martes, 29 de septiembre de 2026

LA VIVIENDA ES UN DERECHO SOCIAL. POR EL FIN DE LA ESPECULACIÓN Y DEL EXHIBICIONISMO MORAL

¿En qué momento de nuestra historia democrática decidimos igualar el derecho constitucional a una vivienda con el supuesto derecho a especular con ella? Esta es la gran pregunta que resuena con fuerza en el debate público actual, y que la propia portavoz del Sindicato de Inquilinas e Inquilinos lanzaba como un dardo de sentido común frente a las pantallas de televisión. Hemos normalizado una anomalía salvaje: tratar un bien social de primera necesidad, indispensable para desarrollar cualquier proyecto de vida digno, como si fuera un simple activo financiero en una cartera de inversión bursátil. Al hacerlo, se ha permitido que el mercado fagocite la cohesión social, convirtiendo los barrios en tableros de Monopoly y despojando a la ciudadanía de su derecho a la ciudad. La vivienda no puede seguir siendo la gallina de los huevos de oro de los fondos buitre ni el colchón financiero de un rentismo insaciable; tiene que volver a ser, estrictamente, el lugar donde la gente vive.

Hay que decirlo con total claridad desde el principio: no existe equivalencia posible entre el derecho a un techo y el "derecho" a lucrarse exponencialmente a costa de la asfixia ajena. La propiedad privada tiene límites explícitos fijados por su función social en el artículo 47 de nuestra propia Constitución, pero décadas de desregulación feroz, de desidia institucional y de alfombras rojas a grandes tenedores han invertido las prioridades, consagrando una dictadura de mercado donde el beneficio de unos pocos se impone a la supervivencia material de la mayoría. Quien defienda que la vivienda debe regirse por la misma lógica salvaje que las acciones de bolsa está defendiendo la expulsión de las clases populares de sus propios hogares. Esta entrada de blog parte de una premisa innegociable: la vivienda es un derecho humano, y la única misión de una política progresista digna de ese nombre debe ser subordinar el mercado al interés general, combatiendo frontalmente su concepción como producto de especulación.

Es ahí donde el problema de la vivienda en España deja de ser una crisis sectorial latente para convertirse en una emergencia social de dimensiones inéditas. Quienes insisten en equiparar la asfixia actual del mercado del alquiler con las dinámicas cíclicas de las crisis del pasado demuestran una cortedad de miras descomunal. Nunca antes el acceso a un techo había devorado un porcentaje tan salvaje de los salarios, bloqueando la emancipación de generaciones enteras, distorsionando el mercado laboral y triturando la economía doméstica de las clases medias y populares. Ante este escenario de vulnerabilidad sistémica, la ciudadanía no exige milagros utópicos ni debates de trinchera televisiva; lo que reclama de forma desesperada son respuestas eficaces, tangibles e inmediatas. Sin embargo, el principal obstáculo ideológico en el bloque del progreso ya no es solo el relato ultraliberal de la derecha, sino el repliegue de una cierta izquierda en el dogma, el resentimiento personal y la comodidad de su propia pureza.

Por un lado, encontramos a esa corriente ruidosa movida por el puro despecho político hacia el liderazgo de Pedro Sánchez. Atrapados en la necesidad obsesiva de desgastar al Ejecutivo a cualquier precio, no dudan en adoptar o justificar los marcos conservadores si eso sirve para apuntalar su relato de que la política de vivienda de la Moncloa es un fracaso absoluto. Son analistas y opinadores que, con total ligereza, terminan comprando el dogma liberal de que las leyes de la oferta y la demanda son físicas, absolutas e inmutables, asumiendo el mantra patronal de que el único camino es liberar suelo y reducir la burocracia para que el mercado se autorregule. Prefieren validar las tesis de la derecha y amplificar el relato de la inseguridad jurídica o el miedo del rentista con tal de tener la razón en sus cuitas personales contra el presidente.

Por otro lado, y de forma aún más paradójica, se sitúa esa izquierda esencialista, de trinchera y pancarta —la de las esencias del izquierdismo puro y revolucionario de salón y de estudios de tv—. Es la izquierda "del algodón", la que opera bajo la premisa de que sus principios inalienables y su identidad doctrinal están por encima incluso de dar satisfacción a las necesidades urgentes de la gente. Para esta corriente, la política no es una herramienta de utilidad pública para mejorar el día a día de las familias aquí y ahora, sino un escenario puramente estético para exhibir una supuesta superioridad moral y mantener el carné de la ortodoxia intacto.

