Si alguien quisiera entender cómo se construye el marco mental de la extrema derecha en la Europa del siglo XXI, no necesitaría leer densos manuales de teoría política. Bastaría con que observara lo que está sucediendo en España, en general en las últimas semanas, y más concretamente en las últimas horas, en torno a un único punto geográfico: Ceuta.
En este enclave fronterizo, tres acontecimientos aparentemente independientes —pero profundamente coordinados en lo simbólico— han convergido para dibujar una radiografía perfecta de nuestro tiempo. Un objeto de defensa personal, una instantánea de la jefatura del Estado y una homilía eclesiástica. Política, ejército y religión. Tres poderes tradicionales operando al unísono sobre un tablero donde la crisis migratoria ya no se gestiona como una realidad humanitaria, sino como un escenario de guerra cultural y psicológica.
Para desenterrar los cables que conectan estos tres hitos, resulta útil cruzar la mirada con tres lecturas fundamentales de la ciencia política actual: Epidemia ultra de Franco delle Donne, La era de la revancha de Andrea Rizzi, y La doctrina invisible de George Monbiot y Peter Hutchison. Al relacionarlos, descubrimos que lo que está ocurriendo en Ceuta no es un hecho aislado, sino la escenificación local de una crisis sistémica global.
La tríada del miedo: de la táctica digital al púlpito
El primer hito es puramente político y mediático, y se manifiesta a través del significante del gas pimienta. En las últimas horas, diversos portavoces de la derecha y sus terminales de comunicación han viralizado un relato angustiante: madres en Ceuta que, presuntamente, están incluyendo sprays de pimienta en el estuche escolar de sus hijas ante el inicio de curso. En Epidemia ultra, Franco delle Donne nos advierte de que la nueva ola reaccionaria ya no compite en el terreno de la gestión, sino en el de la hiperpolarización afectiva y la captura cultural. El gas pimienta deja de ser un objeto físico para convertirse en un contenedor donde verter los peores temores sociales. Al introducir la supuesta amenaza en el espacio de protección de la escuela infantil, se activa un pánico moral inmediato. Es una estrategia que actualiza con herramientas digitales los viejos principios de la propaganda de Joseph Goebbels durante el nazismo: el principio de la exageración y la desfiguración, que consiste en convertir cualquier anécdota en una amenaza grave, y el principio de la transposición, que busca proyectar en un enemigo externo los propios miedos de la sociedad. Una táctica también calcada de la Alt-Right estadounidense, la derecha alternativa trumpista que se está cargando al partido republicano. Inocular la sensación de peligro inminente sirve, hoy como en el siglo pasado, para desproteger psicológicamente a la ciudadanía y forzarla a exigir respuestas autoritarias.
Mientras ese miedo cotidiano se cocina en las redes, ciertos resortes del aparato del Estado, aquellos con capacidad decisoria para marcar según qué agendas institucionales, mueven ficha en el plano simbólico a través de una fotografía. La Casa del Rey difunde una imagen no programada de una reunión del Jefe del Estado que, si bien pudiera formar parte de la agenda oficial habitual y ordinaria, nunca había sido objeto de información gráfica con anterioridad. Aquí encaja con precisión quirúrgica la tesis de Andrea Rizzi en La era de la revancha. Rizzi explica de qué manera los conflictos contemporáneos se han trasladado a la llamada "zona gris" de la geopolítica, un espacio por debajo del umbral de la guerra abierta donde potencias extranjeras utilizan herramientas asimétricas —desde ciberataques, guerra informativa y desestabilización económica, hasta la propia instrumentalización de los flujos migratorios— para erosionar la seguridad y la cohesión interna de las democracias occidentales. Si bien la imagen busca proyectar soberanía frente al chantaje internacional, en el tablero doméstico genera un reverso sumamente complejo. Al militarizar visualmente la gestión de personas desarmadas en busca de futuro, no solo se valida, ¿involuntariamente?, el marco de la amenaza bélica, sino que la propia instantánea opera como un sutil significante político en el equilibrio de poderes. Esa inusual sobreexposición gráfica introduce una asimetría en la liturgia de una monarquía parlamentaria, sugiriendo de forma velada una suerte de tutela escénica sobre el devenir civil del país. Al permitir que el encuadre fotográfico se alinee con la narrativa de la excepcionalidad y la intemperie institucional, tan repetida desde amplios sectores de la derecha y la ultraderecha, la jefatura del Estado compromete la estricta neutralidad de sus atribuciones constitucionales frente al poder ejecutivo. Es en esa fisura representativa donde se activa, como advierte Rizzi, ese instinto de repliegue nacional y hostilidad defensiva que caracteriza a los estados psicológicos de la revancha.
