en la dignidad del discernimiento íntimo frente a la dictadura del juicio moral externo


La historia de Noelia Castillo Ramos no es solo un relato de dolor y tribunales; es el testimonio de una voluntad frente al estruendo de un mundo que pretendía decidir por ella. Su caso nos sitúa ante una frontera ética donde el ruido exterior —dogmas, leyes y presiones familiares— choca frontalmente con el yo interior, ese sagrario donde solo habita la verdad del que sufre.

Como bien plantea Antonio Monclús en su obra sobre la eutanasia como opción cristiana, la fe no puede ser una cadena que obligue al tormento. El cristianismo, en su esencia más pura, es una invitación a la compasión y a la libertad. Por ello, más que de "autonomía individual", debemos hablar de discernimiento. El discernimiento es ese proceso espiritual donde la persona, en diálogo con su propia trascendencia, comprende que la vida es un don del cual es administradora responsable, no esclava.

En este camino hacia el centro de uno mismo, resuena la "soledad sonora" de San Juan de la Cruz. Noelia habitó esa soledad durante meses de batalla judicial, encontrando en su interior la "música callada" que el resto del mundo, perdido en juicios morales, era incapaz de oír. Su decisión no fue un impulso ante el trauma, sino un acto de fidelidad a su propia conciencia, ese lugar donde, según Edith Stein, el ser humano ejerce su libertad más radical. Stein nos enseñó que el valor de la persona reside en su centro íntimo, un "castillo del alma" que ni siquiera Dios invade, y que debe ser respetado por encima de cualquier estructura social o religiosa.

Es, sin embargo, en medio de este discernimiento sagrado donde emerge con crudeza el ruido oportunista. Resulta profundamente violento observar cómo el drama íntimo de Noelia ha sido colonizado por colectivos como abogados cristianos, tertulias y el espectáculo mediático de programas como el de Sonsoles Ónega, que convierten el lecho de muerte en un plató de debate. Este ruido no busca la verdad ni el consuelo, sino la autoafirmación ideológica y el índice de audiencia a costa del desgarro ajeno. Utilizar el sufrimiento de una mujer rota para alimentar guerras culturales o vender titulares es la antítesis de la caridad cristiana. Frente a quienes instrumentalizan el dolor para imponer su propia agenda moral, los “castillos interiores”, la “morada” de Santa Teresa, se levantan como un acto de resistencia: una denuncia contra la pornografía del sentimiento que olvida que, tras la noticia, hay un ser humano, como Noelia, ejerciendo su derecho más sagrado a la paz.

No hay cristianismo posible allí donde el juicio mediático se impone sobre la compasión, ni hay ética alguna en quien utiliza la cruz ajena como pedestal para su propia vanidad. Imponer la continuidad de un calvario irreversible bajo el pretexto de la moralidad es, en realidad, un acto de soberbia externa. El sufrimiento ajeno no puede ser el escenario de nuestras convicciones ideológicas, de ninguna. Cuando una persona como Noelia dice: "Solo quiero dejar de sufrir y estar en paz", está expresando un discernimiento maduro que se ha despojado de toda máscara.

Como concluye Monclús, el Evangelio es liberación, no una condena al suplicio biológico. Reconocer la eutanasia como una opción cristiana es admitir que el Dios de la Vida es, ante todo, un Dios de Amor que no desea el sacrificio inútil de sus hijos, de sus hijas, sino su descanso final en dignidad. Es hora de entender que la misericordia consiste en acompañar el silencio del otro, no en llenarlo con nuestras sentencias. Que las decisiones que afectan al final de la vida nazcan siempre de ese yo interior que busca la luz, y que el respeto sea la única respuesta ante quien, tras mucho luchar, decide entregar su carga. Porque, al final de la jornada, nadie tiene derecho a juzgar una cruz que no ha cargado sobre sus propios hombros. 

lunes, 16 de marzo de 2026

LA PARADOJA DE LA HORIZONTALIDAD

En tiempos de ruido y asamblearismo líquido, creo que es vital reivindicar la arquitectura representativa del PSOE como la única herramienta útil para afianzarnos como alternativa de gobierno en Castrillón y transformar la realidad de nuestras vecinas y nuestros vecinos.