Esta desconexión con la realidad se hace evidente en los intentos recientes de forzar un reverdecimiento del 15-M, visible en la reactivación de las protestas y la vuelta de las acampadas a la Puerta del Sol. Si bien el malestar social por el alquiler es legítimo, pretender calcar las fórmulas de hace más de una década ignora que la España actual no tiene nada que ver con la de 2011 o 2015. El panorama ha cambiado radicalmente, sobre todo porque esa misma izquierda disruptiva que nació de aquellas plazas ya ha ocupado espacios de poder en el Gobierno de la nación, demostrando las lógicas limitaciones de la gestión institucional. Insistir hoy en una nostalgia romántica y en un 15-M idealizado, en medio de un clima político de máxima polarización, revela una preocupante falta de madurez estratégica.

No ver el escenario completo es ignorar al verdadero elefante en la habitación: la ultraderecha. En el contexto actual, estas movilizaciones maximalistas, lejos de debilitar las estructuras del capital inmobiliario, corren el riesgo de convertirse, aun sin pretenderlo, en el caballo de Troya perfecto que las fuerzas reaccionarias están deseando explotar. La ultraderecha ansía el desorden, la impugnación total del sistema institucional y la desestabilización del bloque progresista para canalizar el descontento hacia soluciones autoritarias y regresivas. Alimentar la hoguera de la antipolítica desde la izquierda "del algodón" solo pavimenta el camino para aquellos que buscan destruir los pocos escudos sociales existentes.

Aquí es donde estalla la gran tensión dinámica que vertebra la política española: el choque frontal entre este purismo estéril de salón y el posibilismo pragmático del PSOE. Mientras el esencialismo habita cómodamente en el diagnóstico destructivo, exigiendo utopías inmediatas e irrealizables desde la barrera —y sin asumir jamás los costes institucionales, presupuestarios ni las contradicciones que implica gestionar un país real—, el socialismo se ve obligado a ejercer como la izquierda del BOE (Boletín Oficial del Estado). El PSOE entiende que gobernar consiste en transformar la realidad a través de las herramientas jurídicas efectivas y las mayorías parlamentarias posibles. Implica equilibrar la protección social con la estabilidad económica y negociar palmo a palmo en escenarios fragmentados para sacar adelante avances reales. La izquierda del BOE sabe que un avance del cinco por ciento plasmado en una ley es infinitamente más útil para un ciudadano que una proclama del cien por cien atrapada en un tuit o en una lona de acampada.

La gran contradicción de esta izquierda esencialista es que, en su empeño por mantener las manos limpias y no contaminarse con el posibilismo gubernamental, termina siendo profundamente disfuncional para los intereses de las mayorías. Cometen el error político y estratégico de despachar las medidas de intervención pública y las reformas reales del Gobierno, como el control de precios o la protección frente a desahucios vulnerables, bajo la etiqueta displicente de "populismo cosmético" o "medidas para la televisión". Al descalificar estas herramientas de emergencia por considerarlas insuficientes o meramente estéticas, debilitan la posición de protección del propio Estado, desmovilizan a su propio electorado y terminan coincidiendo con el argumento central de la derecha: que cualquier intervención pública en el mercado es inútil y contraproducente. Con la excusa infantil de que "el Gobierno no hace lo suficiente", prefieren una derrota pura, digna y melancólica en el terreno de las ideas antes que una victoria parcial, negociada y pragmática que alivie el drama habitacional de miles de personas el mes que viene.

Va siendo hora de que el debate progresista recupere la madurez, la responsabilidad histórica y la altura de miras. No se puede jugar a hacer activismo de salón ni a la guerra de guerrillas interna mientras se desprecia la única herramienta capaz de cambiar las cosas de verdad: el Boletín Oficial del Estado. La gravedad del momento exige dejar atrás los resentimientos personales y las trincheras identitarias, asumir el posibilismo como la única vía real de transformación social y volver a lo fundamental. Defender que la vivienda es un derecho constitucional implica mancharse las manos con la realidad cotidiana de la gestión y la negociación para subordinar, de una vez por todas, el mercado al interés general. Empeñarse en exigir la pureza del algodón mientras las familias siguen siendo expulsadas de sus barrios no es ser más de izquierdas; es, sencillamente, una monumental cortedad de miras que convierte la ideología en un lujo estéril y da la espalda a la realidad de la gente.

