lunes, 31 de agosto de 2026

CEUTA Y EL ESPEJO DE LA DIGNIDAD EN LA POLÍTICA MUNICIPAL

La crisis humanitaria en Ceuta y la preocupante estrategia de PP y VOX de instrumentalizar las instituciones locales para canalizar el malestar ciudadano nos obligan a detenernos y reflexionar de inmediato. No estamos ante un simple debate administrativo sobre el reparto de competencias o de recursos; estamos ante una crisis que mide la temperatura moral de nuestra sociedad. Y para quienes intentan justificar el rechazo levantando banderas de identidad, la pregunta es inevitable y urgente: ante esta instrumentalización del miedo en Ceuta, ¿dónde se sitúa el verdadero compromiso con la justicia y el bien común?

La trampa del miedo frente a la cultura de la serenidad

La estrategia de utilizar las instituciones locales para canalizar el malestar ciudadano busca un objetivo claro: convertir la vulnerabilidad de las fronteras en un arma arrojadiza de confrontación interna. Se agita el temor al diferente, se asocia de forma generalizada la migración con la amenaza y se deshumaniza a quienes, en muchos casos, son menores que huyen de la desesperación.

Frente a esta retórica que busca dividir a la ciudadanía, existe una mirada profundamente espiritual y humana que desarma los prejuicios. El verdadero compromiso ético no se sitúa en la tribuna de quienes usan el miedo para cosechar réditos electorales; se sitúa al lado quienes optan por la calma y recuerdan que el orden social jamás puede construirse sobre el desprecio a la dignidad. Quienes creemos en la fraternidad universal sabemos que la seguridad real nace de la cohesión, no de la sospecha.

Desmontando la lógica de la exclusión

La polémica no es solo política. Lamentablemente, también ha calado en ciertos discursos de repliegue social donde se intenta justificar el desentendimiento argumentando que los recursos deben ser estrictamente para los cercanos y que las instituciones no pueden asumir el dolor global.

Sin embargo, desviar la mirada bajo el pretexto de que "hay que atender primero a los de casa" es vaciar de contenido la esencia de la solidaridad. Ninguna frontera civil puede limitar el deber ético de socorrer a quien sufre. El prójimo no se define por el color de la piel, el origen del pasaporte o la cercanía geográfica; el prójimo es, por definición, "cualquiera que esté herido al borde del camino. Alterar este principio para adaptarlo a un programa de exclusión es una profunda traición a los valores humanistas más profundos.

Políticas que multiplican y humanizan lo público

El argumento central que se repite como reclamo para concentrarse ante nuestros ayuntamientos es puramente material: "No hay recursos para todos". Se presenta la gestión local como un juego de suma cero, donde ayudar al de fuera implica desatender al de dentro. Esta premisa oculta una falta de voluntad para construir comunidad. Los recursos municipales no se agotan por la solidaridad; se gestionan mal cuando se prefiere invertir en el conflicto antes que en la integración.

Frente a esa lógica de la escasez y el egoísmo, las políticas progresistas de reparto y acogida compartida representan un soplo de esperanza y coherencia, también desde una óptica creyente. Cuando las administraciones públicas ponen los presupuestos al servicio del bien común y planifican con corresponsabilidad, demuestran que el orden y la dignidad humana son perfectamente compatibles. Hay que agradecer y poner en valor el esfuerzo de aquellos gobiernos locales que, lejos de amurallarse, exigen una financiación justa, fortalecen los servicios sociales y cooperan con el Estado para que la carga de la acogida sea equilibrada y digna. Ese modelo de gestión que comparte y estructura la ayuda es la plasmación real y civilizada de la multiplicación de los bienes para que nadie quede desamparado.

El lugar de la verdadera justicia

Dar este paso en la gestión pública no es solo una cuestión de eficacia técnica o de siglas; para quienes entendemos la política desde unas convicciones profundas, las leyes justas y los presupuestos redistributivos son la traducción civil de un mandato ético superior. Por eso, si hoy buscamos el latido de lo sagrado en medio de la polémica que inunda nuestros ayuntamientos, no lo encontraremos en los discursos que señalan con el dedo ni en las proclamas que exigen blindajes ciegos a la solidaridad.