Existe una fascinación contemporánea por lo asambleario, una suerte de romanticismo que identifica la salud democrática de un partido con la votación constante de su base. Sin embargo, la experiencia reciente de formaciones que nacieron para "asaltar los cielos" y terminaron en la irrelevancia parlamentaria nos dicta una lección clara: la horizontalidad absoluta es, a menudo, la antesala de la parálisis o del autoritarismo sin contrapesos.

El espejo de Podemos es hoy una advertencia histórica. Lo que comenzó como una impugnación total a los "viejos partidos" y sus estructuras representativas, acabó convertido en un hiper liderazgo plebiscitario donde la falta de órganos intermedios sólidos impidió el debate crítico. Sin una arquitectura orgánica que filtrara el ruido, la formación se consumió en su propia asamblea permanente, pasando de la hegemonía a la marginalidad extraparlamentaria. Mientras se discutía la pureza del método, la realidad seguía su curso sin esperarles.

Para el socialismo histórico, la democracia interna nunca fue un fin en sí mismo, sino la herramienta para engrasar una maquinaria capaz de gestionar la realidad. Como bien recordaba Ramón Rubial, la verdadera revolución se hace desde el BOE. Esta premisa no es una renuncia ideológica, sino una declaración de principios sobre la eficacia. Para cambiar la vida de la gente, no basta con levantar la mano en una plaza; hay que ganar elecciones, formar gobiernos, legislar y gestionar con rigor.

El modelo representativo del PSOE, lejos de ser un vestigio del pasado, es el que permite esa acción institucional. Los órganos representativos no son muros que separan a la dirección de la militancia, sino fusibles democráticos. Garantizan que el debate sea pausado y que las decisiones no dependan de estados de ánimo personales en un muro de redes sociales.

Sin embargo, asistimos con frecuencia a una curiosa metamorfosis del militante. Es habitual observar cómo la reivindicación de "más asamblea" y "democracia directa" florece con fuerza en quienes se encuentran fuera de los órganos de decisión. La horizontalidad se convierte entonces en el refugio de la minoría, en una bandera que se agita para cuestionar la legitimidad de las mayorías representativas. Lo paradójico es que, en cuanto esos mismos críticos acceden a los puestos de representación, la mística asamblearia suele evaporarse. La participación no puede ser un recurso táctico de quien pierde una votación, sino un compromiso con las normas que nos hemos dado.

Esta tensión se vuelve especialmente tóxica en la política municipal, más aún cuando nos toca ejercer la labor de oposición. No es raro encontrar al militante que, desde la comodidad del ego, exige someter a votación asamblearia cada posicionamiento político o cada fiscalización técnica que realiza el Grupo Municipal. Es el perfil que pone en duda permanente la labor de sus concejales y de su ejecutiva local, bajo el pretexto de una "pureza participativa" que, en la práctica, solo busca tutelar o debilitar la estrategia de fiscalización al gobierno de turno. Quien exige que el grupo municipal sea un mero transmisor de asambleas semanales olvida que la oposición requiere agilidad, unidad de mensaje y confianza en los equipos elegidos. Lo contrario no es democracia directa, es una fiscalización interna paralizante que solo beneficia a quienes hoy gobiernan nuestro ayuntamiento desde la acera de enfrente.

Esta contradicción se palpa en el día a día de las agrupaciones. No es extraño ver al militante que exige que "todo se vote" cuando su tesis es minoritaria, pero que apela al "respeto a las siglas" en el momento en que le toca gestionar un proyecto o formar parte de una ejecutiva. En la práctica, el asamblearismo se usa a menudo como un ariete contra la estructura, pero se abandona en cuanto surge la necesidad de tomar decisiones pragmáticas. Ser la alternativa de gobierno no permite el lujo de la asamblea perpetua; requiere una cohesión clara que demuestre a los vecinos que somos una organización seria y preparada para recuperar el mando.

Cuando un partido se despoja de su arquitectura representativa en favor de un asamblearismo líquido, ocurre la paradoja: el líder se encuentra solo ante una masa desarticulada, eliminando los cuadros críticos que deberían servir de contrapeso. Se confunde la participación con el plebiscito. Se confunde el liderazgo con la dominación.

