jueves, 12 de febrero de 2026

FELIPE, CUANDO "DIOS" VOTA EN BLANCO

 Hubo un tiempo en que en el PSOE no hacía falta pronunciar su nombre completo. Bastaba con decir Felipe y el aire se volvía denso, casi reverencial. Ahora, cuando ese mismo hombre anuncia que votará en blanco, la frase cae como un tañido de campana que no llama a funeral, sino a examen de conciencia. No es solo una decisión personal: es un símbolo que obliga a preguntarnos qué ocurre cuando los "dioses" de ayer deciden descender a la urna con las manos vacías.


 Un voto en blanco y una memoria que empieza a doler

Hay una tristeza que no hace ruido. No es el estruendo de la ruptura ni el portazo del traidor. Es algo más sutil: el instante en que uno descubre que el referente que ayudó a levantar la casa ahora observa desde la acera de enfrente, con gesto severo, cómo otros la siguen construyendo.

Felipe González ha anunciado que votará en blanco si Pedro Sánchez es el candidato del PSOE. La frase, en apariencia aséptica, tiene una potencia simbólica devastadora. No es solo un gesto electoral: es un posicionamiento político, histórico y emocional. Y para la militancia no es indiferente. Porque no habla un comentarista cualquiera. Habla el hombre que durante catorce años encarnó el cambio, la modernización, la entrada en Europa, la reconversión dolorosa y la hegemonía indiscutida del socialismo democrático en España. Habla quien fue acusado de autoritario, de cesarista, de dominar el partido con puño de hierro. Habla el mismo a cuyo mandato la derecha llamó “felipismo” con el mismo desprecio con el que hoy pronuncia “sanchismo”. Y ahí empieza el nudo de esta historia.

El laboratorio del desprestigio

Conviene refrescar la memoria, ahora que algunos la administran con generosa amnesia. En los años ochenta y noventa, la derecha política y mediática convirtió el término “felipismo” en un arma arrojadiza. No era una descripción: era una descalificación. Se hablaba de personalismo, de asalto institucional, de control férreo del partido, de rodillo parlamentario. Se denunciaba una supuesta degradación democrática bajo el liderazgo de González. El lenguaje era casi calcado al que hoy escuchamos contra Sánchez. Cambian los nombres. Permanece la estrategia.

Lo de “sanchismo” no es un concepto académico ni una categoría política neutral. Es un señalamiento, una etiqueta diseñada para reducir un proyecto colectivo a la voluntad caprichosa de un solo hombre. Es la misma técnica que convierte la política en psicología barata: no se debaten leyes, se caricaturiza al líder. Que esa terminología sea hoy asumida —sin matices— por quien fue víctima de la misma operación resulta, como poco, paradójico.

Felipe González supo entonces que gobernar significaba incomodar. Que ampliar derechos, reordenar el poder territorial, redefinir alianzas internacionales o enfrentarse a intereses consolidados tenía costes. Supo que la derecha no le combatiría solo en las urnas, sino en el relato. Lo soportó. Lo resistió. Y lo ganó. Por eso desconcierta que ahora valide el mismo mecanismo contra su propio partido.

Militancia y legitimidad

Hay algo más profundo que la discrepancia política: la legitimidad. Pedro Sánchez no es el producto de un dedazo ni de una conjura palaciega. Ha sido elegido reiteradamente por la militancia en procesos internos abiertos, algunos de ellos dramáticos. Ha ganado primarias, ha perdido el poder interno y lo ha recuperado desde la base. Ha gobernado en minoría, en coalición y en condiciones parlamentarias complejas. Y ha vuelto a ganar elecciones cuando muchos le daban por amortizado.

Se puede discrepar de su estrategia territorial. Se pueden discutir sus pactos. Se puede criticar su estilo. Eso es política. Lo que no parece razonable es cuestionar su legitimidad democrática desde una superioridad moral autodefinida de manera implícita en cada palabra que dios pronuncia. Porque si algo caracteriza al PSOE contemporáneo es que ha interiorizado un principio que en los años ochenta era más discutible: el liderazgo no es carismático por designación histórica, sino por refrendo interno.

La militancia no es una corte ni un coro de siervos. Es una estructura viva que debate, vota y decide. Y ha decidido. Cuando González sugiere que votará en blanco, el mensaje que se filtra no es solo una discrepancia con una candidatura concreta. Es una desautorización simbólica de esa voluntad colectiva. Y eso duele más que la crítica.

La España del cambio… y la que después cambió

Felipe gobernó una España que salía de la Transición, con un bipartidismo emergente y una derecha aún en proceso de homologación democrática. El PSOE de los ochenta construyó el Estado del bienestar, consolidó la sanidad pública, universalizó la educación, ancló el país en Europa y redefinió la relación civil-militar.