Ese misterio de humanidad está hoy en la costa de Ceuta, compartiendo el frío y el miedo junto a los que arriesgan su vida en la mar. Está en los rostros de esos menores desprotegidos que el modelo político de las derechas utiliza como moneda de cambio. Pero también brilla con fuerza en la acción política de izquierda que traduce los valores de la justicia en decretos, en plazas de acogida reales y en presupuestos de inclusión. Se encuentra en el corazón de aquellos ciudadanos y gobernantes locales que, a pesar de las dificultades, eligen la responsabilidad, el diálogo y la justicia social por encima de la crispación.

Una llamada a la altura institucional

Tengo claro que la gestión de la vulnerabilidad en las fronteras no puede ser un campo de batalla electoral ni un pretexto para el desgaste partidista. Los ayuntamientos, como la institución más cercana a la ciudadanía, encuentran su mayor legitimidad cuando se convierten en espacios de cuidado, cohesión y soluciones reales, nunca en escenarios para ensayar la fractura de nuestros barrios.

La verdadera grandeza de una sociedad no se mide por la altura de sus vallas ni por la agresividad de sus consignas, sino por su capacidad para blindar los derechos de los más vulnerables. Frente a las puertas de nuestros consistorios, es el momento de defender una política con alma: aquella que entiende que gobernar es, ante todo, una forma elevada de cuidar del otro, sin importar de dónde venga. Por coherencia con estos principios, por respeto a la dignidad de quienes sufren y por responsabilidad con mis vecinos y vecinas, no secundaré ni asistiré a la concentración convocada por el Partido Popular. Mi lugar como concejal de Castrillón no estará en el espacio de la crispación ni de la instrumentalización partidista; estará siempre al lado de la convivencia, de la justicia social y de la defensa activa de los derechos humanos.

lunes, 3 de agosto de 2026

LA FACTORÍA GLOBAL DEL MIEDO

La crisis humanitaria y fronteriza vivida este fin de semana en Ceuta, con la entrada masiva de miles de personas por el espigón de Tarajal y un trágico balance de decenas de víctimas mortales, ha dejado de ser un acontecimiento local para convertirse en el laboratorio de una campaña, una más, de intoxicación global. Lo relevante de estas últimas horas no es solo la complejidad geopolítica o el drama humano en la frontera, sino cómo las terminales de la ultraderecha mundial han coordinado, e incluso fabricado desde la nada, un relato de pánico diseñado para un fin unificado: anular la razón y personalizar el colapso en el Gobierno de España y en la figura de Pedro Sánchez. Este fenómeno demuestra que los mecanismos de manipulación de masas que oscurecieron Europa en los años 30 del siglo pasado siguen plenamente vigentes; simplemente han sustituido los antiguos despachos oficiales por las tertulias y los algoritmos de Silicon Valley.

Esta factoría del miedo opera mediante la desarticulación de la complejidad, bajo la premisa de que la mente colectiva es incapaz de procesar la multicausalidad de los problemas estructurales. Cualquier desafío sistémico se despoja de sus variables técnicas para ser reducido a un único culpable directo y absoluto. Para el relato de la estridencia, el avance de las llamas en una ola de incendios forestales, la emergencia climática de la DANA de Valencia, la catástrofe geológica del volcán de La Palma, la gestión sanitaria del Covid o el flujo de desesperados en la frontera son la consecuencia matemática y exclusiva de la debilidad del presidente del Gobierno. Las mesas de opinión en televisión y radio se han convertido en las grandes herramientas para reducir estas emergencias a consignas de consumo rápido, traduciendo la tragedia en un relato ficcionado de "buenos y malos" donde los mismos tertulianos analizan de forma consecutiva economía, sanidad, leyes o geoestrategia. De esta manera, el análisis riguroso se desplaza hacia el terreno de la pasión y el ataque personal, eliminando cualquier espacio de moderación.

