martes, 17 de febrero de 2026

REFLEXIÓN DE UN CREYENTE ANTE EL MURO DEL PASTOR

Pertenezco a una generación que forjó su fe en aquella Iglesia de la Transición que nos enseñó que el Evangelio no era un rito de espaldas al mundo, sino un compromiso de manos abiertas. Crecí y me formé en una comunidad que entendía la dimensión social de la fe como un imperativo moral. Ya en la década de los ochenta, junto a más jóvenes en grupos parroquiales y arciprestales, orienté mis años de juventud a seguir sembrando esa visión de una Iglesia encarnada, libre y valiente. Ese es mi motivo, mi cuna espiritual y la razón por la que, junto a más hermanos y hermanas en la fe, decidí firmar una carta de petición de rectificación al Arzobispo de Oviedo por sus vergonzosas afirmaciones contra la regularización de personas migrantes. No lo hice por ningún tipo de disidencia sino por lealtad a la Iglesia a la que pertenezco. La mismo que, desgraciadamente, hoy veo desdibujarse en manos de quien debería ser su guía respecto de aquella en la que crecí como creyente.

La respuesta del arzobispo a aquel escrito, en forma de carta semanal publicada en la prensa, lejos de ser el diálogo fraterno que se espera de un pastor, ha supuesto una decepción. Una más de las que como creyentes llevamos padeciendo los últimos 17 años en nuestra Iglesia de Asturias. Una frustración que es la constatación de un retroceso profundo en la capacidad de escucha y en la aplicación del mensaje de Cristo.

Lo que más duele de la respuesta episcopal es el tono de descalificación hacia quienes, con el Evangelio en la mano, planteamos una discrepancia. Al tildar nuestra crítica de "ataque despiadado" o de fruto de "fobias y filias" y "fracasos personales", el arzobispo Sanz Montes rompe el principio básico de la comunión. En lugar de acoger la inquietud de sus fieles como una oportunidad de discernimiento, opta por la trinchera. Para quien creció en la fe la Iglesia del diálogo y la apertura, ver al pastor utilizar términos como "disidencias eclesiales conocidas" es asistir a una purga ideológica que nos expulsa del corazón de la diócesis.

La respuesta del arzobispo reincide en un discurso que sitúa el límite y la sospecha por encima de la acogida. Al insistir en que "todos no caben" o en la presencia de "delitos de sangre" e "intenciones terroristas" entre quienes llegan a nuestras fronteras, Sanz Montes se alinea con una retórica de exclusión que contradice la trayectoria de hospitalidad que nos enseña a ver a Cristo en el vulnerable. La “Iglesia hospital de campaña” de Francisco y León XIV que acoge, protege, promueve e integra, se transforma, en manos de Sanz Montes, en una institución que gestiona el miedo.

La desafección que esto provoca en no pocas personas creyentes es total: es el sentimiento de que el mensaje universal del Evangelio ha sido secuestrado por una visión sectaria que prefiere levantar muros dialécticos antes que tender puentes de misericordia.

Cincuenta años después de aquella primavera eclesial en la que tantas personas crecimos en la fe, el sentimiento actual es de un invierno gélido. La respuesta del arzobispo Sanz Montes no solo no rectifica, sino que profundiza en la división. Al presentarse como víctima de una "polémica de diseño" y despreciar la voz de creyentes que claman por coherencia evangélica, demuestra que ha dejado de ser el pastor de todos para convertirse en un maestro de la separación.

Ante este escenario de desolación pastoral, cabe preguntarse qué queda de aquella siembra en la que tantos crecimos en la fe. La respuesta del arzobispo evidencia la clausura final de una etapa para instaurar una Iglesia de fronteras y miedos. Sin embargo, la verdadera Iglesia nunca ha sido propiedad de sus jerarcas, sino del Espíritu que sopla donde quiere. Quizá este tiempo de desierto y desafección sirva para recordarnos que nuestra fidelidad no es hacia una estructura que nos ignora, sino hacia una Verdad que nos libera. Aunque los muros de la curia se vuelvan sordos y el pastor olvide su oficio de consuelo, la fe que vivimos nos sigue empujando a los márgenes, allí donde la acogida no sabe de cupos ni sospechas. Al final, la historia no juzgará a la Iglesia por la firmeza de sus dogmas excluyentes, sino por la anchura de su abrazo, porque fuera de ese abrazo el Evangelio es solo una campana que suena a vacío. 

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