miércoles, 31 de diciembre de 2025

La fe en el escaparate.

2025 ha sido el año en que se nos ha vendido un renacer espiritual al calor de fenómenos de masas, incluido cierto exhibicionismo sobre la fe en alguna cena navideña y concierto en la Puerta del Sol. En un tiempo de espiritualidad estética y ese tipo de emociones compartidas, la fe corre el riesgo de diluirse en una experiencia cómoda y políticamente inofensiva. En este texto reflexiono sobre la distancia entre la fe que emociona y la que compromete, y sobre el precio que la Iglesia está dispuesta a pagar cuando confunde neutralidad con silencio y estética con Evangelio.

Estética, justicia y la tentación de una fe sin barro

Cerramos 2025 navegando —otra vez— en el mar líquido de Zygmunt Bauman. Un océano donde las identidades se diluyen, los compromisos se debilitan y casi todo, incluida la fe, adopta la textura amable de lo efímero. La religión corre así el riesgo de convertirse en una experiencia emocionalmente reconfortante pero políticamente inofensiva: acompaña, emociona, consuela… pero apenas incomoda.

Nunca la espiritualidad había sido tan visible ni tan atractiva. Himnos virales, conciertos multitudinarios, iconografías religiosas recicladas por el pop y amplificadas en el feed. Lo sagrado ha regresado al espacio público envuelto en estética, ritmo y emoción compartida. Es un fenómeno real y no despreciable. La pregunta, sin embargo, sigue siendo la misma: ¿basta con sentir para creer?

La fe líquida —hija legítima de la modernidad líquida— funciona como refugio emocional en tiempos de incertidumbre. Se consume porque “me hace sentir bien”. No pide cuentas, no exige conflicto, no reclama compromiso. Puede habitar sin fricciones en centros comerciales y festivales, sin rozar las estructuras que producen desigualdad. Es espiritualidad compatible con todo, precisamente porque no cuestiona nada.

Frente a esa dulzura anestesiante hacen falta profetas de la incomodidad. Alguien llamó así al papa Francisco, y no le faltaba razón. Francisco fue un martillo contra la cultura de la comodidad, ese consenso blando que nos adormece. “Esta economía mata”, repitió hasta el cansancio, señalando que un sistema que prioriza el consumo sobre la dignidad humana no es neutral: es violento.

La fe no es un sentimiento reconfortante para la tarde del domingo. Es, o debería ser, un acto de subversión. La opción preferencial por los pobres no es un apéndice retórico del Evangelio, sino su núcleo duro. La única manera de solidificar una fe que se evapora en sentimentalismo es tocar la carne herida de Jesús en los cuerpos vulnerables. Sin ese contacto, todo lo demás es decoración.

La distancia entre la espiritualidad de Instagram y el hambre de las periferias nunca fue tan obscena. Si la fe líquida funciona como bálsamo para el alma individual, la opción por los pobres es un despertador para el alma colectiva. No se trata de despreciar la belleza de los nuevos movimientos ni el renacer espiritual de los jóvenes —sería injusto y miope—, sino de preguntarnos dónde termina nuestra oración y dónde empieza nuestra comodidad.

Una fe que no se estremece ante la cultura del descarte, que no se mancha en el barro de la injusticia, puede sonar muy bien con una guitarra y lucir impecable en una medalla de diseño. Pero se disolverá. Porque la estética sin ética es espuma.

El reto es el de siempre, el de hace dos mil años: pasar de la emoción al compromiso; impedir que la estética nos robe la ética; que el brillo de las pantallas no nos ciegue ante la luz —a veces opaca, siempre real— del rostro de quien no tiene nada. Que, esta vez, sí haya sitio en la posada.

Cuando el mar líquido de la historia se retire, no quedarán los likes, ni los conciertos, ni las fotos. Quedará —si queda— lo que hayamos hecho por el más pequeño. Ahí, y solo ahí, se decide si la fe fue roca o espejismo.

La radicalidad del Evangelio

Del sentimiento al compromiso

La llamada “opción preferencial por los pobres” es la dimensión social de la fe y la piedra de toque que desnuda la superficialidad de la fe líquida. No es un complemento: es el centro. Mientras la espiritualidad de consumo promete autorrealización, el Evangelio de las Bienaventuranzas dinamita cualquier confort religioso. “Bienaventurados los pobres”, no como idealización de la miseria, sino como promesa de justicia que exige respuesta política, económica y social.