En definitiva, la resolución de esta crisis estructural no llegará desde la comodidad del maximalismo retórico ni desde el bloqueo del despecho partidista. Quienes anteponen la pureza inmaculada de sus siglas a las urgencias materiales de la calle, o quienes asumen los dogmas del mercado para erosionar las reformas del Gobierno, terminan siendo cómplices del modelo especulativo que dicen combatir y dejando el campo libre al avance reaccionario. Defender la vivienda como el derecho social que es exige madurez, valentía y la voluntad firme de gobernar la realidad. Porque la ideología que no se traduce en medidas reales para bajar un alquiler es solo estética; frente a la emergencia habitacional, menos exhibicionismo moral y más BOE.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

EL GAS PIMIENTA, UNA FOTO Y UN MENSAJE

Si alguien quisiera entender cómo se construye el marco mental de la extrema derecha en la Europa del siglo XXI, no necesitaría leer densos manuales de teoría política. Bastaría con que observara lo que está sucediendo en España, en general en las últimas semanas, y más concretamente en las últimas horas, en torno a un único punto geográfico: Ceuta.

En este enclave fronterizo, tres acontecimientos aparentemente independientes —pero profundamente coordinados en lo simbólico— han convergido para dibujar una radiografía perfecta de nuestro tiempo. Un objeto de defensa personal, una instantánea de la jefatura del Estado y una homilía eclesiástica. Política, ejército y religión. Tres poderes tradicionales operando al unísono sobre un tablero donde la crisis migratoria ya no se gestiona como una realidad humanitaria, sino como un escenario de guerra cultural y psicológica.

Para desenterrar los cables que conectan estos tres hitos, resulta útil cruzar la mirada con tres lecturas fundamentales de la ciencia política actual: Epidemia ultra de Franco delle Donne, La era de la revancha de Andrea Rizzi, y La doctrina invisible de George Monbiot y Peter Hutchison. Al relacionarlos, descubrimos que lo que está ocurriendo en Ceuta no es un hecho aislado, sino la escenificación local de una crisis sistémica global.

La tríada del miedo: de la táctica digital al púlpito

El primer hito es puramente político y mediático, y se manifiesta a través del significante del gas pimienta. En las últimas horas, diversos portavoces de la derecha y sus terminales de comunicación han viralizado un relato angustiante: madres en Ceuta que, presuntamente, están incluyendo sprays de pimienta en el estuche escolar de sus hijas ante el inicio de curso. En Epidemia ultra, Franco delle Donne nos advierte de que la nueva ola reaccionaria ya no compite en el terreno de la gestión, sino en el de la hiperpolarización afectiva y la captura cultural. El gas pimienta deja de ser un objeto físico para convertirse en un contenedor donde verter los peores temores sociales. Al introducir la supuesta amenaza en el espacio de protección de la escuela infantil, se activa un pánico moral inmediato. Es una estrategia que actualiza con herramientas digitales los viejos principios de la propaganda de Joseph Goebbels durante el nazismo: el principio de la exageración y la desfiguración, que consiste en convertir cualquier anécdota en una amenaza grave, y el principio de la transposición, que busca proyectar en un enemigo externo los propios miedos de la sociedad. Una táctica también calcada de la Alt-Right estadounidense, la derecha alternativa trumpista que se está cargando al partido republicano. Inocular la sensación de peligro inminente sirve, hoy como en el siglo pasado, para desproteger psicológicamente a la ciudadanía y forzarla a exigir respuestas autoritarias.

Mientras ese miedo cotidiano se cocina en las redes, ciertos resortes del aparato del Estado, aquellos con capacidad decisoria para marcar según qué agendas institucionales, mueven ficha en el plano simbólico a través de una fotografía. La Casa del Rey difunde una imagen no programada de una reunión del Jefe del Estado que, si bien pudiera formar parte de la agenda oficial habitual y ordinaria, nunca había sido objeto de información gráfica con anterioridad.  Aquí encaja con precisión quirúrgica la tesis de Andrea Rizzi en La era de la revancha. Rizzi explica de qué manera los conflictos contemporáneos se han trasladado a la llamada "zona gris" de la geopolítica, un espacio por debajo del umbral de la guerra abierta donde potencias extranjeras utilizan herramientas asimétricas —desde ciberataques, guerra informativa y desestabilización económica, hasta la propia instrumentalización de los flujos migratorios— para erosionar la seguridad y la cohesión interna de las democracias occidentales. Si bien la imagen busca proyectar soberanía frente al chantaje internacional, en el tablero doméstico genera un reverso sumamente complejo. Al militarizar visualmente la gestión de personas desarmadas en busca de futuro, no solo se valida, ¿involuntariamente?, el marco de la amenaza bélica, sino que la propia instantánea opera como un sutil significante político en el equilibrio de poderes. Esa inusual sobreexposición gráfica introduce una asimetría en la liturgia de una monarquía parlamentaria, sugiriendo de forma velada una suerte de tutela escénica sobre el devenir civil del país. Al permitir que el encuadre fotográfico se alinee con la narrativa de la excepcionalidad y la intemperie institucional, tan repetida desde amplios sectores de la derecha y la ultraderecha, la jefatura del Estado compromete la estricta neutralidad de sus atribuciones constitucionales frente al poder ejecutivo. Es en esa fisura representativa donde se activa, como advierte Rizzi, ese instinto de repliegue nacional y hostilidad defensiva que caracteriza a los estados psicológicos de la revancha.

