La crisis humanitaria en Ceuta y la preocupante estrategia de PP y VOX de instrumentalizar las instituciones locales para canalizar el malestar ciudadano nos obligan a detenernos y reflexionar de inmediato. No estamos ante un simple debate administrativo sobre el reparto de competencias o de recursos; estamos ante una crisis que mide la temperatura moral de nuestra sociedad. Y para quienes intentan justificar el rechazo levantando banderas de identidad, la pregunta es inevitable y urgente: ante esta instrumentalización del miedo en Ceuta, ¿dónde se sitúa el verdadero compromiso con la justicia y el bien común?
La trampa del miedo frente a la cultura de la serenidad
La estrategia de utilizar las instituciones locales para canalizar el malestar ciudadano busca un objetivo claro: convertir la vulnerabilidad de las fronteras en un arma arrojadiza de confrontación interna. Se agita el temor al diferente, se asocia de forma generalizada la migración con la amenaza y se deshumaniza a quienes, en muchos casos, son menores que huyen de la desesperación.
Frente a esta retórica que busca dividir a la ciudadanía, existe una mirada profundamente espiritual y humana que desarma los prejuicios. El verdadero compromiso ético no se sitúa en la tribuna de quienes usan el miedo para cosechar réditos electorales; se sitúa al lado quienes optan por la calma y recuerdan que el orden social jamás puede construirse sobre el desprecio a la dignidad. Quienes creemos en la fraternidad universal sabemos que la seguridad real nace de la cohesión, no de la sospecha.
Desmontando la lógica de la exclusión
La polémica no es solo política. Lamentablemente, también ha calado en ciertos discursos de repliegue social donde se intenta justificar el desentendimiento argumentando que los recursos deben ser estrictamente para los cercanos y que las instituciones no pueden asumir el dolor global.
Sin embargo, desviar la mirada bajo el pretexto de que "hay que atender primero a los de casa" es vaciar de contenido la esencia de la solidaridad. Ninguna frontera civil puede limitar el deber ético de socorrer a quien sufre. El prójimo no se define por el color de la piel, el origen del pasaporte o la cercanía geográfica; el prójimo es, por definición, cualquiera que esté “herido al borde del camino”. Alterar este principio para adaptarlo a un programa de exclusión es una profunda traición a los valores humanistas más profundos.
Políticas que multiplican y humanizan lo público
El argumento central que se repite como reclamo para concentrarse ante nuestros ayuntamientos es puramente material: "No hay recursos para todos". Se presenta la gestión local como un juego de suma cero, donde ayudar al de fuera implica desatender al de dentro. Esta premisa oculta una falta de voluntad para construir comunidad. Los recursos municipales no se agotan por la solidaridad; se gestionan mal cuando se prefiere invertir en el conflicto antes que en la integración.
Frente a esa lógica de la escasez y el egoísmo, las políticas progresistas de reparto y acogida compartida representan un soplo de esperanza y coherencia, también desde una óptica creyente. Cuando las administraciones públicas ponen los presupuestos al servicio del bien común y planifican con corresponsabilidad, demuestran que el orden y la dignidad humana son perfectamente compatibles. Hay que agradecer y poner en valor el esfuerzo de aquellos gobiernos locales que, lejos de amurallarse, exigen una financiación justa, fortalecen los servicios sociales y cooperan con el Estado para que la carga de la acogida sea equilibrada y digna. Ese modelo de gestión que comparte y estructura la ayuda es la plasmación real y civilizada de la multiplicación de los bienes para que nadie quede desamparado.
El lugar de la verdadera justicia
Dar este paso en la gestión pública no es solo una cuestión de eficacia técnica o de siglas; para quienes entendemos la política desde unas convicciones profundas, las leyes justas y los presupuestos redistributivos son la traducción civil de un mandato ético superior. Por eso, si hoy buscamos el latido de lo sagrado en medio de la polémica que inunda nuestros ayuntamientos, no lo encontraremos en los discursos que señalan con el dedo ni en las proclamas que exigen blindajes ciegos a la compasión.
Ese misterio de humanidad está hoy en la costa de Ceuta, compartiendo el frío y el miedo junto a los que arriesgan su vida en el mar. Está en los rostros de esos menores desprotegidos que la política utiliza como moneda de cambio. Pero también brilla con fuerza en la acción política de izquierda que traduce los valores de la justicia en decretos, en plazas de acogida reales y en presupuestos de inclusión. Se encuentra en el corazón de aquellos ciudadanos y gobernantes locales que, a pesar de las dificultades, eligen la responsabilidad, el diálogo y la justicia social por encima de la crispación.
Una llamada a la altura institucional
Tengo claro que la gestión de la vulnerabilidad en las fronteras no puede ser un campo de batalla electoral ni un pretexto para el desgaste partidista. Los ayuntamientos, como la institución más cercana a la ciudadanía, encuentran su mayor legitimidad cuando se convierten en espacios de cuidado, cohesión y soluciones reales, nunca en escenarios para ensayar la fractura de nuestros barrios.
La verdadera grandeza de una sociedad no se mide por la altura de sus vallas ni por la agresividad de sus consignas, sino por su capacidad para blindar los derechos de los más vulnerables. Frente a las puertas de nuestros consistorios, es el momento de defender una política con alma: aquella que entiende que gobernar es, ante todo, una forma elevada de cuidar del otro, sin importar de dónde venga. Por coherencia con estos principios, por respeto a la dignidad de quienes sufren y por responsabilidad con mis vecinos y vecinas, no secundaré ni asistiré a la concentración convocada por el Partido Popular. Mi lugar como concejal de Castrillón no estará en el espacio de la crispación ni de la instrumentalización partidista; estará siempre al lado de la convivencia, de la justicia social y de la defensa activa de los derechos humanos.
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