¿Pastor de una comunidad o portavoz de una facción?
La llegada de septiembre en Asturias siempre se asocia a la celebración del Día de Asturias y al aroma de la conmemoración de la Santina en Covadonga. Sin embargo, desde hace años, los días previos a esta festividad arrastran también otro tipo de liturgia: la de la provocación política. El arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, ha vuelto a encender el debate público, demostrando una vez más que se siente mucho más cómodo actuando como adalid de los postulados de la ultraderecha que como pastor de una comunidad cristiana.
Su mensaje vinculando la crisis migratoria de Ceuta con la necesidad de una nueva "reconquista" no son un hecho aislado. Son el enésimo capítulo de una estrategia discursiva perfectamente calculada. Hace unos meses nos decía que "aquí no caben todos" para torpedear la regularización de personas migrantes. Ahora resucita el fantasma de la guerra santa medieval a las puertas de Covadonga. Al hilar ambas posturas, la máscara pastoral se cae por completo y lo que queda no es doctrina social de la Iglesia, sino geopolítica del miedo. El arzobispo se suma así a esa preocupante realidad que el papa Francisco denunció con firmeza y cuyo rechazo el actual pontífice, Leon XIV, mantiene hoy en el centro de su magisterio: la cultura del descarte. Al tratar a las personas migrantes como una mercancía demográfica o un peligro ideológico excedente, se asume la lógica de que hay seres humanos sobrantes a los que se puede, literalmente, descartar.
Lo verdaderamente alarmante de este perfil no es solo su beligerancia política, sino cómo sus proclamas caminan en sentido radicalmente opuesto al Evangelio de Jesús, según cuyo modelo de vida una vez se comprometió a ejercer su labor pastoral. Mientras Jesús de Nazaret coloca al forastero, al desamparado y al excluido en el centro de su mensaje moral —"fui forastero y me acogisteis" (Mateo, 25)—, Sanz Montes prefiere levantar muros retóricos y utilizar términos condescendientes que deshumanizan al migrante. Mientras los rotundos mensajes que León XIV dejó en su reciente visita a España insistían en que la dignidad humana es un don sagrado dado por Dios que obliga a la fraternidad y a derribar prejuicios, el arzobispo de Oviedo opta por la lógica de la invasión y el enemigo cultural.
Cuando un líder religioso utiliza el púlpito para sembrar hostilidad, dolor o enemistad en lugar de reconciliación, consuelo o fraternidad, y para lanzar ataques explícitos contra la gobernanza civil agitando discursos excluyentes, pervierte su misión. Su lenguaje no bebe de las bienaventuranzas, sino de los argumentarios de partido. No busca pastorear a un rebaño diverso, busca enardecer a una facción ideológica.
La fe, la espiritualidad y la devoción popular merecen ser espacios de encuentro, no la trinchera desde la que un obispo calienta los motores de la confrontación social. Al final, la historia y el pueblo creyente juzgarán si pesó más la mitra o el mitin. Pero, tanto a la luz de los valores humanistas más elementales como de las propias Escrituras, la respuesta parece dolorosamente clara: se puede ser un actor político de la derecha radical, o se puede ser un pastor fiel al Evangelio. Hacer ambas cosas a la vez es, sencillamente, imposible. Y Sanz Montes, plenamente consciente de esa incompatibilidad, ya ha elegido: su empeño busca el triunfo de su propia agenda política en lugar de la verdad del Evangelio.
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