La militancia socialista debe tener voz, y las primarias han sido un avance en legitimidad, pero el partido no puede convertirse en un foro de debate perpetuo que olvide su vocación de poder. El socialismo que transforma es el que entiende que la asamblea termina donde empieza la responsabilidad de la representación institucional, estatal, autonómica o local. Por todo ello, el debate sobre nuestro modelo no es una cuestión de fontanería orgánica, sino de pura supervivencia política. Como militantes, debemos entender que la mayor cota de participación no es la que nos permite fiscalizar obsesivamente a nuestros propios compañeros en cada asamblea, sino la que nos permite volver a ver nuestras ideas convertidas en derechos y en proyectos que mejoran la vida de la gente. Caer en la paradoja de la horizontalidad es elegir el narcisismo del debate perpetuo frente al objetivo colectivo compartido de recuperar la alcaldía. Nuestra fuerza reside en ser una organización que, respetando sus cauces de representación, se levanta con una única prioridad: que la democracia interna sea el motor para ganar y no el cómodo refugio de quien, desde la división, le hace el trabajo sucio a quienes hoy nos gobiernan. Sin unidad estratégica y respeto a nuestros equipos, la capacidad de transformar la realidad desde las instituciones seguirá siendo la quimera de un objetivo inalcanzable y no la utopía cotidiana que, tal como Lionel Jospin la definió, debe ser el día a día de la política de cercanía. 

lunes, 23 de febrero de 2026

23-F, 45 AÑOS DESPUÉS ALGUNOS VUELVEN A QUERER QUE ESPAÑA BAJE LA VOZ

Hay recuerdos que no se archivan en la memoria: se quedan viviendo en el cuerpo. El 23 de febrero de 1981 no lo entendí. Lo sentí.

Tenía trece años. Estaba en el salón de casa, con los deberes abiertos sobre la mesa camilla y el murmullo de la radio acompañando la tarde como un electrodoméstico más. Mi madre planchaba. Atardecía. La luz era amarilla, de invierno. Y entonces la voz del locutor se quebró.

Después, el ruido. Los disparos no sonaban como en las películas. Sonaban huecos. Secos. Reales. Y tras ellos, el silencio más largo que he escuchado nunca. Mi madre bajó la voz. Bajó la radio. Bajó el gesto. Igual que bajó el país entero.

Yo no sabía exactamente qué estaba pasando en el Congreso, pero entendí algo esencial: mi madre tenía miedo. Y cuando una madre, cuando un padre tiene miedo, el mundo se vuelve pequeño. Y esa noche España se acostó con miedo. No el miedo teatral que hoy se agita en redes sociales como si fuera un accesorio ideológico. No el miedo impostado que se sobreactúa en tertulias. Hablo del miedo antiguo. Del miedo que mis padres habían conocido de sus padres y que se empeñaron en no transmitirnos a nosotros. Del miedo que huele a silencio forzado y a persianas bajadas antes de tiempo.

Aquella generación —la de mis padres, la anterior de mis abuelos— no hablaba de la democracia como un concepto. La vivía como una conquista reciente, casi frágil. La habían visto nacer con cautela, prácticamente sin saber lo que era, tras la muerte de Franco. La protegían con una mezcla de esperanza y escepticismo, porque ni siquiera estaban seguros de que fuera definitiva. Para ellos, la dictadura no era un capítulo de libro de texto. Era una experiencia biográfica. Por eso aquella noche del 23-F no fue solo un golpe de Estado retransmitido por la radio. Fue el fantasma del pasado sentándose otra vez en la mesa camilla.

Yo seguí fingiendo que hacía los deberes. Pero miraba a mi madre. Ella no lloraba. No dramatizaba. Solo escuchaba en silencio, con esa dignidad callada de quienes han aprendido que el ruido nunca trae nada bueno. Recuerdo que el día finalizó tarde y que, seguramente, la noche de mis padres fue la prolongación del día sin fin que fue aquel 23-F. No lo recuerdo, pero seguramente pensé —con la lógica limitada de un adolescente—, que si los mayores estaban asustados, algo verdaderamente serio estaba ocurriendo. Y ocurrió.

Cuando al día siguiente amaneció y supimos que la intentona había fracasado, el país respiró como quien sale a la superficie después de haber estado demasiado tiempo bajo el agua. España amaneció agradecida. No eufórica. No vengativa. Agradecida.

Agradecida porque la democracia —esa palabra entonces joven— seguía en pie. Agradecida porque el ruido de los sables no había vuelto a ordenar nuestras vidas. Agradecida porque, por una vez en nuestra historia contemporánea, el futuro no se había escrito con botas.