Pero esa España ya no existe. Hoy el tablero es otro. La fragmentación parlamentaria es estructural. La pluralidad territorial se expresa con mayor intensidad. La ultraderecha ha entrado en las instituciones con normalidad inquietante. El Partido Popular ha asumido dinámicas de confrontación permanente y ha integrado en su estrategia a quienes cuestionan consensos básicos. Gobernar en este contexto no es administrar mayorías absolutas, sino tejer alianzas inestables. No es pactar desde la hegemonía, sino desde la aritmética compleja. Exige pragmatismo, sí, pero también una comprensión distinta de la pluralidad española.

Acusar al actual PSOE de romper España por negociar con fuerzas periféricas ignora una evidencia histórica: el propio González pactó con nacionalistas cuando lo necesitó. Lo hizo desde su contexto y con sus reglas. Hoy el contexto es otro, pero la lógica parlamentaria sigue siendo la misma: quien no suma, no gobierna. La diferencia es que ahora el adversario no es solo una derecha conservadora, sino una derecha radicalizada que ha normalizado discursos que cuestionan derechos ya conquistados.

El abrazo incómodo

Hay una imagen que resume la incomodidad de la militancia: ver a Felipe González aplaudido con entusiasmo en los mismos foros mediáticos que durante años lo denostaron. Cuando el antiguo líder socialista es utilizado como ariete contra el PSOE actual, el gesto adquiere una dimensión frustrante. No se trata de exigir adhesión acrítica. Se trata de comprender el impacto político de las palabras. En un clima de polarización, cada declaración es munición. Y el voto en blanco de un expresidente no es un gesto íntimo: es un mensaje público con efectos estratégicos.

La derecha ha encontrado en González una validación inesperada. No porque compartan su trayectoria histórica, sino porque les resulta útil su desacuerdo presente. Y ahí es donde el análisis político debe imponerse a la nostalgia.

Determinación frente a melancolía

Es legítimo sentir decepción. La política no es una religión, pero sí genera lealtades emocionales. Cuando una figura histórica toma distancia, el desconcierto es humano. Sin embargo, la socialdemocracia no puede instalarse en la melancolía. El PSOE no puede convertirse en un partido que mira constantemente por el retrovisor buscando la foto de 1982.  La legitimidad del proyecto socialista, antes y ahora, no descansa en la comparación sentimental con cualquier pasado, sino en su capacidad para responder a los desafíos presentes: transición ecológica, desigualdad, feminismo, derechos LGTBI, cohesión territorial, digitalización, defensa del Estado social frente al avance reaccionario.

El proyecto socialista no pertenece a una generación ni a un liderazgo concreto. Es una corriente histórica que ha sabido mutar sin perder su eje: ampliar derechos y proteger a las mayorías sociales. Si en los ochenta el adversario era el atraso estructural, hoy lo es la regresión democrática. Si entonces se trataba de entrar en Europa, hoy se trata de defender la Europa social frente a los populismos identitarios. No es el mismo combate. Pero sigue siendo combate.

De los nombres a las ideas

Quizá el mayor error del debate actual sea reducirlo a nombres propios. Felipe. Pedro. Antes “felipismo”. Ahora “sanchismo”. La política madura cuando supera el personalismo y se centra en proyectos. El PSOE no es la biografía de sus líderes, sino la suma de sus decisiones colectivas. La pregunta relevante no es qué papeleta depositará González en la urna. La pregunta es qué modelo de país está en juego. Uno en el que el Estado del bienestar se fortalece, la diversidad territorial se gestiona desde la política y no desde el choque, y los derechos civiles se amplían. O uno en el que la recentralización, el cuestionamiento de consensos básicos y la involución social encuentran espacio institucional. El voto en blanco, en ese contexto, no es neutral. Es una posición que influye en el equilibrio.

Una reflexión necesaria

Tal vez el problema no sea que Felipe haya cambiado. Tal vez el problema es que el tiempo ha cambiado a todos, y no todos lo aceptan igual. La historia tiene algo cruel: convierte en pasado incluso a quienes la escribieron. Y no hay liderazgo eterno ni contexto inmutable. Lo que ayer fue audacia hoy puede parecer exceso. Lo que ayer fue pragmatismo hoy puede verse como concesión.

Pero la legitimidad democrática no es hereditaria. Se renueva en cada elección, en cada congreso, en cada voto militante. El socialismo español sobrevivió a clandestinidad, exilio, escisiones, derrotas y mayorías absolutas. Sobrevivirá también a las discrepancias de sus figuras históricas. Porque un partido no es su pasado glorioso, sino su capacidad de seguir siendo útil. Y quizá ahí resida la lección más incómoda: la política no es un monumento de bronce o un jarrón chino, es un organismo vivo. Quien la concibe como estatua termina hablando desde el pedestal o desde la esquina en la que depositamos ciertas nostalgias para que no se nos rompan. Quien la entiende como proceso acepta que otros continúen la obra.

Felipe González forma parte indeleble de la historia del PSOE y de España. Eso no lo borra un voto en blanco. Pero tampoco un voto en blanco detiene el curso de un proyecto que ha decidido seguir caminando. La cuestión no es si los referentes se detienen. La cuestión es si las ideas que defendieron siguen avanzando. Y en tiempos de incertidumbre democrática, avanzar no es una opción estética. Es una responsabilidad histórica.

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