Este engranaje se cierra en el plano espiritual mediante un mensaje desde el púlpito. Jesús Sanz Montes, arzobispo de Oviedo, ha adoptado sin ambajes el vocabulario de la ultraderecha, tanto en su carta semanal como en la homilía de Covadonga, utilizando términos como "auténtica avalancha" o "invasión" para referirse a Ceuta, e insinuando "intenciones perversas" tanto en quienes cruzan el espigón como en el legítimo gobierno de España. La respuesta a cómo un líder eclesial sitúa el relato de la sospecha por delante de la misericordia evangélica nos la ofrecen George Monbiot y Peter Hutchison en La doctrina invisible. Los autores demuestran cómo décadas de neoliberalismo han colonizado las mentes, destruyendo la idea de comunidad y entronizando la ideología de la escasez. Bajo este dogma secular, la vida es una competencia darwinista por los recursos y el otro es siempre un competidor peligroso. La homilía de Sanz Montes demuestra que esta doctrina del miedo ha ganado la batalla cultural al Evangelio, legitimando moralmente el egoísmo social y convirtiendo la deshumanización del migrante en una postura aceptable para el creyente.

Autocrítica y horizonte desde la izquierda

Ante este despliegue de pánico moral, escenografía militar y discursos de exclusión, la respuesta progresista no debe nacer de la reactividad sino de la autoexigencia. El proyecto de la izquierda, basado en el pacto social y la convivencia, es real y tangible, pero para fortalecerlo frente a las embestidas de la reacción es imprescindible el ejercicio de la autocrítica. Durante demasiado tiempo, los sectores progresistas han caído en la trampa del marco del adversario, respondiendo desde un plano puramente estético o con un moralismo abstracto que corre el riesgo de sonar desconectado de la realidad de las clases populares. No se puede combatir el miedo inoculado con condescendencia. Cuando no se atiende con suficiente contundencia la ansiedad real que la precarización económica y la falta de recursos públicos provocan en la ciudadanía, se deja un espacio que la extrema derecha aprovecha para canalizar a través de la xenofobia. El error no está en el proyecto, sino en la necesidad de articularlo con más fuerza, arrebatándole a la derecha el monopolio de conceptos como el orden o la seguridad, y demostrando, sin titubear ante los marcos del miedo, que no hay mayor firmeza institucional que la conquista de más Democracia y la ampliación del bienestar social, cimientos indispensables para blindar la defensa de los derechos humanos y la dignidad civil frente al ruido de la polarización.

Para blindar este horizonte frente a quienes no tienen una alternativa y solo ofrecen polarización, la propuesta de la izquierda debe seguir profundizando en sus pilares fundamentales. En primer lugar, es prioritario anteponer la seguridad social frente a la seguridad punitiva, demostrando que el miedo de las familias no se cura blindando fronteras, sino garantizando el Estado del bienestar: vivienda digna, servicios públicos robustos y empleos estables que desactiven el anclaje del discurso del odio. En segundo lugar, se requiere corresponsabilidad internacional frente a las "zonas grises", lo que implica una política exterior valiente que aborde el fenómeno migratorio desde el codesarrollo mutuo y exija una implicación real a nivel europeo, superando el modelo que convierte a los enclaves del sur en meros tapones fronterizos. Finalmente, urge la reconstrucción del nosotros colectivo frente a las homilías de la escasez, recuperando la bandera de la fraternidad y la comunidad como valores civiles y laicos, donde la acogida no sea un acto de caridad, sino un ejercicio de derechos humanos.

La izquierda no ganará la batalla cultural simplemente evidenciando que la derecha miente; la ganará ensanchando e implementando cada día ese plan que ya defiende y ejecuta desde las instituciones: el de la democracia, el respeto de la dignidad y los derechos humanos frente al vacío de quienes solo tienen la crispación como programa.

