De las Bienaventuranzas a la trinchera política
Cuando el estruendo de los tambores y el brillo de las galas termina silenciando el susurro, mucho más exigente y radical, del Evangelio, la fe corre el riesgo de convertirse en un simple marcador de identidad política. En este escenario, el rito se vuelve una trinchera y la devoción una cáscara vacía que se entrega en bandeja de plata al servicio nostálgico del mismo orden y exclusión que crucificó a Jesús. Porque, al terminar la procesión, la pregunta sigue siendo la misma que hace dos mil años: ¿hemos salido a la calle para defender nuestra herencia o para realmente encarnar Su Mensaje? Un cristianismo que abraza lo primero y vuelve la cara al vulnerable quizá sea una impecable tradición, pero ha dejado de ser Evangelio
Acaban de guardarse los capirotes y el olor a incienso en las
calles se evapora, hasta el año que viene. España, aún sin saber que la Pascua
continúa en estos cincuenta días que caminan hacia Pentecostes, respira tras
las celebraciones de la Semana Santa con un alivio de orgullo satisfecho. Las
plazas se llenaron, los jóvenes acudieron en masa y la jerarquía eclesial se
regocija ante las estadísticas de una religiosidad popular que parece gozar de
una salud de hierro. Sin embargo, tras las trompetas, los tambores y el aplauso
a pasos, cofradías y desembarcos legionarios de buena muerte, se esconde
una de las paradojas más amargas del siglo XXI: la consolidación de un "Jesusismo
identitario", que supone la transformación de la fe en un marcador de
identidad política y el abandono sistemático del fundamento de las
Bienaventuranzas.
Este fenómeno sociopolítico ha convertido la figura de Jesús en un tótem cultural utilizado para marcar fronteras ideológicas. Bajo este barniz, la fe se ha vuelto líquida: se adapta con entusiasmo a la estética de las cofradías y al fervor de los ritos, pero se vacía del compromiso incómodo de las Bienaventuranzas. Es la religión convertida en patrimonio y trinchera; una cáscara que la jerarquía eclesiástica española, en un calculado error evangélico, entrega hoy en bandeja de plata —igual que la cabeza del Bautista a la voluntad de un poder caprichoso— como aval moral para el relato de la derecha y la ultraderecha. La Iglesia española, con una mezcla de aquiescencia y entusiasmo, ha permitido que la fe deje de ser un camino de seguimiento a un Jesús pobre y perseguido para convertirse en un estandarte de la batalla cultural.
El Cristo secuestrado por sus ejecutores
Una de las imágenes más icónicas y aplaudidas de la Semana
Santa es tan poderosa como contradictoria: una multitud jalea a un cuerpo
militar que, con paso marcial y fusil al hombro, traslada un crucificado. Hay
una amnesia colectiva en este rito. Olvidamos que a Jesús lo crucificaron,
precisamente, unos legionarios. Lo denunció el orden establecido y lo ejecutó
el Imperio, Los inmóviles garantes de los privilegios y el orden social
y la fuerza militar ocupante, no toleraban a un galileo que hablaba de que los
últimos serían los primeros.
Hoy, en España, el relato se ha invertido. El crucificado ya
no es el símbolo de las víctimas del sistema, sino el trofeo de un sistema que
se autodenomina cristiano para excluir al diferente. El compromiso con las
personas vulnerables —migrantes que llegan en patera, familias desahuciadas, mujeres
que sufre violencia, jóvenes sin futuro— ha sido sustituido por un compromiso
estético. Se puede llorar ante una talla de madera el Jueves Santo y, al día
siguiente, votar o jalear discursos de exclusión que niegan el pan y la sal al
otro, al extraño que no encaja en nuestra identidad nacional. Una
identidad sin compromiso y una fe que no incomoda porque no exige fraternidad
real.
