2025 ha sido el año en que se nos ha vendido un renacer espiritual al calor de fenómenos de masas, incluido cierto exhibicionismo sobre la fe en alguna cena navideña y concierto en la Puerta del Sol. En un tiempo de espiritualidad estética y ese tipo de emociones compartidas, la fe corre el riesgo de diluirse en una experiencia cómoda y políticamente inofensiva. En este texto reflexiono sobre la distancia entre la fe que emociona y la que compromete, y sobre el precio que la Iglesia está dispuesta a pagar cuando confunde neutralidad con silencio y estética con Evangelio.
Estética, justicia y la tentación de una fe sin barro
Cerramos 2025 navegando —otra vez— en el mar
líquido de Zygmunt Bauman. Un océano donde las identidades se diluyen, los
compromisos se debilitan y casi todo, incluida la fe, adopta la textura amable
de lo efímero. La religión corre así el riesgo de convertirse en una
experiencia emocionalmente reconfortante pero políticamente inofensiva:
acompaña, emociona, consuela… pero apenas incomoda.
Nunca la
espiritualidad había sido tan visible ni tan atractiva. Himnos virales,
conciertos multitudinarios, iconografías religiosas recicladas por el pop y
amplificadas en el feed. Lo sagrado ha regresado al espacio público
envuelto en estética, ritmo y emoción compartida. Es un fenómeno real y no
despreciable. La pregunta, sin embargo, sigue siendo la misma: ¿basta con
sentir para creer?
La fe líquida —hija
legítima de la modernidad líquida— funciona como refugio emocional en tiempos
de incertidumbre. Se consume porque “me hace sentir bien”. No pide cuentas, no
exige conflicto, no reclama compromiso. Puede habitar sin fricciones en centros
comerciales y festivales, sin rozar las estructuras que producen desigualdad.
Es espiritualidad compatible con todo, precisamente porque no cuestiona nada.
Frente a esa dulzura
anestesiante hacen falta profetas de la incomodidad. Alguien llamó así al papa
Francisco, y no le faltaba razón. Francisco fue un martillo contra la cultura
de la comodidad, ese consenso blando que nos adormece. “Esta economía mata”,
repitió hasta el cansancio, señalando que un sistema que prioriza el consumo
sobre la dignidad humana no es neutral: es violento.
La fe no es un
sentimiento reconfortante para la tarde del domingo. Es, o debería ser, un acto
de subversión. La opción preferencial por los pobres no es un apéndice retórico
del Evangelio, sino su núcleo duro. La única manera de solidificar una fe que se
evapora en sentimentalismo es tocar la carne herida de Jesús en los cuerpos
vulnerables. Sin ese contacto, todo lo demás es decoración.
La distancia entre la
espiritualidad de Instagram y el hambre de las periferias nunca fue tan
obscena. Si la fe líquida funciona como bálsamo para el alma individual, la
opción por los pobres es un despertador para el alma colectiva. No se trata de
despreciar la belleza de los nuevos movimientos ni el renacer espiritual de los
jóvenes —sería injusto y miope—, sino de preguntarnos dónde termina nuestra
oración y dónde empieza nuestra comodidad.
Una fe que no se
estremece ante la cultura del descarte, que no se mancha en el barro de la
injusticia, puede sonar muy bien con una guitarra y lucir impecable en una
medalla de diseño. Pero se disolverá. Porque la estética sin ética es espuma.
El reto es el de
siempre, el de hace dos mil años: pasar de la emoción al compromiso; impedir
que la estética nos robe la ética; que el brillo de las pantallas no nos ciegue
ante la luz —a veces opaca, siempre real— del rostro de quien no tiene nada.
Que, esta vez, sí haya sitio en la posada.
Cuando el mar líquido
de la historia se retire, no quedarán los likes, ni los conciertos, ni
las fotos. Quedará —si queda— lo que hayamos hecho por el más pequeño. Ahí, y
solo ahí, se decide si la fe fue roca o espejismo.
La radicalidad del Evangelio
Del
sentimiento al compromiso
La llamada “opción
preferencial por los pobres” es la dimensión social de la fe y la piedra de
toque que desnuda la superficialidad de la fe líquida. No es un complemento: es
el centro. Mientras la espiritualidad de consumo promete autorrealización, el Evangelio
de las Bienaventuranzas dinamita cualquier confort religioso. “Bienaventurados
los pobres”, no como idealización de la miseria, sino como promesa de justicia
que exige respuesta política, económica y social.