El espejo de la quiebra moral

Al unir el hilo político, el militar y el religioso, el paisaje que emerge en Ceuta es desolador, pero de una claridad meridiana. El aparato digital genera el pánico cotidiano, una parte del institucional escenifica una respuesta de excepcionalidad defensiva y el doctrinal ofrece la cobertura espiritual para justificar el rechazo.

El verdadero peligro de la epidemia ultra no reside únicamente en los resultados electorales que las encuestas no se cansan de repetir. El peligro real, como demuestran de forma brillante Delle Donne, Rizzi, Monbiot y Hutchison, es que sus marcos mentales terminen por colonizar los estuches de los colegios, los despachos de las instituciones y los altares de las iglesias. Ceuta no es solo una frontera geográfica. Ceuta es hoy el espejo donde se refleja la quiebra moral de Europa, pero también el lugar donde la defensa firme de los valores democráticos se vuelve más urgente que nunca.

viernes, 4 de septiembre de 2026

DE LA MITRA AL MITIN. EL ARZOBISPO QUE ABRAZA LA RECONQUISTA Y DESCARTA LA ACOGIDA

¿Pastor de una comunidad o portavoz de una facción?

La llegada de septiembre en Asturias siempre se asocia a la celebración del Día de Asturias y al aroma de la conmemoración de la Santina en Covadonga. Sin embargo, desde hace años, los días previos a esta festividad arrastran también otro tipo de liturgia: la de la provocación política. El arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, ha vuelto a encender el debate público, demostrando una vez más que se siente mucho más cómodo actuando como adalid de los postulados de la ultraderecha que como pastor de una comunidad cristiana.

Su mensaje vinculando la crisis migratoria de Ceuta con la necesidad de una nueva "reconquista" no son un hecho aislado. Son el enésimo capítulo de una estrategia discursiva perfectamente calculada. Hace unos meses nos decía que "aquí no caben todos" para torpedear la regularización de personas migrantes. Ahora resucita el fantasma de la guerra santa medieval a las puertas de Covadonga. Al hilar ambas posturas, la máscara pastoral se cae por completo y lo que queda no es doctrina social de la Iglesia, sino geopolítica del miedo. El arzobispo se suma así a esa preocupante realidad que el papa Francisco denunció con firmeza y cuyo rechazo el actual pontífice, Leon XIV, mantiene hoy en el centro de su magisterio: la cultura del descarte. Al tratar a las personas migrantes como una mercancía demográfica o un peligro ideológico excedente, se asume la lógica de que hay seres humanos sobrantes a los que se puede, literalmente, descartar.

Lo verdaderamente alarmante de este perfil no es solo su beligerancia política, sino cómo sus proclamas caminan en sentido radicalmente opuesto al Evangelio de Jesús, según cuyo modelo de vida una vez se comprometió a ejercer su labor pastoral. Mientras Jesús de Nazaret coloca al forastero, al desamparado y al excluido en el centro de su mensaje moral —"fui forastero y me acogisteis" (Mateo, 25)—, Sanz Montes prefiere levantar muros retóricos y utilizar términos condescendientes que deshumanizan al migrante. Mientras los rotundos mensajes que León XIV dejó en su reciente visita a España insistían en que la dignidad humana es un don sagrado dado por Dios que obliga a la fraternidad y a derribar prejuicios, el arzobispo de Oviedo opta por la lógica de la invasión y el enemigo cultural.

Cuando un líder religioso utiliza el púlpito para sembrar hostilidad, dolor o enemistad en lugar de reconciliación, consuelo o fraternidad, y para lanzar ataques explícitos contra la gobernanza civil agitando discursos excluyentes, pervierte su misión. Su lenguaje no bebe de las bienaventuranzas, sino de los argumentarios de partido. No busca pastorear a un rebaño diverso, busca enardecer a una facción ideológica.

La fe, la espiritualidad y la devoción popular merecen ser espacios de encuentro, no la trinchera desde la que un obispo calienta los motores de la confrontación social. Al final, la historia y el pueblo creyente juzgarán si pesó más la mitra o el mitin. Pero, tanto a la luz de los valores humanistas más elementales como de las propias Escrituras, la respuesta parece dolorosamente clara: se puede ser un actor político de la derecha radical, o se puede ser un pastor fiel al Evangelio. Hacer ambas cosas a la vez es, sencillamente, imposible. Y Sanz Montes, plenamente consciente de esa incompatibilidad, ya ha elegido: su empeño busca el triunfo de su propia agenda política en lugar de la verdad del Evangelio.