El Evangelio no propone caridad cosmética. Propone justicia estructural. No se conforma con consolar; denuncia. No se limita a aliviar síntomas; señala causas. Una fe que no cuestiona los mecanismos que producen pobreza traiciona su núcleo fundacional. El compromiso no es solo con el empobrecido concreto, sino con la transformación del sistema que lo empobrece.

Francisco lo formuló con crudeza: la globalización de la indiferencia nos convierte en cómplices. La fe, en este contexto, es un grito profético contra la injusticia y un llamado a construir una sociedad donde la dignidad humana no sea una variable de ajuste. Esa es la roca que la fe estética de 2025 no puede esquivar si aspira a algo más que a un espejismo bien iluminado.

El criterio definitivo está en Mateo 25: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, conmigo lo hicisteis”. Ese pasaje barre cualquier intento de reducir la religión a buen rollo dominical o a éxito musical en redes. Si nuestra espiritualidad no nos lleva a reconocer a Cristo en el hambriento, en el migrante, en el trabajador explotado, seguimos nadando en aguas líquidas.

El espejismo de los números y el silencio de la profecía

Tras el brillo de los estadios llenos y la estética renovada de la espiritualidad de masas, se esconde un autoengaño cada vez más evidente en sectores de la jerarquía de la Conferencia Episcopal Española. Existe la tentación —no disimulada— de confundir visibilidad con vitalidad, engagement con comunidad, emoción colectiva con madurez espiritual. Se celebran cifras, se exhiben auditorios llenos y se presentan estos fenómenos como signos de una primavera eclesial, mientras en paralelo se vacían las parroquias de barrio y se apaga la militancia cristiana que durante décadas sostuvo el compromiso social de la Iglesia.

La jerarquía parece más cómoda leyendo gráficos que escuchando biografías. Mientras se aplaude la espiritualidad que no incomoda, se deja caer —por omisión— a quienes siguen esperando una palabra clara sobre la precariedad, la vivienda, la migración o la desigualdad estructural. El resultado es una Iglesia que gestiona bien la emoción, pero administra mal el conflicto; que acompaña conciencias individuales, pero rehúye una interpelación pública al poder político y económico.

No es solo una cuestión pastoral, sino teológica. Cuando la CEE se refugia en una espiritualidad estéticamente amable y socialmente neutra, no está siendo prudente: está siendo selectiva. Y esa selección tiene consecuencias. Se normaliza una fe compatible con el orden establecido y se margina —sin decirlo— a quienes siguen creyendo que el Evangelio es, ante todo, una crítica radical a la injusticia.

El riesgo es claro: convertir la Iglesia en una institución de doble carril. Una, visible, entusiasta y mediática, que canta, emociona y ocupa espacio público sin interrogar demasiado el orden social que la rodea. Otra, silenciosa y fatigada, que al no encontrar respaldo ni palabra profética sobre la precariedad, la vivienda, la migración o el deterioro de los servicios públicos, acaba alejándose. No por pérdida de fe, sino por exceso de lucidez.

Este deslizamiento no es solo pastoral; es también político. Cuando la Conferencia Episcopal Española —con su presidente y una parte significativa de su comisión ejecutiva— se alinea de facto con el discurso del Partido Popular frente a los gobiernos del PSOE, aunque lo haga con el lenguaje aséptico de la “preocupación institucional” o la “defensa de valores”, está tomando partido. Y al hacerlo, erosiona la credibilidad de su pretendida neutralidad. No se trata de negar a la Iglesia su voz pública, sino de recordar que la identificación reiterada con una opción política concreta no es inocua ni evangélicamente irrelevante.

La consecuencia es previsible: una Iglesia que parece más diligente en señalar los límites del poder político cuando gobierna la izquierda que en denunciar las dinámicas económicas que producen exclusión, desigualdad y pobreza estructural. El silencio selectivo —como la crítica selectiva— también es una forma de posicionamiento. Y suele ser leído así, dentro y fuera.

La economía sigue matando. La desigualdad sigue creciendo. Y cuando el silencio institucional se disfraza de prudencia o de equidistancia, deja de ser una virtud para convertirse en complicidad.

Cuando la fe deja de incomodar al poder y aprende a convivir cómodamente con él, deja de ser fermento crítico y pasa a ser parte del decorado. Y entonces ya no evangeliza: administra consenso. 

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