Una fe líquida y una jerarquía en la trinchera
así es la fe líquida de la sociedad actual. Una
religiosidad que se adapta al recipiente del sentimiento y la tradición, pero
que no empapa la vida ni cuestiona la injusticia. Las y los jóvenes acuden a
las cofradías buscando una pertenencia que la sociedad secularizada no les da,
pero lo hacen sin el estorbo de las Bienaventuranzas.
Y en mitad de este escenario, los obispos han elegido la
comodidad de la trinchera. Ante cambios
legislativos y decisiones ejecutivas sobre una amplia diversidad de cuestiones,
la reacción de los obispos no es la del acompañamiento pastoral o la propuesta
que empiece por la justicia social, tal como la Doctrina Social de la Iglesia
promueve. Al contrario, han optado por el lenguaje de la confrontación
política, a través de documentos pastorales, cartas en la prensa amiga e
incluso homilías el Domingo de Resurrección, sirviendo los argumentos de la estrategia
ultra reaccionaria en bandeja de plata. Al hacerlo, han optado por ser los
guardianes de un relato cultural en lugar de los pastores de una
comunidad profética. Han preferido el éxito de las formas a pesar de que el
fondo evangélico se difumina en la alianza con el poder.
La resistencia en los márgenes
Pero en medio de este despliegue de banderas, ruido de
tambores y procesiones, sobrevive una Iglesia silenciosa que se niega a ser
moneda de cambio. Parroquias de barrio que no salen en los telediarios, comunidades
religiosas que siguen abriendo sus puertas al migrante sin preguntar su
procedencia, laicos y laicas, hombres y mujeres creyentes, que entienden que el
Reino de Dios no se defiende con leyes, sino con gestos de ternura radical.
Estos sectores, hoy arrinconados por una jerarquía que
prefiere el aplauso de la plaza pública al "olor a oveja",
representan la verdadera resistencia. Son el recordatorio constante de que,
frente al Jesusismo identitario, siempre habrá un Jesús real que camina
fuera de la procesión. Su evidente soledad institucional es, seguramente, la
prueba más clara de su fidelidad a un Maestro que nunca quiso ser bandera, sino
refugio.
En este tiempo de Pascua, la verdadera pregunta no es cuántas
personas salieron a la calle, sino cuántos de esos corazones están dispuestos a
reconocer al Resucitado en el rostro del vulnerable. Mientras la jerarquía siga
celebrando el éxito de las formas mientras el fondo evangélico se pudre en la
alianza con el poder político, la Iglesia española seguirá ganando batallas
culturales, pero perdiendo, irremediablemente, su autoridad moral y su
fidelidad al Maestro. Es hora de decidir si la Cruz sigue siendo el instrumento
de un ajusticiado que nos llama a la fraternidad universal, o si ha quedado
reducida a un accesorio de gala en el desfile de una identidad que ya no sabe
—ni quiere— reconocer a quien sufre, al vulnerable.
Cuando las imágenes regresan a la penumbra de sus templos y
el silencio recupera su sitio en las plazas, queda al descubierto la verdad de
lo que somos. El Evangelio no es un patrimonio que se hereda ni un trofeo que
se exhibe para marcar territorio al lado de los heraldos de la identidad
excluyente; es una fraternidad vivida, casi siempre sin aplausos, en los
rincones donde nadie quiere mirar ni mucho menos ir. Si la Iglesia española no
es capaz de romper su idilio con los privilegios y recuperar el olor a oveja
que reclamaba Francisco, seguirá siendo una imponente cáscara cultural en una
sociedad que ya no busca en ella ni consuelo ni sentido.
Al final, nuestro legado no se va a medir por la altura o el
peso de los pasos cofrades ni por la pureza de los dogmas de trinchera, sino
por nuestra capacidad de reconocer el rostro del Crucificado en los heridos de
nuestra propia orilla. Porque donde se abraza el privilegio y se olvida la
justicia, Cristo ya no está allí; se ha marchado con las personas más vulnerables
a esperar el amanecer de una Pascua que no entiende de bandejas de plata.
ver cómo ponen gradas de pago, para que los que tienen estén en primera fila, incluso mamparas para que no vean los que no pagan….
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