viernes, 3 de enero de 2020

POLÍTICA DESDE LA TRINCHERA

En Democracia el voto es la poderosa arma en manos de la ciudadanía para garantizar el buen gobierno. El ejercicio del derecho al voto es la fórmula que permite disciplinar de forma eficaz a quienes nos representan, obligándoles a servir a los intereses de la sociedad. El voto es la herramienta que suscita una estructura de alicientes de lógica bien sencilla: recompensa en las urnas a quienes ejercitan un buen gobierno y expulsa de las instituciones a quienes solo persiguen su interés particular.

El mejor remedio para evitar el castigo electoral es atender a las demandas de la ciudadanía. En los tiempos políticos actuales en los que las urnas, además de sustanciar responsabilidades, trasladan mensajes que requieren de una gran amplitud interpretativa, el desarrollo de un buen gobierno que aporte soluciones es imprescindible que tenga como premisa fundamental el acuerdo. En la gran mayoría de las demandas ciudadanas solo es posible imaginar una solución si ésta es fruto del diálogo y el acuerdo, porque la imposición y la unilateralidad no permiten resolver nada y, por definición, toda negociación conlleva cesiones. Esto, sencillamente, es hacer política. Política con mayúsculas, con responsabilidad y valentía, en cualquier ámbito, nacional, autonómico o municipal.

La foto política de fondo puede ser la del acuerdo de gobierno para España entre PSOE y Unidas Podemos; o la de la aprobación de los presupuestos regionales; o la de la inestabilidad política que las derechas se empeñan en generar; o el sostenella y no enmendalla de Ripa y sus huestes en Asturias. Pero, sea cual sea la imagen en la que enmarquemos el análisis, no conviene distraerse con los fuegos de artificio y se hace imprescindible continuar avanzando alejándose de la política hecha desde las trincheras. El inmovilismo disfrazado de acción preservadora de identidades varias, el negacionismo como bandera o la deslegitimación de quién piensa diferente son políticas desde la trinchera, pero también lo son la persistencia en las inercias adquiridas o la repetición rutinaria de las mismas respuestas para problemas diferentes.


Escuchar a la ciudadanía interpretando correctamente la voz de las urnas parece el mejor antídoto  para la tentación de irse a la trinchera, porque ciertamente nos gusta que nos den la razón, pero las democracias difícilmente pueden inducir el buen gobierno si quienes deben controlarlo solo oyen lo que quieren oír.