Recuperar la Iglesia de Asturias: contra el descarte y el olvido
La Archidiócesis de Oviedo atraviesa una de las horas más críticas de su historia reciente. Como ciudadanía y personas creyentes, no podemos asistir en silencio al espectáculo de una sede episcopal convertida en trinchera partidista. Jesús Sanz Montes ha decidido pisotear la memoria de una sede que fue faro de reconciliación y justicia y situar a nuestra Iglesia de Asturias en las antípodas del Magisterio social de los Papas León XIV y Francisco, arrastrando a la comunidad hacia un callejón sin salida convirtiéndola en feudo de una ideología que desprecia la cultura del encuentro.
Resulta doloroso contrastar esa deriva actual con el legado
de quienes estuvieron con anterioridad al frente de la Iglesia asturiana. ¿Dónde
está la Iglesia de Gabino Díaz Merchán, aquel pastor cuya autoridad
moral se forjó en las periferias sociales de su época, defendiendo la dignidad
de tantas personas trabajadoras? Aquella Iglesia se involucraba sin exámenes
previos y no temía mancharse las manos con la realidad social. Hoy, quien okupa
el Palacio Arzobispal emite consignas que parecen redactadas en la sede de un
partido de extrema derecha y catequiza desde la pureza ideológica
de los muros y la exclusión.
Al calificar de "buenismo" la regularización
de nuestros hermanos migrantes —personas que ya conviven, trabajan y construyen
Asturias—, el arzobispo no solo desprecia el mandato evangélico de la acogida,
sino que abraza la "cultura del descarte" que
el Vaticano denuncia sin descanso. Sus palabras contribuyen a la creación de
un gueto ideológico donde solo caben grupos movilizados por el
identitarismo y la confrontación. Está convirtiendo la diócesis en una isla
de exclusión donde solo caben los convencidos, los movilizados por el
odio al diferente y los que confunden la cruz con la espada. Mientras él
alimenta el ruido mediático, nuestras iglesias se vacían, el alma de la
diócesis se apaga y el conjunto de la sociedad asturiana nos mira con una
mezcla de perplejidad y rechazo.
La solución no puede esperar únicamente a que Roma mueva
ficha; debe nacer de dentro. Es hora de que el clero asturiano, ese que aún cree en
la dignidad del migrante y en la Iglesia de los pobres, y los laicos que aún
guardan la memoria de nuestra tradición social, den un paso al frente. El
silencio ante la injusticia no es prudencia, es complicidad. No
basta con murmurar en las sacristías que el obispo está en las antípodas del
Papa; hay que visibilizar que Asturias no es el "callejón sin salida"
que Sanz Montes proyecta.
No basta con el lamento en voz baja; es imperativo que las
voces que aún creen en una Iglesia que acoge, protege e integra se hagan oír en
todos los ámbitos denunciando la instrumentalización política de sus parroquias.
Ante la Nunciatura Apostólica también. Si no se hace nada, si nadie hace
nada, el daño será irreversible.
Asturias siempre fue tierra de solidaridad, no de muros. No permitamos que la fe sea secuestrada por consignas que deshumanizan al prójimo, por un identitarismo excluyente que expulsa a quien piensa diferente. Es el momento de elegir: o se sigue al pastor que divide y descarta, o se recupera la Iglesia que acoge, protege e integra. Personalmente creo que es hora de recuperar la Iglesia que mira de frente al necesitado, la que sigue el camino marcado por el Evangelio y la que honra la memoria de una tierra forjada en la justicia social. Nuestra historia no merece este final.
Me imagino este personaje del 36 a los años 70
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