jueves, 18 de junio de 2026

Y FEIJOO DIJO SÍ, QUIERO

Ocurrió en prime time, entre las hormigas de cartón piedra de un programa de variedades, entre chistes mal hilados y experimentos científicos de plató. Allí, ante millones de espectadores devorando el entretenimiento nocturno de la televisión comercial, Alberto Núñez Feijóo consumó su capitulación definitiva. El líder del Partido Popular, el hombre que llegó a Madrid precedido por el mito del gestor sobrio, el "moderado de provincias" que supuestamente venía a higienizar el partido tras el traumático intento de Pablo Casado de limpiar la corrupción interna, terminó de rodillas en el altar de la política mediática. Dijo "sí, quiero" a una coalición nacional con VOX.

El anuncio no es solo una claudicación ideológica; es la escenificación perfecta de la "sociedad líquida" descrita por Zygmunt Bauman, donde los grandes pilares de la democracia se disuelven en el espectáculo masivo. Feijóo no eligió el Parlamento para dar este giro histórico. No convocó a los órganos soberanos de su propio partido, ni ofreció una rueda de prensa formal ante los periodistas políticos. Prefirió la ligereza de un plató de televisión. En ese ecosistema, un pacto de Estado que abre la puerta del Gobierno de España a la extrema derecha pierde su carga dramática e institucional, diluyéndose como un mero contenido de consumo rápido para la audiencia. La política contemporánea ha renunciado a la solidez del debate ideológico para mimetizarse con el show business.

Este movimiento evidencia, además, una realidad incontestable: Feijóo no lleva las riendas del Partido Popular. Aquel barón periférico que prometía centralidad ha terminado fagocitado por el ruidoso ecosistema del "PP de la M-30". Para sobrevivir políticamente en las garras de la facción madrileña y evitar que le corten la cabeza como a su predecesor, Feijóo ha tenido que tragar con todo. Ha tenido que validar el cierre de filas en torno a Isabel Díaz Ayuso frente a los escándalos fiscales de su pareja y, ahora, se ve obligado a homologar de forma oficial la estrategia de los barones territoriales. Lo que en Extremadura, Aragón, Castilla y León o la Comunitat Valenciana eran "pactos locales por necesidad", hoy es la doctrina oficial de Génova para toda España, allanándole de paso el camino a Juanma Moreno en Andalucía para normalizar idénticas alianzas.

Porque, mirado con perspectiva, el despliegue autonómico del Partido Popular nunca tuvo como objetivo prioritario el bienestar o la idiosincrasia de los territorios. Las comunidades autónomas han sido utilizadas como un mero laboratorio de ensayo, un campo de pruebas donde aclimatar al electorado a la presencia de la extrema derecha. El fin último de los gobiernos regionales del PP ha sido, desde el primer día, sembrar y desbrozar el camino hacia la Moncloa. En ese maquiavélico juego de roles, el PP y Vox se han complementado a la perfección: mientras los de Abascal empujaban la frontera del debate hacia postulados ultras —forzando el marco de la "prioridad nacional" o endureciendo de forma implacable el discurso migratorio—, el PP jugaba el papel de socio sensato que, a regañadientes pero con paso firme, terminaba asumiendo esa misma agenda como propia. Ayer, en televisión, Feijóo no tuvo reparos en validar conceptos tan excluyentes como esa "prioridad nacional", demostrando que la simbiosis ya es total. Vox agita el árbol y el PP, lejos de pararle los pies, recoge los frutos compartidos.

La elección de este formato de "entretenimiento puro" es, en el fondo, la confesión involuntaria de un vacío absoluto. Que un líder político elija las risas enlatadas y el espectáculo para anunciar un pacto de esta envergadura demuestra que detrás de esa futura coalición no hay un proyecto político real, no hay un modelo de país definido ni propuestas tangibles. No hay sustancia, solo hay embalaje con lazo mediático incluido. Al carecer de un programa de futuro ilusionante o constructivo, la estrategia se reduce a un mero ejercicio de márketing audiovisual donde la única oferta política real es la deslegitimación sistemática del adversario y el cuestionamiento del propio armazón democrático. Se sustituye el debate sobre las ideas por el consumo de un producto empaquetado para el prime time.

Sin embargo, lo más alarmante de esta estrategia de supervivencia y espectáculo no es el viraje ideológico en sí, sino el profundo riesgo democrático que arrastra consigo. Estamos asistiendo a un vaciamiento deliberado de las instituciones. Al trasladar las grandes decisiones y rendiciones de cuentas fuera de los cauces democráticos tradicionales —Sedes, Congresos y Parlamentos— para entregárselas a los mass-media, el PP está devaluando el propio sistema que aspira a guiar.

Gobernar es algo más que acumular escaños; exige preservar la legitimidad de las herramientas con las que se ejerce. No estamos ante el enésimo cruce de reproches partidistas sobre el control del Estado, sino ante algo mucho más insidioso: el debilitamiento del sistema por la vía de su mercantilización mediática y su rendición ante la agenda de la extrema derecha. Al reducir la alta política a un decorado televisivo intercambiable y validar los postulados más radicales entre chistes de prime time, Feijóo está dinamitando los cimientos de la credibilidad pública desde la propia oposición. Si el Partido Popular llega algún día a la Moncloa, se encontrará al frente de un armazón institucional inútil, despojado de toda autoridad y solvencia porque ellos mismos habrán acostumbrado a la ciudadanía a percibir las leyes y las alianzas de Estado como meros productos de entretenimiento y consumo rápido. Habrán ganado las elecciones, pero habrán destruido el respeto a la centralidad democrática por el camino. Ese "sí, quiero" a las hormigas de la televisión es el epitafio definitivo de su pretendida moderación. El espectáculo continúa, pero la confianza en la democracia se apaga.

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