Este engranaje se cierra en el plano espiritual mediante un mensaje desde el púlpito. Jesús Sanz Montes, arzobispo de Oviedo, ha adoptado sin ambajes el vocabulario de la ultraderecha, tanto en su carta semanal como en la homilía de Covadonga, utilizando términos como "auténtica avalancha" o "invasión" para referirse a Ceuta, e insinuando "intenciones perversas" tanto en quienes cruzan el espigón como en el legítimo gobierno de España. La respuesta a cómo un líder eclesial sitúa el relato de la sospecha por delante de la misericordia evangélica nos la ofrecen George Monbiot y Peter Hutchison en La doctrina invisible. Los autores demuestran cómo décadas de neoliberalismo han colonizado las mentes, destruyendo la idea de comunidad y entronizando la ideología de la escasez. Bajo este dogma secular, la vida es una competencia darwinista por los recursos y el otro es siempre un competidor peligroso. La homilía de Sanz Montes demuestra que esta doctrina del miedo ha ganado la batalla cultural al Evangelio, legitimando moralmente el egoísmo social y convirtiendo la deshumanización del migrante en una postura aceptable para el creyente.
Autocrítica y horizonte desde la izquierda
Ante este despliegue de pánico moral, escenografía militar y discursos de exclusión, la respuesta progresista no debe nacer de la reactividad, sino de la autoexigencia. El proyecto de la izquierda, basado en el pacto social y la convivencia, es real y tangible, pero para fortalecerlo frente a las embestidas de la reacción es imprescindible el ejercicio de la autocrítica. Durante demasiado tiempo, los sectores progresistas han caído en la trampa del marco del adversario, respondiendo desde un plano puramente estético o con un moralismo abstracto que corre el riesgo de sonar desconectado de la realidad de las clases populares. No se puede combatir el miedo inoculado con condescendencia. Cuando no se atiende con suficiente contundencia la ansiedad real que la precarización económica y la falta de recursos públicos provocan en la ciudadanía, se deja un espacio que la extrema derecha aprovecha para canalizar a través de la xenofobia. El error no está en el proyecto, sino en la necesidad de articularlo con más fuerza, arrebatándole a la derecha el monopolio de conceptos como el orden o la seguridad, y demostrando, sin titubear ante los marcos del miedo, que no hay mayor firmeza institucional que la conquista de más Democracia y la ampliación del bienestar social, cimientos indispensables para blindar la defensa de los derechos humanos y la dignidad civil frente al ruido de la polarización.
Para blindar este horizonte frente a quienes no tienen una alternativa y solo ofrecen polarización, la propuesta de la izquierda debe seguir profundizando en sus pilares fundamentales. En primer lugar, es prioritario anteponer la seguridad social frente a la seguridad punitiva, demostrando que el miedo de las familias no se cura blindando fronteras, sino garantizando el Estado del bienestar: vivienda digna, servicios públicos robustos y empleos estables que desactiven el anclaje del discurso del odio. En segundo lugar, se requiere corresponsabilidad internacional frente a las "zonas grises", lo que implica una política exterior valiente que aborde el fenómeno migratorio desde el codesarrollo mutuo y exija una implicación real a nivel europeo, superando el modelo que convierte a los enclaves del sur en meros tapones fronterizos. Finalmente, urge la reconstrucción del nosotros colectivo frente a las homilías de la escasez, recuperando la bandera de la fraternidad y la comunidad como valores civiles y laicos, donde la acogida no sea un acto de caridad, sino un ejercicio de derechos humanos.
La izquierda no ganará la batalla cultural simplemente evidenciando que la derecha miente; la ganará ensanchando e implementando cada día ese plan que ya defiende y ejecuta desde las instituciones: el de la democracia, el respeto de la dignidad y los derechos humanos frente al vacío de quienes solo tienen la crispación como programa.
El espejo de la quiebra moral
Al unir el hilo político, el militar y el religioso, el paisaje que emerge en Ceuta es desolador, pero de una claridad meridiana. El aparato digital genera el pánico cotidiano, una parte del institucional escenifica una respuesta de excepcionalidad defensiva y el doctrinal ofrece la cobertura espiritual para justificar el rechazo.
El verdadero peligro de la epidemia ultra no reside únicamente en los resultados electorales que las encuestas no se cansan de repetir. El peligro real, como demuestran de forma brillante Delle Donne, Rizzi, Monbiot y Hutchison, es que sus marcos mentales terminen por colonizar los estuches de los colegios, los despachos de las instituciones y los altares de las iglesias. Ceuta no es solo una frontera geográfica. Ceuta es hoy el espejo donde se refleja la quiebra moral de Europa, pero también el lugar donde la defensa firme de los valores democráticos se vuelve más urgente que nunca.
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