En tiempos de ruido y asamblearismo líquido, creo que es vital reivindicar la arquitectura representativa del PSOE como la única herramienta útil para afianzarnos como alternativa de gobierno en Castrillón y transformar la realidad de nuestras vecinas y nuestros vecinos.
Existe una fascinación contemporánea por lo asambleario, una
suerte de romanticismo que identifica la salud democrática de un partido con la
votación constante de su base. Sin embargo, la experiencia reciente de
formaciones que nacieron para "asaltar los cielos" y
terminaron en la irrelevancia parlamentaria nos dicta una lección clara: la
horizontalidad absoluta es, a menudo, la antesala de la parálisis o del
autoritarismo sin contrapesos.
El espejo de Podemos es hoy una advertencia histórica. Lo que comenzó como una impugnación
total a los "viejos partidos" y sus estructuras representativas,
acabó convertido en un hiper liderazgo plebiscitario donde la falta de órganos
intermedios sólidos impidió el debate crítico. Sin una arquitectura orgánica
que filtrara el ruido, la formación se consumió en su propia asamblea
permanente, pasando de la hegemonía a la marginalidad extraparlamentaria.
Mientras se discutía la pureza del método, la realidad seguía su curso sin
esperarles.
Para el socialismo histórico, la democracia interna nunca fue
un fin en sí mismo, sino la herramienta para engrasar una maquinaria capaz de
gestionar la realidad. Como bien recordaba Ramón Rubial, la verdadera
revolución se hace desde el BOE. Esta premisa no es una renuncia
ideológica, sino una declaración de principios sobre la eficacia. Para cambiar
la vida de la gente, no basta con levantar la mano en una plaza; hay que ganar
elecciones, formar gobiernos, legislar y gestionar con rigor.
El modelo representativo del PSOE, lejos de ser un
vestigio del pasado, es el que permite esa acción institucional. Los
órganos representativos no son muros que separan a la dirección de la
militancia, sino fusibles democráticos. Garantizan que el debate sea
pausado y que las decisiones no dependan de estados de ánimo personales en un
muro de redes sociales.
Sin embargo, asistimos con frecuencia a una curiosa metamorfosis
del militante. Es habitual observar cómo la reivindicación de "más
asamblea" y "democracia directa" florece con fuerza
en quienes se encuentran fuera de los órganos de decisión. La horizontalidad se
convierte entonces en el refugio de la minoría, en una bandera que se agita
para cuestionar la legitimidad de las mayorías representativas. Lo paradójico es
que, en cuanto esos mismos críticos acceden a los puestos de representación, la
mística asamblearia suele evaporarse. La participación no puede ser un recurso
táctico de quien pierde una votación, sino un compromiso con las normas que nos
hemos dado.
Esta tensión se vuelve especialmente tóxica en la política
municipal, más aún cuando nos toca ejercer la labor de oposición. No es raro encontrar al militante
que, desde la comodidad del ego, exige someter a votación asamblearia cada
posicionamiento político o cada fiscalización técnica que realiza el Grupo
Municipal. Es el perfil que pone en duda permanente la labor de sus concejales
y de su ejecutiva local, bajo el pretexto de una "pureza
participativa" que, en la práctica, solo busca tutelar o debilitar la
estrategia de fiscalización al gobierno de turno. Quien exige que el grupo
municipal sea un mero transmisor de asambleas semanales olvida que la oposición
requiere agilidad, unidad de mensaje y confianza en los equipos elegidos. Lo
contrario no es democracia directa, es una fiscalización interna paralizante
que solo beneficia a quienes hoy gobiernan nuestro ayuntamiento desde la acera
de enfrente.
Esta contradicción se palpa en el día a día de las
agrupaciones. No es
extraño ver al militante que exige que "todo se vote" cuando
su tesis es minoritaria, pero que apela al "respeto a las siglas"
en el momento en que le toca gestionar un proyecto o formar parte de una
ejecutiva. En la práctica, el asamblearismo se usa a menudo como un ariete
contra la estructura, pero se abandona en cuanto surge la necesidad de tomar
decisiones pragmáticas. Ser la alternativa de gobierno no permite el lujo de la
asamblea perpetua; requiere una cohesión clara que demuestre a los vecinos que
somos una organización seria y preparada para recuperar el mando.
Cuando un partido se despoja de su arquitectura
representativa en favor de un asamblearismo líquido, ocurre la paradoja: el
líder se encuentra solo ante una masa desarticulada, eliminando los cuadros
críticos que deberían servir de contrapeso. Se confunde la participación con el
plebiscito. Se confunde el liderazgo con la dominación.
La militancia socialista debe tener voz, y las primarias han sido un avance en legitimidad, pero el partido no puede convertirse en un foro de debate perpetuo que olvide su vocación de poder. El socialismo que transforma es el que entiende que la asamblea termina donde empieza la responsabilidad de la representación institucional, estatal, autonómica o local. Por todo ello, el debate sobre nuestro modelo no es una cuestión de fontanería orgánica, sino de pura supervivencia política. Como militantes, debemos entender que la mayor cota de participación no es la que nos permite fiscalizar obsesivamente a nuestros propios compañeros en cada asamblea, sino la que nos permite volver a ver nuestras ideas convertidas en derechos y en proyectos que mejoran la vida de la gente. Caer en la paradoja de la horizontalidad es elegir el narcisismo del debate perpetuo frente al objetivo colectivo compartido de recuperar la alcaldía. Nuestra fuerza reside en ser una organización que, respetando sus cauces de representación, se levanta con una única prioridad: que la democracia interna sea el motor para ganar y no el cómodo refugio de quien, desde la división, le hace el trabajo sucio a quienes hoy nos gobiernan. Sin unidad estratégica y respeto a nuestros equipos, la capacidad de transformar la realidad desde las instituciones seguirá siendo la quimera de un objetivo inalcanzable y no la utopía cotidiana que, tal como Lionel Jospin la definió, debe ser el día a día de la política de cercanía.