La política de vivienda como prueba
decisiva de una izquierda que aspira a transformar la realidad desde el
gobierno y no solo a enunciar derechos
La socialdemocracia se juega hoy su credibilidad no en los grandes discursos, sino en su capacidad para ejercer el poder público con eficacia sobre los conflictos cotidianos. La vivienda es el más urgente de ellos y también el que mejor revela si la izquierda está dispuesta a gobernar la realidad o a refugiarse en la comodidad del diagnóstico.
En el escenario político español de 2026, la vivienda ha
dejado definitivamente de ser un asunto sectorial para convertirse en un
termómetro de la estabilidad social y de la credibilidad de las políticas
públicas. Durante décadas tratada como un activo financiero más, hoy se ha
instalado en el centro del debate político como una cuestión de justicia
material. El reciente anuncio del Gobierno de una bonificación del 100% en el
IRPF para aquellos propietarios que congelen las rentas al renovar contratos no
es solo una medida fiscal: es una declaración de intenciones sobre cómo
entiende la izquierda su papel en un tiempo de tensiones económicas,
polarización ideológica y fatiga ciudadana.
La iniciativa no surge en el vacío. Forma parte del núcleo de
la ponencia política aprobada por el PSOE en su 41º Congreso Federal, donde el
partido asumió que la vivienda debía convertirse en el corazón de la acción de
gobierno. El giro es significativo: se pasa de una apelación abstracta al
derecho constitucional a la vivienda a una arquitectura concreta de incentivos
fiscales masivos. No se trata tanto de renunciar a la regulación como de
complementarla con instrumentos capaces de producir efectos inmediatos. La
ambición es clara: construir una hegemonía política basada en el pragmatismo
institucional y en la protección efectiva de la mayoría social, sin fracturar
el marco jurídico ni alimentar conflictos territoriales.
Desde una óptica progresista y explícitamente
socialdemócrata, esta estrategia merece una lectura menos defensiva y más
afirmativa de la que ha dominado parte del debate. No estamos ante una retirada
del Estado, sino ante una forma distinta de intervención. En un país donde las
políticas de vivienda tropiezan con recursos judiciales, resistencias
autonómicas y una litigiosidad creciente, el incentivo fiscal se presenta como
un instrumento de eficacia inmediata. Frente a las propuestas de máximos de
otros sectores de la izquierda —coherentes en lo ideológico, pero a menudo
ineficaces en la práctica—, la bonificación del IRPF actúa sobre la realidad
cotidiana del inquilino sin necesidad de largos desarrollos normativos ni de
batallas competenciales.
Utilidad frente a retórica
La política pública, en la mejor tradición socialdemócrata
europea, no se mide únicamente por la nobleza de sus principios, sino por su
capacidad para mejorar de manera tangible la vida de quienes ocupan posiciones
de mayor vulnerabilidad. En ese sentido, la bonificación fiscal es una medida
eminentemente útil. Al apoyarse en la fiscalidad estatal, esquiva dos de los
grandes obstáculos del actual sistema político español. Por un lado, reduce la
inseguridad jurídica: al no imponer topes coercitivos, evita la confrontación
directa con el Tribunal Constitucional y permite que el ahorro para el
inquilino sea efectivo desde el primer día de la renovación contractual. Por
otro, neutraliza el sabotaje autonómico: al canalizarse a través del IRPF, la
medida alcanza a todos los contribuyentes, con independencia del color político
del gobierno regional, y protege a los ciudadanos que viven en territorios
donde la Ley de Vivienda se aplica de forma parcial o directamente se ignora.
Esta lógica de utilidad no es menor. En un contexto de
inflación acumulada y de salarios que no siempre acompañan el encarecimiento
del alquiler, cualquier política que aspire a ser progresista debe ser evaluada
por su impacto real y no solo por su coherencia doctrinal. La congelación
incentivada de las rentas no resuelve el problema estructural de la vivienda,
pero introduce un dique de contención frente a su deterioro acelerado.
