lunes, 16 de marzo de 2026

LA PARADOJA DE LA HORIZONTALIDAD

En tiempos de ruido y asamblearismo líquido, creo que es vital reivindicar la arquitectura representativa del PSOE como la única herramienta útil para afianzarnos como alternativa de gobierno en Castrillón y transformar la realidad de nuestras vecinas y nuestros vecinos.

Existe una fascinación contemporánea por lo asambleario, una suerte de romanticismo que identifica la salud democrática de un partido con la votación constante de su base. Sin embargo, la experiencia reciente de formaciones que nacieron para "asaltar los cielos" y terminaron en la irrelevancia parlamentaria nos dicta una lección clara: la horizontalidad absoluta es, a menudo, la antesala de la parálisis o del autoritarismo sin contrapesos.

El espejo de Podemos es hoy una advertencia histórica. Lo que comenzó como una impugnación total a los "viejos partidos" y sus estructuras representativas, acabó convertido en un hiper liderazgo plebiscitario donde la falta de órganos intermedios sólidos impidió el debate crítico. Sin una arquitectura orgánica que filtrara el ruido, la formación se consumió en su propia asamblea permanente, pasando de la hegemonía a la marginalidad extraparlamentaria. Mientras se discutía la pureza del método, la realidad seguía su curso sin esperarles.

Para el socialismo histórico, la democracia interna nunca fue un fin en sí mismo, sino la herramienta para engrasar una maquinaria capaz de gestionar la realidad. Como bien recordaba Ramón Rubial, la verdadera revolución se hace desde el BOE. Esta premisa no es una renuncia ideológica, sino una declaración de principios sobre la eficacia. Para cambiar la vida de la gente, no basta con levantar la mano en una plaza; hay que ganar elecciones, formar gobiernos, legislar y gestionar con rigor.

El modelo representativo del PSOE, lejos de ser un vestigio del pasado, es el que permite esa acción institucional. Los órganos representativos no son muros que separan a la dirección de la militancia, sino fusibles democráticos. Garantizan que el debate sea pausado y que las decisiones no dependan de estados de ánimo personales en un muro de redes sociales.

Sin embargo, asistimos con frecuencia a una curiosa metamorfosis del militante. Es habitual observar cómo la reivindicación de "más asamblea" y "democracia directa" florece con fuerza en quienes se encuentran fuera de los órganos de decisión. La horizontalidad se convierte entonces en el refugio de la minoría, en una bandera que se agita para cuestionar la legitimidad de las mayorías representativas. Lo paradójico es que, en cuanto esos mismos críticos acceden a los puestos de representación, la mística asamblearia suele evaporarse. La participación no puede ser un recurso táctico de quien pierde una votación, sino un compromiso con las normas que nos hemos dado.

Esta tensión se vuelve especialmente tóxica en la política municipal, más aún cuando nos toca ejercer la labor de oposición. No es raro encontrar al militante que, desde la comodidad del ego, exige someter a votación asamblearia cada posicionamiento político o cada fiscalización técnica que realiza el Grupo Municipal. Es el perfil que pone en duda permanente la labor de sus concejales y de su ejecutiva local, bajo el pretexto de una "pureza participativa" que, en la práctica, solo busca tutelar o debilitar la estrategia de fiscalización al gobierno de turno. Quien exige que el grupo municipal sea un mero transmisor de asambleas semanales olvida que la oposición requiere agilidad, unidad de mensaje y confianza en los equipos elegidos. Lo contrario no es democracia directa, es una fiscalización interna paralizante que solo beneficia a quienes hoy gobiernan nuestro ayuntamiento desde la acera de enfrente.

Esta contradicción se palpa en el día a día de las agrupaciones. No es extraño ver al militante que exige que "todo se vote" cuando su tesis es minoritaria, pero que apela al "respeto a las siglas" en el momento en que le toca gestionar un proyecto o formar parte de una ejecutiva. En la práctica, el asamblearismo se usa a menudo como un ariete contra la estructura, pero se abandona en cuanto surge la necesidad de tomar decisiones pragmáticas. Ser la alternativa de gobierno no permite el lujo de la asamblea perpetua; requiere una cohesión clara que demuestre a los vecinos que somos una organización seria y preparada para recuperar el mando.

Cuando un partido se despoja de su arquitectura representativa en favor de un asamblearismo líquido, ocurre la paradoja: el líder se encuentra solo ante una masa desarticulada, eliminando los cuadros críticos que deberían servir de contrapeso. Se confunde la participación con el plebiscito. Se confunde el liderazgo con la dominación.

La militancia socialista debe tener voz, y las primarias han sido un avance en legitimidad, pero el partido no puede convertirse en un foro de debate perpetuo que olvide su vocación de poder. El socialismo que transforma es el que entiende que la asamblea termina donde empieza la responsabilidad de la representación institucional, estatal, autonómica o local. Por todo ello, el debate sobre nuestro modelo no es una cuestión de fontanería orgánica, sino de pura supervivencia política. Como militantes, debemos entender que la mayor cota de participación no es la que nos permite fiscalizar obsesivamente a nuestros propios compañeros en cada asamblea, sino la que nos permite volver a ver nuestras ideas convertidas en derechos y en proyectos que mejoran la vida de la gente. Caer en la paradoja de la horizontalidad es elegir el narcisismo del debate perpetuo frente al objetivo colectivo compartido de recuperar la alcaldía. Nuestra fuerza reside en ser una organización que, respetando sus cauces de representación, se levanta con una única prioridad: que la democracia interna sea el motor para ganar y no el cómodo refugio de quien, desde la división, le hace el trabajo sucio a quienes hoy nos gobiernan. Sin unidad estratégica y respeto a nuestros equipos, la capacidad de transformar la realidad desde las instituciones seguirá siendo la quimera de un objetivo inalcanzable y no la utopía cotidiana que, tal como Lionel Jospin la definió, debe ser el día a día de la política de cercanía. 

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