Este reduccionismo drástico de la realidad no sería viable hoy sin la sofisticación de las plataformas digitales, que operan bajo un principio de transposición y reflejo invertido donde el conflicto se convierte en un modelo de negocio masivo. El debate de fondo muere sepultado por el diseño estratégico de intervenciones y titulares configurados exclusivamente para el consumo rápido. Los algoritmos de recomendación de redes como X, TikTok o YouTube, programados para maximizar el tiempo de permanencia del usuario a costa de la polarización, no premian la veracidad ni el análisis ponderado, sino el contenido que espolea la rabia, la indignación o el miedo. En este nuevo ecosistema, un vídeo manipulado o un meme con un ataque directo e hiriente encuentra una autopista digital inmediata, propagándose exponencialmente más rápido que cualquier explicación técnica o institucional. Se automatiza y descentraliza así la vieja premisa de los años 30: la repetición incansable de una consigna única ya no requiere un control centralizado de los medios oficiales, sino un software programado para rentabilizar la crispación de millones de ciudadanos.

El puzle fragmentario se consolida mediante la exageración y el anclaje de la sospecha. Tomando como cimiento una "pizca de verdad" —el hecho objetivo y visible de crisis concurrentes como la migratoria, las campañas de vacunación o los problemas de infraestructuras—, las terminales digitales globales construyen una mentira sobredimensionada. Al aderezar estas realidades con un léxico apocalíptico que habla de "dictadura", "régimen autocrático" o "invasión", la escala de la realidad se desfigura por completo. Su propósito es erradicar la normalidad del espacio público, forzando al ciudadano a percibir la gestión ordinaria del Ejecutivo no como una línea política discrepante, sino como un peligro letal para la supervivencia de la nación. Al priorizar exclusivamente las polémicas que desgastan, se genera una fatiga informativa donde ya es imposible distinguir un contratiempo administrativo de una crisis institucional.

El giro más perverso de esta maquinaria es que explota la vulnerabilidad social y el pánico al futuro para alimentar una trampa nostálgica, convirtiendo el mañana en una amenaza e imaginando fronteras infranqueables o sociedades homogéneas que la demografía y la globalización ya han dejado atrás. El populismo reaccionario analiza la añoranza fríamente como un nicho de mercado electoral para traducir el sufrimiento del desarraigo o la precariedad material en votos de resentimiento, señalando falsamente a la inmigración, a las minorías o a los avances sociales como culpables de todos los males. Al propagar la idea de que la nación entera se encuentra en un peligro inminente, este fenómeno de asimilación forzada traslada la trinchera ideológica a los entornos cotidianos (cenas familiares, entornos laborales o grupos de WhatsApp), obligando a los ciudadanos con opiniones matizadas al silencio por miedo al conflicto o a ser juzgados moralmente.

Salvar nuestro criterio de esta trampa de espejos es, en última instancia, el mayor acto de rebeldía democrática que nos queda. Romper el hechizo del enemigo único exige la valentía de apagar el ruido de las pantallas, rechazar la comodidad de los marcos binarios de "buenos y malos" y atreverse a caminar a la intemperie de la realidad. Porque cuando una sociedad consiente que una crisis humanitaria o un desastre natural se reduzcan a la caricatura o al linchamiento obsesivo de un solo hombre, no está castigando a un gobernante: está renunciando a su propia inteligencia. En esta era de algoritmos programados para alimentar la hoguera de la crispación, recordar que la realidad es siempre multicausal, fragmentada y compleja es el último refugio de nuestra libertad frente a los fantasmas que, un siglo después, pretenden volver a gobernarnos a través de la reactivación del miedo y la uniformidad forzada. 

Asumir este compromiso con el matiz es, en el fondo, la única razón que justifica nuestra presencia en este ágora digital compartida. Volver a arrojar la palabra al espacio público tras el silencio, negándose a aceptar el lodazal de la descalificación como la única gramática posible, no es un mero ejercicio de obstinación; es la firme convicción de que la inteligencia colectiva merece ser defendida. En un tiempo donde el insulto automatizado busca la rendición del disidente a través del hastío, recuperar la voz para analizar la realidad con distancia y lucidez se convierte en un imperativo ético. No escribimos para convencer ni para alimentar trincheras, sino para mantener encendida la luz del argumento frente a las sombras de la intolerancia. Al final del día, la intemperie de la realidad siempre será un suelo infinitamente más digno y libre que el búnker predecible del prejuicio o el silencio impuesto por el miedo.