Desactivar la polarización
La propuesta socialista tiene, además, una dimensión política
e ideológica que trasciende lo estrictamente económico y reivindica una forma
concreta de ejercer el poder desde la izquierda de gobierno. En una España
donde la derecha y la extrema derecha han convertido el derecho a la propiedad
en una trinchera cultural, el uso del incentivo fiscal funciona como un
cortafuegos frente a la polarización. Al sustituir la lógica del castigo por la
del estímulo, el Gobierno desarma buena parte del relato alarmista en torno a
la llamada “inquiokupación”, un término construido para criminalizar al
inquilino vulnerable y generar miedo entre los pequeños propietarios.
Cuando el Estado se presenta como aliado del arrendador
responsable, ese discurso pierde eficacia. Es difícil sostener una narrativa de
caos y desprotección de la propiedad cuando el pequeño propietario percibe que
la administración le compensa fiscalmente por contribuir a la estabilidad
social. La medida no solo incentiva precios moderados, sino que crea un marco
de confianza que reduce el conflicto entre las partes y rebaja la temperatura
de un debate que ha sido deliberadamente inflamado.
El quinto pilar
Elevar la vivienda a la categoría de quinto pilar del Estado
del bienestar —una aspiración clásica de la socialdemocracia que el PSOE asume
ahora sin ambigüedades— exige algo más que declaraciones simbólicas. Requiere
integrar la política de vivienda en el sistema redistributivo del Estado, como
ya ocurre con la sanidad, la educación o las pensiones. La propuesta de 2026
avanza en esa dirección al utilizar la recaudación del IRPF para subvencionar,
de facto, la congelación de precios del alquiler. El Estado asume así el coste
del lucro cesante del propietario para evitar que la renta disponible de las
familias trabajadoras siga erosionándose.
Se trata de una forma de justicia redistributiva indirecta,
acorde con la tradición socialdemócrata europea: proteger al más débil sin
generar una fractura social ni cuestionar la seguridad jurídica. No es una
solución definitiva, pero sí una pieza coherente dentro de una estrategia más
amplia que debería incluir aumento del parque público, rehabilitación urbana y
planificación a largo plazo.
Pragmatismo y responsabilidad
Desde posiciones progresistas y socialdemócratas es legítimo,
y necesario, aspirar a una regulación más ambiciosa que ponga freno a la
especulación inmobiliaria, pero también asumir las condiciones materiales en
las que se gobierna. Pero la política, especialmente en contextos de alta
tensión institucional, es también el arte de lo posible. La bonificación fiscal
propuesta por el PSOE es un ejercicio de responsabilidad que reconoce las
limitaciones del momento y actúa en consecuencia.
Frente a la parálisis que generan las posturas maximalistas y
al ruido constante en torno a la ocupación y la inseguridad, la medida ofrece
una respuesta concreta, ejecutable y jurídicamente sólida. No es solo una
decisión económica, sino una toma de posición política: afirmar que el Estado
puede intervenir para proteger a sus ciudadanos sin romper la convivencia ni
alimentar la inseguridad jurídica. En la batalla por la vivienda digna, la
utilidad no es una claudicación; es, hoy, la forma más honesta de justicia
social.
Desde esta perspectiva, la propuesta del PSOE no solo
interpela a su electorado, sino al conjunto de una izquierda que aspira a
seguir siendo mayoritaria. Gobernar desde la socialdemocracia implica asumir
que el poder público debe moldear el mercado cuando este falla, pero hacerlo
con instrumentos que funcionen, que resistan el escrutinio jurídico y que no
rompan los consensos básicos de convivencia. La vivienda no admite gestos
simbólicos ni soluciones diferidas: exige decisiones que protejan hoy a quienes
viven de su salario. En ese terreno, la intervención eficaz no es una concesión
al pragmatismo, sino la expresión más madura de una izquierda que entiende que
la justicia social no se proclama, se ejecuta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario