viernes, 10 de julio de 2026

LA IGLESIA ANTE EL ESPEJO DE SAN AGUSTÍN: A LOS HECHOS ME REMITO, SU ILUSTRÍSIMA

Cuando la jerarquía eclesiástica invoca a San Agustín para dar lecciones de moral al Estado, corre el riesgo de que el santo se gire en su contra. Un repaso riguroso —y sin censuras— a los textos agustinianos que desmontan la deriva ultra de nuestros obispos y sacan a la luz los verdaderos deberes de la Iglesia frente a los abusos y los más vulnerables. Vayamos con San Agustín, Su Ilustrísima, pero con todas las consecuencias 

El presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello, ha encendido el debate político al afirmar que “cuando un Estado olvida la ética, se convierte en una banda de ladrones”, añadiendo un desafiante “a los hechos me remito”. Para blindar su ataque contra las instituciones democráticas, el monseñor decidió ponerse los guantes de la alta teología y ampararse en una célebre cita de San Agustín de Hipona. Es un movimiento retórico audaz, pero el problema es que cuando uno invoca a los grandes pensadores de la Iglesia para dar lecciones de moral al prójimo, corre el riesgo de que los textos sagrados se giren en su contra. Vayamos, pues, con San Agustín, Monseñor, pero leámoslo entero, no solo el párrafo que conviene en el sermón del día.

Si acudimos al San Agustín más político y pragmático, el del Libro XIX de La ciudad de Dios, descubrimos una realidad sumamente incómoda para la actual cúpula eclesiástica, ya que el santo de Hipona defendió firmemente la legitimidad del Estado terrenal y la obligación absoluta del cristiano de obedecerlo. Para San Agustín, las estructuras políticas civiles son un instrumento querido por la providencia para mantener la paz terrenal, evitando el caos y regulando la convivencia con independencia de si los gobernantes son perfectos o no. El filósofo instaba a los ciudadanos a pagar impuestos, respetar la propiedad y acatar el marco legal civil, defendiendo incluso que un gobernante injusto debe ser asumido con paciencia y oración, nunca como una excusa para declarar al Estado ilegítimo o compararlo con una mafia criminal.

Si de hechos y de ética vamos a hablar, la obra de San Agustín es un espejo demoledor para la propia jerarquía eclesiástica contemporánea. Se puede usar a San Agustín para reprobar con absoluta firmeza la crisis de los abusos sexuales en la Iglesia, pues el santo firmó páginas memorables contra la corrupción interna. En su célebre Sermón 46, lanzó una crítica feroz contra los líderes religiosos que se alimentan a sí mismos en lugar de cuidar al rebaño, describiéndolos como lobos que destruyen a los más vulnerables. Del mismo modo, en su tratado Sobre la mentira, San Agustín dejó claro que ninguna mentira es lícita, ni siquiera aquella que pretenda proteger la reputación de la institución, por lo que las estrategias de silencio y secreto corporativo aplicadas durante décadas para ocultar a criminales con sotana chocan frontalmente con la exigencia agustiniana de verdad absoluta.

Como creyente cristiano, vivir la fe en estos tiempos implica sufrir una profunda contradicción ética al ver cómo una parte de la cúpula eclesiástica se alinea con los postulados de la derecha y la ultraderecha. Utilizar el púlpito o los actos académicos para desgastar al Gobierno mediante el uso sesgado de la filosofía es, bajo el prisma agustiniano, una flagrante degradación evangélica. El núcleo de La ciudad de Dios se escribió tras el saqueo de Roma en el año 410 precisamente para recordar a los fieles que la Iglesia jamás debe casar su destino con ninguna facción política secular, pues los partidos y los reinos pertenecen a la Ciudad Terrenal, movida por la ambición de poder. No hay nada menos evangélico que ver a ciertos obispos aplaudir o amparar con su silencio discursos de odio, xenofobia y desprecio a los vulnerables que defiende la ola ultra. El Evangelio de Jesús es radicalmente incompatible con el repliegue identitario, la exclusión del diferente y la insolidaridad económica.

Esta lamentable deriva partidista choca frontalmente con el mensaje que el papa León XIV nos dejó en su reciente e histórica visita a España. Mientras los sectores más conservadores de nuestra Iglesia se dedican a enredar en la política nacional con discursos divisorios y polarizantes, el Santo Padre entró a nuestro país por la puerta de la misericordia, visitando los centros de atención a personas sin hogar en Carabanchel y viajando hasta las Islas Canarias para abrazar a los migrantes y defender la dignidad inviolable de toda persona humana. En sus discursos, León XIV nos instó de forma clara a abandonar las narrativas del enfrentamiento y a cultivar la amistad social, recordando que los preferidos de Dios deben ocupar un lugar fundamental en nuestra vida. El Papa nos pidió que nuestra religiosidad no fuera un museo del pasado, sino una Iglesia en salida que escucha antes de hablar y que reconoce en las periferias el verdadero lugar para vivir el Evangelio. Qué doloroso contraste ver a un Pontífice clamando por la acogida fraterna de los menores migrantes mientras la ultraderecha los criminaliza y nuestros obispos locales prefieren guardar silencio o atacar éticamente al Estado.

San Agustín nos enseñó que en este mundo la Ciudad Terrenal y la Ciudad de Dios están indisolublemente mezcladas y que nadie es puro, ni el Estado, ni el Gobierno, ni la estructura visible de la Iglesia. Dentro de los templos hay trigo, pero también hay mucha paja que viste ropajes sagrados. Su Ilustrísima ha querido dar una lección de moral utilizando la historia de la filosofía, pero la historia, la filosofía y el propio testimonio actual de León XIV nos recuerdan que, antes de ver la paja en el ojo del Estado, conviene limpiar el trigo de los propios graneros. Vayamos con San Agustín, monseñor, pero vayamos con todas las consecuencias. A los hechos, y a sus propios textos, me remito. 

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