Los cuentos infantiles son los primeros mapas que recibimos para entender el mundo. En la leyenda del Flautista de Hamelín, el agua del río Weser era el punto final: un límite físico y narrativo donde el peligro (las ratas) terminaba y la ciudad quedaba a salvo. El agua no mentía; era el muro de seguridad entre la plaga y el hogar.
Sin embargo, algo está mutando en nuestra geografía política. Recientemente, en las costas de Canarias, hemos descubierto que para ciertos sectores de la derecha, las ratas ya no se ahogan. Ahora, según el delirio digital esgrimido por el presidente regional Fernando Clavijo y los discursos de mitin de la ultraderecha, las ratas nadan, recorren distancias imposibles y portan virus diseñados en laboratorios monclovitas. Lo que podría parecer una anécdota ridícula o un desliz tecnológico es, en realidad, la metáfora perfecta del tiempo que vivimos: la era donde la política del frentismo hackea la realidad para que nada, ni siquiera el agua, nos dé paz.
Resulta una ironía casi literaria que el apellido del presidente canario coincida con el título de la famosa tragedia de Goethe. En aquella obra, el personaje de Clavijo traicionaba su palabra y su compromiso por ambición, sucumbiendo a una debilidad de carácter que terminaba en tragedia. Hoy, el Clavijo de nuestra realidad parece traicionar algo más sagrado: el legado de la razón que otros ilustrados canarios defendieron con orgullo, sustituyendo el compromiso con la verdad por un guion de frentismo donde las ratas nadan y la lógica naufraga.
El MV Hondius: Un ejemplo de gestión frente al ruido
Frente a este "cuento de terror" de ratas nadadoras y virus conspiranoicos, la realidad ha seguido un camino muy distinto. La crisis del buque MV Hondius, afectado por un brote de hantavirus, no ha sido la catástrofe biológica que algunos vaticinaban para alimentar el miedo, sino un ejemplo de gestión técnica, humanitaria y ejemplar por parte del Gobierno de España.
Mientras el frentismo se dedicaba a señalar y a sembrar la desconfianza, España ha coordinado un operativo internacional sin precedentes bajo la supervisión de la OMS. Se ha priorizado la seguridad de la población sin renunciar al sentimiento de humanidad y a la responsabilidad internacional. Se han salvado vidas y se ha demostrado que la ciencia y la logística son los mejores antídotos contra la histeria colectiva.
La deslealtad como estrategia
Es aquí donde el matiz es doloroso. No es que la política haya fallado; es que una forma muy concreta de entenderla —la del señalamiento y la deslealtad— ha intentado boicotear esta gestión. Es desolador ver a representantes públicos utilizar la mentira para generar pánico, sugiriendo que una emergencia sanitaria es un plan deliberado del Ejecutivo.
Cuando la derecha y la ultraderecha optan por la pseudociencia y el enfrentamiento institucional en lugar de la colaboración, están rompiendo el pacto de confianza que sostiene a una sociedad sana. Prefieren que el barco sea una amenaza antes que reconocer el éxito de un Estado que funciona.
El precio de seguir la flauta
Nos hemos vuelto peligrosamente inmunes al engaño. Hemos aceptado la posverdad como una herramienta legítima de combate y, al hacerlo, permitimos que el flautista moderno gane: no porque se lleve a las ratas, sino porque nos ha convencido de que están en todas partes.
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