Y en esa gratitud hubo algo profundamente colectivo. La sociedad callada. La que no sale en los libros. La que no toma el Congreso ni lo defiende con discursos épicos. La que simplemente quiere vivir en paz, trabajar, criar a sus hijos y votar cada cuatro años sin miedo. A pesar de que aquella mayoría social, tal como señala Javier Cercas, se acostó esperando que el golpe fracase, o que triunfase, esa mayoría silenciosa fue la verdadera protagonista de aquella noche. Lo digo así porque con el tiempo entendí lo que entonces no comprendía, que la democracia no es un punto de llegada. Es un equilibrio inestable. Un pacto diario entre diferentes. Un ejercicio de contención. Un acuerdo imperfecto que exige renuncias.

Con el paso de los años la convicción democrática se ha ido afianzando en mí antes que la identidad partidista. Lo digo con toda rotundidad porque creo en la política como una herramienta de modernización, de derechos, de dignidad colectiva. Lo digo porque mi lealtad última no es a un partido: es al sistema que permite que los partidos existan y se alternen sin tiros en el techo.

Eso, que parece obvio, hoy en día, desgraciadamente, no lo es. Hoy, cuando escucho banalizar el autoritarismo, cuando veo normalizar discursos que desacreditan las instituciones, cuando se juega con el desprestigio del Parlamento como si fuera un deporte de sobremesa, recuerdo aquella tarde de febrero y la voz quebrada del locutor. Lo conquistado puede perderse. Y perderlo cuesta poco.

Basta con erosionar la confianza en el adversario. Basta con convertir al discrepante en enemigo. Basta con repetir que el sistema no sirve hasta que alguien decida que hay que sustituirlo por algo “más eficaz”.

La historia europea del siglo XX está llena de democracias que murieron con aplausos.

Lo difícil no fue solo derrotar un golpe de Estado aquella noche. Lo difícil fue llegar hasta 1978. Lo difícil fue que una generación marcada por la guerra civil y la dictadura apostara por la reconciliación en lugar de por el ajuste de cuentas. Lo difícil fue sentarse con quien pensaba distinto y firmar un pacto constitucional que no era perfecto para nadie, pero aceptable para todos.

Eso costó décadas. Costó exilio. Costó cárcel. Costó silencio obligado. Costó renuncias personales que hoy nos parecerían inasumibles. La democracia española no nació de una moda. Nació del cansancio del dolor. Y, sin embargo, qué fácil es hoy despreciarla. Qué rápido se olvida que los sistemas democráticos no se desploman siempre con un estruendo. A veces se vacían por dentro. Se erosionan. Se ridiculizan. Se polarizan hasta el punto de hacer inviable la convivencia. No necesitamos tanques para perder libertades. Basta con acostumbrarnos al insulto. Basta con asumir que la verdad es relativa. Basta con creer que el adversario es ilegítimo.

Aquella noche del 23-F aprendí algo sin saberlo: la democracia no es irreversible. Lo supe en el silencio de mi madre. Lo confirmé al ver a tanta gente votar con una mezcla de responsabilidad y orgullo en cada elección. Lo entiendo ahora, como adulto, cuando veo a jóvenes que dan por descontados derechos que costaron generaciones enteras.

No escribo esto desde la nostalgia. Lo escribo desde la advertencia. No para dramatizar el presente. Pero sí para recordar que ningún sistema está blindado contra la indiferencia. La generación de mis abuelos tardó décadas en recuperar lo que perdió en unos meses. La de mis padres aprendió a protegerlo con prudencia. La nuestra tiene la tentación de darlo por garantizado. Y ahí reside el peligro.

El 23 de febrero de 1981 fue una noche larga. Pero al día siguiente amaneció. No porque la democracia fuera fuerte por naturaleza, sino porque una sociedad —con sus defectos, sus contradicciones y sus silencios— decidió que no quería volver atrás. La democracia no se defiende solo en los parlamentos. Se defiende en las casas. En los salones. En las conversaciones en voz baja. En la conciencia cívica de quienes, sin hacer ruido, sostienen el edificio común.

Aquella tarde yo era un niño que escuchaba disparos por la radio. Hoy soy un adulto que escucha otras formas de ruido. Y sé que lo verdaderamente peligroso no es el estruendo. Es acostumbrarse a él. Porque lo que costó medio siglo conquistar puede perderse en una generación distraída. Y entonces volveremos a bajar la voz.

Y ya no bastará con encender la radio para recuperar la esperanza.