El Evangelio no propone caridad cosmética.
Propone justicia estructural. No se conforma con consolar; denuncia. No se
limita a aliviar síntomas; señala causas. Una fe que no cuestiona los
mecanismos que producen pobreza traiciona su núcleo fundacional. El compromiso
no es solo con el empobrecido concreto, sino con la transformación del sistema
que lo empobrece.
Francisco lo formuló con crudeza: la
globalización de la indiferencia nos convierte en cómplices. La fe, en este
contexto, es un grito profético contra la injusticia y un llamado a construir
una sociedad donde la dignidad humana no sea una variable de ajuste. Esa es la
roca que la fe estética de 2025 no puede esquivar si aspira a algo más que a un
espejismo bien iluminado.
El criterio definitivo está en Mateo 25:
“Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, conmigo lo hicisteis”. Ese pasaje
barre cualquier intento de reducir la religión a buen rollo dominical o a éxito
musical en redes. Si nuestra espiritualidad no nos lleva a reconocer a Cristo
en el hambriento, en el migrante, en el trabajador explotado, seguimos nadando
en aguas líquidas.
El
espejismo de los números y el silencio de la profecía
Tras el brillo de los estadios llenos y la
estética renovada de la espiritualidad de masas, se esconde un autoengaño cada
vez más evidente en sectores de la jerarquía de la Conferencia Episcopal
Española. Existe la tentación —no disimulada— de confundir visibilidad con
vitalidad, engagement con comunidad, emoción colectiva con madurez
espiritual. Se celebran cifras, se exhiben auditorios llenos y se presentan
estos fenómenos como signos de una primavera eclesial, mientras en paralelo se
vacían las parroquias de barrio y se apaga la militancia cristiana que durante
décadas sostuvo el compromiso social de la Iglesia.
La jerarquía parece más cómoda leyendo
gráficos que escuchando biografías. Mientras se aplaude la espiritualidad que
no incomoda, se deja caer —por omisión— a quienes siguen esperando una palabra
clara sobre la precariedad, la vivienda, la migración o la desigualdad
estructural. El resultado es una Iglesia que gestiona bien la emoción, pero
administra mal el conflicto; que acompaña conciencias individuales, pero rehúye
una interpelación pública al poder político y económico.
No es solo una cuestión pastoral, sino
teológica. Cuando la CEE se refugia en una espiritualidad estéticamente amable
y socialmente neutra, no está siendo prudente: está siendo selectiva. Y esa
selección tiene consecuencias. Se normaliza una fe compatible con el orden
establecido y se margina —sin decirlo— a quienes siguen creyendo que el
Evangelio es, ante todo, una crítica radical a la injusticia.
El riesgo es claro: convertir la Iglesia en
una institución de doble carril. Una, visible, entusiasta y mediática, que
canta, emociona y ocupa espacio público sin interrogar demasiado el orden
social que la rodea. Otra, silenciosa y fatigada, que al no encontrar respaldo
ni palabra profética sobre la precariedad, la vivienda, la migración o el
deterioro de los servicios públicos, acaba alejándose. No por pérdida de fe,
sino por exceso de lucidez.
Este deslizamiento no es solo pastoral; es
también político. Cuando la Conferencia Episcopal Española —con su presidente y
una parte significativa de su comisión ejecutiva— se alinea de facto con el
discurso del Partido Popular frente a los gobiernos del PSOE, aunque lo haga
con el lenguaje aséptico de la “preocupación institucional” o la “defensa de
valores”, está tomando partido. Y al hacerlo, erosiona la credibilidad de su
pretendida neutralidad. No se trata de negar a la Iglesia su voz pública, sino
de recordar que la identificación reiterada con una opción política concreta no
es inocua ni evangélicamente irrelevante.
La consecuencia es previsible: una Iglesia
que parece más diligente en señalar los límites del poder político cuando
gobierna la izquierda que en denunciar las dinámicas económicas que producen
exclusión, desigualdad y pobreza estructural. El silencio selectivo —como la
crítica selectiva— también es una forma de posicionamiento. Y suele ser leído
así, dentro y fuera.
La economía sigue matando. La desigualdad
sigue creciendo. Y cuando el silencio institucional se disfraza de prudencia o
de equidistancia, deja de ser una virtud para convertirse en complicidad.
Cuando la fe deja de incomodar al poder y aprende a convivir cómodamente con él, deja de ser fermento crítico y pasa a ser parte del decorado. Y entonces ya no evangeliza: administra consenso.
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